La última oportunidad de Paulino Moreno

 La última oportunidad de Paulino Moreno ©

2006. 6 de enero. Día de Reyes.

Ya hacía dos horas que Paulino Moreno había llegado. Desde entonces estaba en la cola para comer. La mañana del día de Reyes era fría, pero no más que la de cualquier otro día de enero. Los indigentes, mendigos de toda la vida, homeless en el extranjero, se iban reuniendo en torno al comedor de caridad según se aproximaba la hora de entrar. La mayoría ya eran veteranos y sabían que ese día el menú era extraordinario y unos entrantes de embutidos sustituían a las legumbres de cada día.

Después, la tradición establecía comer pollo asado, usanza antigua en comedores colectivos de matiz público y social: los festivos se señalaban con pollo asado, memorial de cuando el pollo era artículo de lujo. Y para acabar, mantecados y polvorones justos de fecha que generosamente donaban fábricas y grandes almacenes que tenían que hacer sitio para los productos post-navideños y pre-carnavalescos.

Para Paulino Moreno era la primera Navidad fuera de su hogar. En la comida de Año Nuevo apenas había podido aguantar las lágrimas recordando otras Navidades. Todavía tenía esperanza de volver a celebrar estas fiestas con su familia o lo que quedaba de ella. Todavía pensaba que las cosas podían cambiar y el futuro podía ser mejor.

Después de un tiempo de espera, tal vez dos horas, tal vez quince minutos -qué más daba si Paulino no tenía nada que hacer en todo el día-, abrieron la puerta del comedor. Eusebio, otro mendigo, se había vestido para la ocasión con un gorro de Papá Noel que además de festivo siempre resultaba útil para tapar las orejas y evitar sabañones.

La comida no tuvo sorpresas y los platos se sucedieron según el orden establecido: queso, chorizo, jamón para empezar y después pollo asado. Con los mantecados llegó la novedad del día, y Luisda, a la guitarra, y Maringlinglin, que ponía la voz, amenizaron los postres y el café. Después de su actuación, Luisda, satisfecho, recibió algún aplauso por su interpretación, y Maringlinglin mereció algunos piropos, unos bastante clásicos y cursis, propios de Cine de barrio, y otros, la mayoría, muy subidos de tono y que iban directos al grano.

Luis David y Mari Ángeles hacía mucho tiempo que se conocían. Nunca habían sido novios y lo suyo siempre había sido una casta relación basada en una guitarra. Desde su infancia habían pertenecido a un movimiento juvenil cristiano y mariano, o mariano y cristiano, pasando por todas las categorías, alevines, infantiles, etc; siempre acompañados por su guitarra y su voz. Su actuación era fija en encuentros y reuniones. Con el tiempo, según la tendencia  a “empijarse” y abreviar las palabras, que con frecuencia se produce en este tipo de ambientes, Luis David se quedó con Luisda y Mari Ángeles, acabó en Maringlinglin, ocurrencia del cachondeo y mala leche de algún descreído irreverente que nunca falta en este mundillo. El caso es que la cosa hizo gracia y Mari Ángeles, extraoficialmente, pasó a ser conocida como Maringlinglin, la de Luisda.

Un año antes, cuando ellos entraron en la Universidad, hubo un reparto de cargos en la asociación, y ellos se quedaron in albis. Eso les molestó mucho. La pareja lo atribuía a la envidia y el resquemor por su autenticidad y exigencia. El conflicto, como también suele ser habitual en estas circunstancias, se resolvió con un cisma. Luisda y Maringlinglin fundaron su propia ONG. La idea original era llamarse “Somos Más Solidarios”, manifestando de entrada el plus de compromiso que animaba su iniciativa. Pero cuando plasmaron su proyecto en papel y comprobaron que las siglas de su invento eran SMS consideraron una buena idea hacer un ejercicio de humildad y suprimir el “Más”: “Somos Solidarios” ya era suficiente. Además las siglas SS no tenían ningún significado conocido que ellos supieran, y acababan de finalizar el Bachillerato reformado según las nuevas leyes de enseñanza con sobresaliente. Sólo se les ocurría una coincidencia, pero había que ser muy retorcido para relacionar SS con Seguridad Social. En cualquier caso tampoco les desagradaba este vínculo.

Solucionado el problema del nombre plasmaron en papel el lema: “Si un hombre tiene hambre no le des un pez, dale una caña y enséñale a pescar”. Ese iba a ser su lema y el objetivo de su ONG: dar cañas y enseñar a pescar. Literalmente. No en vano durante su adolescencia había asistido a diversos cursos de acción social y voluntariado, y sabían que no era suficiente con una acción asistencialista que no resolviese la causa de los problemas. No era suficiente dar de comer hoy, había que preocuparse del mañana y procurar que los sujetos asistidos fuesen capaces de buscarse la vida por si mismos y ser autónomos. Por eso era tan importante para ellos la promoción social. De ahí la segunda parte de su lema: enseñar a pescar.

Otra de sus aficiones adolescentes había aportado vida a su proyecto: la pesca. Con frecuencia pasaban inocentes fines de semana acampados junto a los embalses de la Comunidad de Madrid, pescando unas veces y bañando lombrices la mayoría. Pero la teoría del buen pescador la tenían íntegra, tanto en la técnica como en los materiales.

Estos antecedentes, debidamente ensamblados, con unas ideas alternativas de sencilla vida rural, economía artesanal de subsistencia y algún otro elemento en boga en esos tiempos, dieron como resultado lógico una ONG, la SS, que se dedicó a comprar cañas (debidamente subvencionadas con el 0,5% del IRPF destinado a fines sociales), y regalarlas a indigentes y mendigos, oportunamente enseñados en el arte de la pesca, que decidieran dejar las duras calles de Madrid por las húmedas orillas de ríos y regatos de la montaña rural, o de la costa marítima.

Algún malediciente, que nunca falta, comentó que tal vez esta ONG debía de radicarse en la costa, o por lo menos en la proximidad de algún gran río, donde abunde la pesca, y que Madrid, contaminada urbe, no parecía buen lugar. Esta objeción ya se les había ocurrido a Luisda y Maringlinglin; pero inteligentes como eran, se dieron cuenta de que en la costa y en la proximidad de los grandes ríos no era necesario enseñar a pescar, porque la mayoría de la gente ya sabía. Desde pequeñitos. Y claro, su flamante ONG, la recién estrenada SS, se quedaba sin fundamento ideológico. Por eso decidieron que Madrid era mejor sitio.

Pero volvamos al Día de Reyes.  Después de los polvorones y mantecados de Estepa, después de la hora que Luisda y su compañera decidieron dedicar al prójimo justo antes de ir a comer con sus familias, la pareja repartió folletos publicitarios de la SS, entre los satisfechos indigentes, antes llamados mendigos. Paulino Moreno cogió el suyo, tampoco era cosa de desairar a esos estupendos muchachos que tanto entusiasmo ponían, aunque a él esos días le recordaban otros tiempos, tiempos de zambomba y botella de anís rasgada con una cucharilla en familia, y esto le hiciese llorar.

Paulino guardó el folleto en el bolsillo de su abrigo y se fue con su cigarro a un banco del parque, donde pudiese llorar y fumar a gusto, sin que la nueva ley antitabaco le persiguiese. Hasta la ley se ponía en su contra para proteger su salud. “Hay que joderse –pensó Paulino- salud es lo que a mí me sobra; y para lo que me vale”.

Así pasó la tarde, fumando, recordando y bebiendo su petaca de Esplendido, con parsimonia, para que le durase todo el día. Cuando ya anochecía, achispado y frío, fue a preparar los cartones para dormir en un subterráneo de la Plaza de España. Pero había tomado una decisión: esto tenía que acabarse, él todavía tenía una oportunidad. Al día siguiente llamaría a los chicos de la guitarra para que le diesen su caña y ya se buscaría la vida. No tenía nada que perder.

2007. 6 de enero. Día de Reyes.

Para Paulino Moreno era la segunda Navidad fuera de un hogar. Ya no lloraba lamentando su suerte, ni en Navidad ni nunca. Lo que no pudo evitar fue recordar el último año, su última oportunidad, que había empezado ese mismo día, a los postres, después de los polvorones.Recordaba el 7 de enero, cuando llamó a los chicos de las cañas y los peces, y le enseñaron a pescar. Paulino sabía sobre pesca todo lo que hay que saber porque había nacido en un pueblo del Cantábrico, pero para no quitar la ilusión a los chicos no dijo nada y dócil se dejó enseñar. Éstos a cambio le dieron una caña high tech, y unas nociones básicas de microeconomía y venta en mercadillos que remataron, como clase práctica, con la visita a una feria medieval que se celebraba por esos días en un pueblo de los alrededores de Madrid, que como todo el mundo sabe, son unos alrededores muy grandes y siempre hay algún sitio donde se celebra algo.

Después del curso, cualificado y pertrechado con su caña y un cesto de mimbre, regalo añadido, Paulino Moreno se fue de Madrid, no tan ilusionado como Luisda y Maringlinglin, ufanos de haber sacado definitivamente de la marginalidad a alguien que sin su ayuda se vería abocado a Dios sabe qué cosas.

Paulino, más curtido y realista, agradecía a los chicos la caña y ese entusiasmo ingenuo que le había animado a darse otra oportunidad, a la desesperada.

El autobús le dejó lejos de Madrid, en un lugar donde nadie conocía al hombre que llegó una tarde con un petate y una caña. Y allí comenzó a pescar, y durante un tiempo no se le dio mal. Pescaba algo, lo vendía, hacía algún trabajillo, invitaba alguna vez en el bar, siempre con mucho tiento y moderación porque no le sobraban los euros, y poco a poco se fue ganando la simpatía y el afecto de la gente, que compraba su pesca más por amistad que por conveniencia. El lugar era muy bonito. Sobrecogedores paisajes, alegres riachuelos, fauna y flora protegida. Este detalle lo sabían todos los de la zona, pero conocían a los guardas y sus costumbres. Paulino vino de fuera y le tocó pagar el pato. En realidad fue una trucha pescada fuera de temporada, o de zona en el río, o tal vez de talla. Sospechaba incluso que alguien le había denunciado. No importaba, la multa venía avalada por la consejería de medio ambiente de la comunicad autónoma correspondiente y era muy elevada. Demasiado para los ahorros de Paulino que tuvo que recoger el petate y la caña y subirse al autobús.

En su próximo destino fue más cuidadoso y renunciando a la familiaridad con los lugareños, decidió vender el producto de su trabajo en mercadillos, de tapadillo entre los manteros y los vendedores de pilas, la docena –de pilas- a un euro. Aquí le trincó la Policía Local del lugar, que le requisó la pesca y le extendió la correspondiente denuncia, que tampoco pudo pagar y se acumuló, en algún lugar del misterioso mundo informático, en el debe al Estado de Paulino Moreno.

Cambió de nuevo de aires y de comunidad autónoma, se estableció en otro lugar, donde todavía fue más cuidadoso y la autoridad establecida no logró pillarle en renuncio. Aquí la culpable de su infortunio fue una industria química que provocó un vertido de no se sabe qué y acabó con toda la fauna del río, dejando la flora bastante perjudicada y maloliente. Salió del pueblo de noche, saltando desde la ventana de la pensión donde vivía, sin pagar la estancia.

Paulino decidió irse a la costa norte, tal vez el aire del mar que le había visto nacer se compadeciese de él. Después de un mes de estrecheces y penurias vio en el telediario que un petrolero se había hundido cerca de la costa y que en breve una marea negra llegaría a las playas y acantilados, y el resto se lo imaginó: un futuro oscuro y asqueroso, como el chapapote. Y se acordó de Luisda y Maringlinglin y su lema: “si un hombre tiene hambre no le des un pez…” Cuando ellos lo explicaban sonaba bien, y él casi lo creyó. Pero no tuvieron en cuenta los impuestos locales, la fauna protegida, los espacios naturales, los módulos de autónomo, la contaminación de los ríos, el chapapote y la madre que lo parió. Esa noche Paulino cogió su caña, subió a lo alto del acantilado, y desde allí la lanzó al mar. Al día siguiente se volvió a Madrid.

*     *     *

Después de un tiempo de espera abrieron la puerta del comedor. La hermana amable del año anterior, y del anterior,… seguía allí recibiéndolos con una sonrisa. Comenzó la comida y los platos fueron apareciendo en el orden esperado. Llegaron los polvorones y los mantecados de Estepa y el café servido en grandes cafeteras de acero inoxidable. Paulino esperaba ver a Luisda y su compañera. Pero no aparecieron. Al salir preguntó a la hermana de la entrada por ellos. La buena mujer le dijo que hacía tiempo que no venían, que la chica, Mari Ángeles, había conocido en la Universidad a otro chico que debía de ser bombero, porque Eusebio, que solía estar bien informado, decía que a la Maringlinglin le habían dado las suyas y las de un bombero. Y que Luis David, que chico tan majo, había entrado en el Seminario.

Paulino Moreno se fue al parque a fumar y beber vino, de cartón, barato. Y pensó en su última oportunidad, que se había saldado con una deuda de por vida con el Estado (bueno era el Estado para olvidar); su inclusión en la lista de morosos del ASNEF porque el hijo de la dueña de la pensión, un listillo que había hecho FP y tenía un Ibiza tuneado, no quiso dejar correr la deuda y añadió al nombre de Paulino Moreno, el sello de moroso, por los siglos venideros. Aunque a él qué le importaba. Eso preocupa a los que tienen dinero, y esperanza. Todo eso había sucedido durante el último año, y bebió por ser tan imbécil. Cuando las cosas se tuercen no hay nada que hacer. Volvió a beber. Pero no le volvería a pasar. Ahora era un siglo más viejo. Y ya no lloró. Nunca más.

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