Mala leche

A las once de la mañana en la Bodega Saiz cuatro viejos estiraban un porroncillo de vino lo que duraba el periódico, algún estudiante tomaba vino de a quince pesetas, y otras quince para el puñado de cacahuetes, lo más que podían permitirse. Esa era la clientela habitual de media mañana. También obreros de la zona que hacían un descanso para almorzar.
La bodega olía a escabeche, salazones y serrín empapado de vino y cerveza derramada. Felipe, el bodeguero, pasaba una rodea por el mostrador borrando la cuenta del último almuerzo; chicharro en escabeche, pan y porrón de vino. Vasito de orujo con moscatel de postre, para lavar los dientes.
Paulino Moreno leía el Diario en la mesa del rincón, la espalda contra la pared, controlando la sala. Una mala costumbre que le había quedado del maco. Pasaba las hojas despacio, deteniéndose en todas las noticias porque nunca se sabe y porque no tenía prisa. En las páginas de Local se decía en qué había acabado la detención de Rivas después de atracar una joyería. Aquello sucedió meses atrás. Al fin resultó que tirando del hilo de Rivas, un pobre pringao a quien Paulino conoció en la cárcel, habían llegado a Gómez que, ése sí, era un auténtico hijo de puta. A éste también lo conoció en el mismo lugar, pero estaba al otro lado de las rejas.
– Felipe, dos de orujo con moscatel. Cuando puedas.
El bodeguero buscó debajo del mostrador una botella de cerveza El León, de litro, cristal marrón y tapón de cerámica, reutilizada para el orujo. De Lantadilla decía que era. El moscatel del garrafón lo repartía en botellas de anís. En esta ocasión tocó una de Las Cadenas. Apuntó los dos vasos en la cuenta de los estudiantes, con tiza, sumando sobre el mostrador.
Es curioso cómo una cosa lleva a la otra, pensaba Paulino. Un policía descreído, inteligente y con mala leche, que no se había dejado hipnotizar por Gómez, como les sucedía a casi todos al principio, o eso parecía, porque era un gran mentiroso. Por eso, cuando la policía detuvo a Rivas, huyendo en bicicleta después de atracar una joyería, dijo que llamasen a Gómez, su ángel de la guarda habitual. Seguro que él le sacaba del apuro. Una vez más. Pero al policía que le tocó el caso aquello no le cuadraba. Tal vez porque había tenido la mala suerte de ver muchas cosas, casi todas malas, y le quedaba muy poca fe en la bondad del ser humano. O tal vez porque era buen policía y ese Gómez olía a fraude desde que entró en la comisaría. Seguramente también tuvo algo que ver que aquella semana había poco trabajo y lo evidente no le pareció suficiente. Aunque nadie le hubiese reprochado que despachase el asunto como un atraco que acabó mal para el chorizo. Caso cerrado.
En la otra mesa ocupada a esas horas, cuatro abuelos echaban la partida. Uno de ellos repartía las cartas del mus.
– Milagro decían. ¡Qué milagro! Lo que pasa es que habían robado las espoletas y por eso las bombas no explotaron cuando las lanzaron sobre el Pilar.
– Ya ves, con lo mal que andaba la cosa en el frente. Nos daban balas que no eran del calibre del fusil y las teníamos que meter a martillazos.
– Felipe, pon unos rancios, que hoy es mi cumpleaños.
– Uno menos que te queda.
– Serás cenizo. A éste ponle agua. O mejor vinagre.
– Venga, habla, que no hay mus.
La botella del rancio se había acabado y Felipe la rellenó con uno de los garrafones de cinco litros que se alineaban en el suelo, detrás del mostrador. Llenó los vasos y los sirvió en la mesa de los viejos, clientes fijos, en turno de mañana y tarde.
Paulino pensaba que hay cosas que no se olvidan, como el olor a zotal y amoniaco de la cárcel. O las paredes sucias pintadas de verde pálido, con todo tipo de manchas, las ventanas sin cristales, las mesas de formica, rojas, amarillas, verdes y azules, como si fuese un parchís, con los bordes rotos, sucias de pegotes blanquecinos y pegajosos, las patas oxidadas, la peste del tigre que no tapaba la manta que hacía de puerta, y que no era capaz de disimular ni el olor a amoniaco, el viento que corría por los pasillos, el tufo de los colchones sucios y la luz mortecina y fría de las celdas. Ahí había entrado Paulino, hasta entonces el Señor Moreno, o Don Paulino Moreno.
Tal vez fue por codicia, o porque los negocios son así, o vas a más o te hundes. Y a veces para ir a más no queda más remedio que pasar la línea que marca la ley. Y Paulino y sus socios pasaron esa línea y al final les pillaron. Paulino ya había pagado lo suyo con un tiempo en la cárcel, no mucho, pero suficiente para que fuese un punto y aparte en su vida. Su mujer siempre le apoyó cuando ingresaba mucho dinero en casa, pero desde que Paulino entró en la cárcel no la había visto con frecuencia. Ni una sola vez, siendo exactos. Y eso parecía que significaba algo, o así lo entendió Paulino. Sus hijos, ya mayores, tampoco mostraron mucho interés. No le parecía que hubiese motivos para pensar de quién era la culpa. Las cosas son como son y para qué mirar atrás.
En la bodega acababa de entrar otro cliente. Directamente fue a la barra, alta y antigua, después de saludar a la parroquia.
– Felipe, una cerveza y un arenque, preparado, por favor, que luego me huelen los dedos –el pintor del mono blanco lo pidió con sorna, esperando la respuesta habitual.
– Toma, el arenque y el papel de estraza, y te lo preparas tú en la puerta del váter. No te jode, el fino éste. Ni que esto fuese el Ritz.
El pintor envolvió la sardina en el papel de estraza y con cuidado la aplastó entre la jamba y el marco de la puerta hasta que saltaron las escamas. Felipe inició otra cuenta en la barra, pasó la rodea por el tablón, colocó una vez más el trapo blanco que tapaba la caja circular de arenques y asomó la nariz al barril donde los últimos chicharros nadaban en un fondo de vinagre mohoso.
Paulino había conocido en la cárcel a Rivas. Un jambo grandote, noble dentro de lo que cabe en un lugar así, aunque una mala mojada en la jeta le daba un aire peligroso. Tal vez por eso Gómez se empeñó más con él. Tenía buena planta para hacer de preso redimido en sus montajes. A primera vista impresionaba, y eso en publicidad es un tanto a favor. El tal Gómez, a quien la mayoría de los presos conocían como Bujarrón o El loco, manejaba bastante dinero y cuando llegaba a la cárcel los fines de semana, parecía Papá Noel con el saco lleno, y a nadie le molestaba que le regalasen calcetines nuevos o buenas camisetas de algodón. O lo que tocase ese día. Después de los regalos andaba por allí dando palique a algún preso, aunque la mayoría pasaba de él. Alguna vez incluso llevó un grupo de teatro para entretenerles. Eran bastante malos, pero le ponían ganas. Paulino no recordaba el título de la obra. De ese día solo le había quedado que El Loco discutió con uno de los actores, un chaval rubio que le miraba con unos ojos grises muy cabreados y que estaba a punto de darle un cabezazo. Pero llegó otro, el que hacía de médico o algo así, uno alto y flaco, y les separó. Le dijo al rubio que lo dejase, que ya le llegaría su San Martín. A todos los cerdos les llega.
A Rivas ya le quedaba poca condena y parece que El Loco consiguió que le pasasen al tercer grado. A partir de ahí El Loco comenzó a exhibir al preso redimido y reintegrado en la sociedad como muestra de su buen hacer. Rivas no era tonto y se daba cuenta del percal, pero sopesando lo uno y lo otro se dejaba llevar. Además en las movidas del Loco siempre había mucha hembra y la imagen de ex preso vendía bien y allanaba algunos caminos en esos ambientes. Y parece que Rivas recorrió alguna de esas veredas. O eso le había contado a Paulino, que tampoco hacía mucho caso porque algunos tíos suelen ser muy bocazas con esos temas. Pero había otras cosas de su protector que también contaba a Paulino su compañero, y ésas tenían menos gracia porque tenían que ver con menores. Y algo debía de haber de verdad en el asunto, porque un día El Loco llegó que parecía un Eccehomo, con collarín y la cara hecha un mapa. Él decía que había cogido a unos tíos que hacían autostop y que después de darle una paliza le robaron. Pero en la cárcel se contaba otra cosa. Lo del autostop era verdad, pero a partir de ahí las cosas eran un poco distintas. Los tíos eran unos chavales, menores, pero suficientemente fuertes para dejarle así cuando El Loco quiso cobrarse el servicio de taxi.
Paulino ya le había dicho a Rivas que tuviese cuidado con ese tío, que era un mal bicho. El chaval decía que sin problemas, que no se preocupase, que El Loco no tenía media hostia. Por suerte, el policía que llevó la investigación lo vio claro y no mezcló lo uno con otro, que las fotos de menores y todos los abusos que fueron saliendo se los comió solito su propietario, sin cómplices conocidos. Al menos de momento.
La bodega Saiz comenzaba a animarse con nuevos clientes que se tomaban un vino o dos antes de ir a comer. El solitario del rincón, de espaldas a la barra, bebía examinando a la clientela por si entraba algún conocido incauto con quien pegar la hebra. Una señora mayor hacía la recarga semanal de moscatel en una botella de La Casera, con tapón de cerámica. Los cuatro viejos ya se iban a casa; los dos que habían perdido la partida pagaban la última ronda. Mientras, los estudiantes seguían a lo suyo.
– Felipe, más cacahuetes, con pan, para empapar el vino.
– Verás qué bien va a entrar la Ontología esta tarde.
En la silla vacía se amontonaban las carpetas con algún libro de la biblioteca. Parecía que el asunto que trataban los chavales era grave y en algún momento bajaban la voz mirando de soslayo al resto de la clientela, aunque no podían evitar que se escapase alguna frase, tal vez a causa de los vasos vacíos que ocupaban la mesa.
– Parece que la policía tiene a Gómez por los huevos.
– Entonces, no eran sólo rumores…
– Eso parece, y supongo que lo habrán podido probar.
– Vamos, que la cosa está clara.
Paulino por su parte también lo tenía claro y llegados a ese punto tenía que buscarse la vida solo. Con su familia parecía que mejor no contar. Además todo su dinero y propiedades estaban a nombre de ellos, por si un día pasaba lo que al final pasó. Que lo disfrutasen. Y ahora él no tenía nada. Sólo una pequeña reserva para cuando no hubiese otra solución. Por suerte no había hablado a nadie de ese asunto. Tampoco es que fuese gran cosa, no había ganado tanto como para tener cuentas en paraísos fiscales. Seguramente lo hizo por nostalgia, un sueño de la infancia, de cuando leía novelas de piratas y tesoros escondidos. El caso es que ahora tenía su propia olla de oro. Tal como suena, olla de barro zamorano, con unas cuantas onzas de oro, cada una con su sello grabado, “Suisse. One troy ounce”, como garantía de su autenticidad, 31,10 gr. cada una, con su propio sobre de celofán. Las había comprado con los beneficios de un negocio que le salió especialmente bien, y ahora estaban escondidas en un lugar secreto en su pueblo. Un seguro para cuando no hubiese otra salida. Pero todavía no había llegado ese día. Sólo había gastado una, de la que estaba viviendo en ese momento, mientras se acostumbraba a ese modo de vivir sin dinero. O casi.
Alguna vez en los últimos meses se planteó empezar otra vez, nuevo trabajo, nueva pareja. El lote completo. Pero no lo veía claro. Hasta el asunto de la cárcel había trabajado por su familia, y ese motivo ya no lo tenía. Y en cuanto a lo de la nueva pareja, llegó a la conclusión de que mejor solo, que ser mala compañía.
Acabó de leer la noticia del periódico. Parece que la policía había hecho bien su trabajo y que Gómez no se libraba de ésta, por mucho que pusiese la cara de humilde inocencia que tanto le gustaba. Con suerte sus futuros compañeros del maco administrarían su propia justicia y le asignarían la pena correspondiente a su culpa.
Ahora fue Paulino el que llamó a Felipe.
– Felipe, pon a esos chavales otra de lo mismo. Y me traes otro para mí.
El bodeguero preparó tres vasos, mitad de orujo, mitad de moscatel, y los llevó a las mesas.
– De parte de ese señor, el de la mesa del rincón –les dijo.
Los estudiantes, uno rubio con ojos grises, el otro alto y flaco, le miraron confusos, pero agradecieron la invitación con un movimiento de cabeza, levantando sus vasos.
– Por San Martín –brindó Paulino desde su mesa, con su vaso en alto.

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