La venganza del rufián ©

El pequeño Quijote

Episodio 7: La venganza del rufián.

 

RufianesEn la taberna se jugaba al truque y se bebía vino de la zona entre grandes voces. Sin embargo no era lo que parecía, o al menos no en todos los casos. El forastero con patillas en forma de hacha, y su compañero, uno del pueblo vecino al que le asomaba el colmillo izquierdo, tocado con un sombrero de ala ancha y mirada de comadreja, no perdían detalle de lo que pasaba en la plaza.

La taberna, situada al lado de la iglesia, era el observatorio perfecto de los movimientos del pueblo. El dueño actual supuso que, dada la tendencia a mirar al prójimo a través de los visillos, una cantina en esa situación tenía que dar buenos dineros. Y por eso se hizo cargo del arriendo municipal. No le iba mal.

Además, el camino habitual para llegar a la casa de Sancho también pasaba por la plaza. Podía llegarse desde las traseras del pueblo, o saltando las tapias de los huertos, como hacían los chavales cuando robaban pepinos, melones o lo que fuese menester. Sin embargo, los dos villanos habían observado la costumbre del chico durante los últimos días. Lo habitual era que se recogiese por ese camino, después de despedirse de Alonso junto al rollo de la plaza.

El ruin ladrón de corderos con patillas de hacha, no había olvidado el cantazo que recibió en toda la jeta la malhadada noche en que Alonso y Sancho desbarataron a pedradas su asalto a las tenadas del Mocho. Como recuerdo quedaba, además, un nuevo hueco en su dentadura, porque aquella muela que parecía moverse por el impacto finalmente se había caído. Desde ese día, sentado en la taberna, masticando torreznos por el lado bueno de la boca, rumiaba su venganza.

La oportunidad se presentó cuando el rufián que le acompañaba dijo, como de pasada, que se acercaba al pueblo un tratante de ganado, que además de ovejas, no tenía reparos en comerciar con otro tipo de mercancías. Según se decía. Esto lo dijo el del colmillo como excusándose, pero lo sabía de cierto.

Patillas de Hacha no sabía quién había lanzado la piedra que desgració su dentadura y su orgullo maleante. Por eso decidió vengarse de los dos. Haría daño a Sancho convencido de que así se lo hacía también a Alonso, su mejor amigo. Además se comentaba por el pueblo que Alonso era más astuto. Los que pensaban eran más difíciles de manejar, como bien sabían los gobernantes de cualquier nación.

El sol se ponía tras la torre de la iglesia. Faltaba poco para que Sancho volviese a casa. Patillas de Hacha observó que Frestón ocupaba su lugar. De todos era conocida la inquina que sentía por la pareja de amigos.

Dio un codazo a su compañero del colmillo grande, y señaló, con simulado ademán, hacia la plaza. Por uno de sus lados entraban Alonso y Sancho.

–      Vámonos –susurro, abandonando su taburete. Su secuaz le imitó.

Alonso y Sancho se despidieron y cada uno se encaminó hacia su casa. Frestón salió al paso de Sancho después que hubo atravesado la plaza.

–      Hola Sancho –saludo con tono amigable.

–      Hola Frestón –respondió ingenuo, ignorando sus planes.

–      He descubierto un nido.

–      ¿De qué?

–      Pues de pájaros, de qué va a ser.

–      Hay muchas clases de pájaros –Sancho contestó amable, sabedor de la ignorancia de Frestón en lo que a asuntos del campo se refería.

–      Por eso te lo cuento. Por si te interesa conocer qué pájaro es.

El astuto Frestón estaba seguro de que Sancho picaba en ese anzuelo. Le apasionaba todo lo que tuviese que ver con los animales.

–      ¿Está muy lejos? –preguntó cauto, temiendo la regañina de su padre por llegar tarde.

–      Que va. Ahí mismo, detrás de los corrales, por donde los molinos.

A Sancho le extrañó que hubiese un nido tan cerca y que no lo hubiese visto él primero. Pero todo era posible.

–      Vamos entonces.

Frestón caminaba a su lado, dirigiendo a Sancho al lugar previamente acordado con Patillas de Hacha y su compadre Colmillo. Procuraba caminar pegado a la pared de las casas, tal como le habían indicado. Cuando llegaron a la última, justo en la esquina que daba al campo, surgieron los dos hombres con un gran saco. Patillas de Hacha sujetó a Sancho tapándole la boca mientras su socio abría el saco. Frestón escapó corriendo, y aún tuvo la poca vergüenza de decir, con la boca pequeña:

–      Voy a buscar ayuda.

Pero se quedó escondido detrás de un árbol, observando cómo capturaban a Sancho.

Los dos hombres, mucho más fuertes que el chico, acostumbrados a esos trajines, rápidamente amordazaron a Sancho y le metieron en la saca, arrojándole en la parte de atrás del carro que habían dejado preparado. Subieron en el pescante y se dirigieron hacia un cortijo alejado del pueblo. Allí habían quedado con el tratante de ganado.

Echaron en falta a Sancho en su casa cuando no regresaba para la cena. Lo primero fue preguntar a Alonso. Dijo que no sabía nada, y que se habían despedido en la plaza como todos los días. Tocaron las campanas y los vecinos se reunieron en la plaza. Nadie tenía buenas noticias. Los que estaban en la taberna afirmaron que le habían visto cruzar la plaza hacia su casa, pero no pudieron dar más señas. Frestón, que también estaba allí, callaba como un zorro.

Se inició la búsqueda. Alonso se unió a ellos. Primero recorrieron todas las calles del pueblo, miraron en los aljibes y pozos, en los huertos, corrales y cuadras. Después recorrieron los alrededores. En la zona de los molinos, Alonso se fijó en las roderas de un carro que se alejaba del pueblo, pero ni rastro de Sancho. Se organizaron algunos grupos con teas para batir el campo. Sin embargo, a los niños les mandaron a casa y Alonso tuvo que obedecer.

Pasó la peor noche de su vida. En el inquieto duermevela que ocupó toda su noche imaginaba a Sancho en algún lugar horrible, y sus pesadillas se mezclaban con esas roderas de carro que se alejaban hacia el horizonte negro. Algo de esas marcas le inquietaba, pero no sabía qué era, ni por qué. La lógica absurda del sueño le decía que había muchos carros en el pueblo, pero un diablillo le susurraba que esas rodadas eran especiales.

El canto de los gallos le encontró despierto y despejado. Su padre dijo que no sabían nada de Sancho. Se lavó la cara, desayunó y salió a buscar a su amigo. Tenía que saber qué había ocurrido. Volvió a la zona de los molinos y se fijó en las roderas del carro. Ahí estaba lo que no le dejaba dormir. Un peculiar surco que recorría la llanta de la rueda. Lo había visto antes y recordaba dónde.

Cuando el suceso de los ladrones de corderos, al día siguiente volvieron a la tenada del Mocho, para ver qué había sucedido con el perro. Y se fijó en la marca que el carro había dejado en el barro. Alonso comprobó que era igual que la que tenía delante, aunque en el polvo del camino se viese peor que en el barro.

Sin pensarlo comenzó a seguir las huellas. Poco a poco se fue alejando del pueblo. En ese momento pensó en que tal vez tenía que haber dicho dónde iba, pero ya era tarde.

********

Sancho estaba tirado en el suelo, dentro del saco. La mordaza le apretaba, pero no podía hacer nada para quitársela. También le habían atado las manos. Oía murmullo de voces que negociaban.

–      Los piratas berberiscos te darán buenos dineros por él –decía la voz conocida de Patillas de Hacha.

–      Les chiflán los niños gorditos –añadió su compañero, siseando porque el colmillo no le permitía hablar con claridad.

–      No es tan buen negocio como vosotros decís –el tratante de ganado quería bajar el precio que pedían-. Secuestrar niños siempre trae problemas graves. Si me topo con la Santa Hermandad me cuesta el cuello. Ésos no se andan con tonterías.

–      En el riesgo está la ganancia.

–      Ya está el filósofo. Se nota que no eres tú el que arriesga.

–      Bueno, te interesa, ¿sí o no?

–      ¡Yo pago lo que pidas! –gritó alguien a sus espaldas. Sancho se removió en el saco al reconocer la voz de su amigo Alonso.

–      ¿Y éste quién es? –preguntó desconcertado el tratante.

–      El listo de su amigo –dijo Patillas de Hacha.

–      También te lo vendemos –siseo Colmillo abalanzándose sobre Alonso y atrapándolo.

–      No, no, no. De ninguna manera –decía el traficante-. Dos niños no es el doble de problemas, ¡es mucho más! Ni hablar. Y tú –añadió dirigiéndose a Alonso- ¿qué me ofreces?

–      ¿Cuánto pides? –respondió el chico con decisión.

–      Por lo que veo no traes gran cosa –añadió con sorna el tratante, señalando que ni siquiera llevaba un zurrón con comida.

–      Pero puedo volver al pueblo y traer lo que quieras. Mi padre me lo prestará.

Las carcajadas de los maleantes llenaron la sala.

–      Y claro, volverás tú solo, sin dar aviso a la justicia, ¿no es así? –preguntó con sorna el traficante.

–      Es que es un chico muy chistoso. Ya te habíamos advertido. Con mucho ingenio –añadió con maldad el siseante Colmillo.

–      ¿Es eso cierto? –dijo, dirigiéndose a Alonso. De repente se había puesto muy serio.

–      ¿El qué?

–      Que eres ingenioso.

–      No lo sé. Eso dicen.

–      Bien, bien. Se me ocurre una solución para este desagradable problema. Me gustan las personas ingeniosas. El ingenio es lo mejor de la vida.

–      ¿Qué quieres? –respondió Alonso, todavía desafiante.

–      Hacer un trato –expuso con calma el tratante-. Yo te planteo un acertijo, y si tú lo resuelves te puedes ir.

–      De acuerdo sólo si me llevo conmigo a Sancho.

–      Eres duro regateando. Pero vale, de acuerdo. Te llevas también a Sancho… si resuelves un segundo acertijo. Y te advierto que no van a ser fáciles. ¿Qué me dices?

–      Habla.

–      Está bien. Yo soy un hombre razonablemente rico, pero no tengo hijos, y mis sobrinos son unos vagos que no merecen nada. Cuando me muera, ¿qué puedo hacer con todas mis riquezas? Tendré que dejárselas a mis hombres; al menos me han servido con cierta lealtad. Pero no quiero que las repartan. Voy a dejar todo mi dinero a uno sólo. Y quién va a ser, te preguntarás.

–      No. Me da igual.

–      Ya. Lo supongo. Es una forma de hablar. Tú sigue atento, que ahora viene lo que te interesa. Voy a dejar todo a aquel que haya sido capaz de ahorrar desde hoy hasta el día de mi muerte, un número de monedas igual a la mitad del número de días de vida que me quedan. Justo ésas, ni una más, ni una menos. Si tú fueses uno de mis posibles herederos, ¿cómo lo harías?

Alonso notó que los secuaces que acompañaban al tratante comenzaban a cavilar cómo conseguir el número exacto de monedas. Él hizo lo mismo. Para ellos suponía la riqueza, para él la libertad.

–      Lo tengo –dijo Alonso, después de unos minutos.

–      ¿Ya? –preguntó sorprendido el traficante-. Dímelo sólo a mí, al oído, y deja que éstos sigan pensando. No se lo pongas fácil. Si es que has encontrado la respuesta correcta, claro.

El chico se acercó y susurró unas palabras en su oído.

–      Muy bien. Ésa es la respuesta correcta. ¿Para quién pides la libertad?, ¿para ti o para tu amigo?

–      Para Sancho –respondió sin dudarlo.

–      Caramba. Todavía quedan personas leales. Me sorprendes –dijo, mirando de reojo a los dos malandrines que habían secuestrado a Sancho-. Sea como dices. Tu amigo queda libre. Y ahora veamos si también eres capaz de conseguir tu propia libertad.

–      Estoy preparado.

–      Supongamos que nosotros somos unos delincuentes.

–      ¿Y no los sois? –se le escapó la pregunta. Luego pensó que tal vea tendría que haber callado, pero ya era tarde.

–      ¡Pues claro que lo somos! –dijo el traficante con grandes carcajadas.- Bien. Pues ahora supón que tenemos una contraseña para saber a quién podemos dejar entrar en nuestra guarida y a quién no. Y también que la Santa Hermandad quiere entrar a husmear en nuestras cosas. Pero la puerta es demasiado fuerte y no pueden echarla abajo. Entonces, los de la Hermandad, que se creen muy listos, apostarían a sus hombres fuera, escondidos, escuchando para averiguar la clave. Llega uno de los nuestros, llama a la puerta y le dicen “dieciocho”. Él responde “nueve”. Y le dejan entrar. Llega otro, llama y oye “ocho”; él contesta “cuatro”. Se abre la puerta. El siguiente escucha “catorce”, dice “siete”, y le dejan entrar. La Santa Hermandad, que lo ha oído todo, piensa que ya lo tiene: hay que responder la mitad de lo que te dicen. Envían a uno de los suyos, llama a la puerta y oye “cero”. Se queda sorprendido, calculando la mitad de cero, y a su vez responde “cero”. Un dardo lanzado desde un ventanuco lo mata. Un error, piensan los de la Hermandad. Y envían a otro de los suyos. Llama y escucha “seis”. Ya está, deduce; ésta es fácil. “tres” responde muy ufano, y cae muerto por otro dardo. Y ahora te pregunto: ¿Qué ha sucedido?

–      Ésta es fácil.

–      Caramba; ¡sí que eres rápido! –dijo el tratante de ganado-. No es necesario que respondas. Estoy seguro de que lo sabes. Además has demostrado que eres noble y no tratarías de engañarme. Pues recuerda esa contraseña. Tal vez algún día la necesites.

–      ¿Podemos irnos ya? –abrevió Alonso.

–      Claro. Claro que podéis iros. Pero antes tenemos que llegar a un acuerdo. Eres inteligente y supongo que no me vas a denunciar. Al fin y al cabo, yo te he ayudado más que te he perjudicado, y no creo que quieras tenerme como enemigo, ¿no es cierto? –el tratante sonrió burlón.

Alonso lo pensó un momento.

–      De acuerdo. Pero a esos dos –dijo señalando a Patillas de Hacha y Colmillo-, no quiero volver a verlos por el pueblo. O les denunciaré a la justicia.

–      No te preocupes. Yo tampoco quiero volver a verles.

Hizo un gesto a sus hombres; éstos cogieron unas grandes estacas y con ellas invitaron a los dos maleantes a salir de la casa.

–      Soltad a Sancho –ordenó el jefe. Todavía hizo un comentario más-. Chaval, eres listo. Tal vez volvamos a encontrarnos algún día. Espero que sea como amigos –y tendió la mano a Alonso.

–      Es posible –dijo el chico con una sonrisa, y aceptó el apretón de manos.

 

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s