La perra Laika ©

El pequeño Quijote

Episodio 2: La perra Laika

Frestón–      ¡Hija de Satanás!, ¡perra del demonio! –vociferaba el cura, con la sotana remangada, las pálidas canillas al aire por encima de las sandalias de cuero negro, mientras corría como alma que se quiere llevar el diablo, perseguido por la perra Laika, que Belcebú confunda, la muy hija de perra.

Las viejas del pueblo, sentadas a la sombra, mientras hacían encaje de bolillos, palito para aquí, palito para allá, dejaron la labor para santiguarse tres veces seguidas, besando el gurruño de dedos cada vez. Ver a Don Pedro Pérez, párroco del pueblo, jurando como un hereje, perseguido por la perra más fiera de la localidad, con la sotana remangada por encima de las rodillas para no tropezarse, requería encomendarse a lo divino.

–      Jesús, Jesús, Jesús –decían.

El cura logró llegar a tiempo a la casa rectoral, antes de que la perra del diablo pudiese hincar un diente en la sotana, o incluso en la misma carne, allá donde la espalda finaliza. Don Pedro Pérez entró y cerró con un portazo, deseando que la bestia se estampase contra la madera y se rompiese la crisma. No sucedió.

Esa noche en la taberna, mientras los labriegos y pastores jugaban al truque, no se hablaba de otra cosa. Lo de la perra era habitual, lo del párroco no tanto.

–      A ésa la llevaba yo a coger aceitunas y se acabó el problema –dijo uno.

–      Lo que pasa es que Pedro Cecial no la sujeta bien con una cadena.

–      Quiá. Vaya si lo hace. Pero es muy mal bicho.

–      Dejádmela a mí –susurró uno, con patillas de hacha, sacando una navaja de muelles del mismo Albacete, que abrió haciendo sonar cada uno de ellos, crac, crac, crac,… hasta siete.

Tomé Cecial, hijo del dueño del can, había ido a llenar la bota de vino, y oyó al de la navaja. Volvió a casa corriendo y entró en la cocina donde su madre preparaba las migas, sofocado y jadeando.

–      ¡Padre, que quieren matar a Laika!

–      No te preocupes, hijo –el labrador puso su manaza con dedos como longanizas sobre la cabeza del chaval-. Nadie va a hacer nada a la perra.

–      Laika es buena.

–      Lo era, hijo, lo era, hasta hace poco. Pero últimamente se ha vuelto muy agresiva.

–      Se le pasará.

–      Seguro que sí. Mientras tanto la ataremos más fuerte.

Alonso Quijano y Sancho Panza se habían hecho inseparables desde el suceso de la letrina. A algún malandrín ocurrente le había dado por llamarles el gordo y el flaco. Tomé Cecial también se juntaba con ellos. Y a los tres les odiaba por igual Frestón. Lo de Tomé venía de antiguo, aunque nadie sabía por qué. A Alonso no le perdonaba que le hubiese dejado en evidencia cuando lo de la letrina. La vergüenza todavía le escocía en la cara. Y Sancho Panza era su rival desde que Frestón llegó al pueblo. Sin embargo, en Sancho, más bruto, pero menos inteligente, no empleaba tanta maldad como con Tomé, y sobre todo, con Alonso.

Tomé sospechaba que lo de Laika era culpa de Frestón. Los tres amigos, curiosos y saltatapias como niños que eran, le habían espiado alguna vez a través del ventanuco, en la oscuridad de la noche, mientras leía extraños libros con pentáculos inscritos en círculos, a la luz de las velas.

–      Eso es cosa de brujería –había dicho Alonso, que era el más leído-. O de alquimia.

Los otros se habían santiguado tres veces, mirando a los lados por si alguien lo había oído. Sin embargo, la idea se había escondido en algún lugar del cerebro de Tomé, y desde ese día sospechaba que lo que le sucedía a Laika era cosa de brujería. Sancho se lo comentó a Ricote, su amigo, morisco. Entre los suyos había quien dominaba el arte de las hierbas, y sabía qué hacer con ellas para que fuesen curativas. O todo lo contrario. Tal vez por eso, un día que estaban los tres amigos juntos, Sancho propuso hablar con Ricote.

–      Dice que su tío ha estudiado los libros de Avicena y Averroes.

–      ¿Quiénes son esos? –preguntó Tomé.

–      No lo sé –admitió Sancho.

–      Médicos muy sabios –dijo Alonso-. ¿Qué sucede con ellos?

–      Según Ricote, lo de la perra se puede deber a algún tipo de envenenamiento. Y con la medicina adecuada puede volver a ser normal.

–      ¿Qué tiene que ver la medicina de las personas con los males de un perro? –objetó Alonso.

–      Eso yo no lo sé –dijo Sancho-. Pero Ricote dice que existe un bálsamo que cura todas las enfermedades.

–      ¿Tú crees que querrá darnos unas gotas? –el semblante de Tomé reflejaba la infinita tristeza por los males de su perro.

–      Se lo podemos preguntar.

Quedaron ese mismo día, después de ponerse el sol, detrás de las tenadas, allí donde iban a organizar sus travesuras, respirar el humo de esa planta llamada tabaco, que habían traído de las Indias, y hablar de picardías de mayores. El suave balido de las ovejas encerradas disimulaba su conversación.

–      Tú vigila –había indicado Alonso a Sancho.

Tomé y Ricote murmuraban en voz queda.

–      ¿Ese bálsamo puede curar a mi perro? –preguntaba desesperado Tomé, que cuando acudía a la cita con sus amigos se había cruzado con el hombre de las patillas de hacha. Llevaba la navaja de Albacete cruzada en la faja.

–      Ese bálsamo lo cura todo –decía Ricote-. Lo usaban los guerreros en la batalla. Y si un descomunal gigante partía a uno por la mitad, sus compañeros no tenían más que volver a colocar las dos mitades bien ajustadas antes de que la sangre se helase, darle dos gotas de este bálsamo, y podría volver a la batalla como si tal cosa.

–      Inaudito –comentó Alonso.

–      ¿Tú tío sabe prepararlo?

Ricote miró a Tomé haciéndose el ofendido.

–      Pues claro. Vaya boticario sería si no supiese hacerlo.

–      Ya, pero no podré pagarlo –decía el chico.

–      No será necesario –afirmó triunfal Ricote, sacando de su camisa un frasquito de vidrio con unas gotas de líquido-. Con esto es suficiente. Dáselo una sola vez y tu perra volverá a ser mansa como un gato.

–      Gracias.

–      Ahora me tengo que ir –y se despidió con una amable sonrisa.

Sancho no paraba de moverse y rascarse.

–      ¿A ti qué te pasa? –le dijo Alonso.

–      Vámonos de aquí. Esto está lleno de pulgas.

Sólo Tomé podía acercarse a Laika sin que ésta gruñese, enseñando los colmillos. Alonso y Sancho observaban desde la puerta del corral. El chico vertió las gotas de bálsamo, mezclándolas con la comida de la perra.

–      Cómetelo, te pondrás bien –susurraba al animal, acariciándole las orejas blancas-, y ya no querrán llevarte a coger aceitunas.

Todos los días, antes de ir a la escuela, Don Pedro Pérez exigía a sus alumnos que fuesen a misa. Para los mayores de siete años, que por tener uso de razón ya habían hecho la Primera Comunión, no había excusa. Cuando cumplían doce dejaban a la vez la escuela y la misa diaria.

Don Pedro Pérez salió a tocar la segunda. El sacristán se había dormido y tuvo que hacerlo él mismo. A partir de ese momento llegaban los monaguillos. El cura vio venir a Tomé, con su perra, suelta. Inmediatamente se encerró en el campanario.

–      ¡Llévate de aquí a ese bicho del demonio! –gritaba detrás de la puerta.

–      No se preocupe, don Pedro, que ya no hace nada –decía el chico.

Desconfiado, el cura entreabrió la puerta y sacó poco más que la nariz. Pudo ver a la perra saltando alrededor del chico, meneando el rabo, sin hacer caso a nadie más.

Las viejas, sentadas al sol de la mañana, hacían encaje de bolillos, palito para aquí, palito para allá.

–      Mira, parece que al perro le han dado el bálsamo de Fierabrás –murmuraban entre ellas.

Sancho llegaba en ese momento, pensativo, dando patadas a los cantos.

–      Bien está lo que bien acaba –sentenció de lejos, desconfiando todavía de las virtudes de ese bálsamo que olía a romero.

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