La batalla de la dehesa ©

El pequeño Quijote

Episodio 6: La batalla de la dehesa

 

La dehesaEl grupo regresaba victorioso por la vereda de la Dehesa después de haber luchado como bravos en la mayor batalla que vieron los siglos. Al frente, Don Pedro Pérez, maestro y cura de la localidad, bota de vino al hombro, sotana verdinegra con matices ocres y alguna que otra paja, como si viniese de pelear en la trinchera. Que algo de eso hubo. Detrás sus alumnos, embriagados por el júbilo de la victoria, que no por el vino, a pesar de que el cura hubiese repartido un frugal buchito entre sus huestes, apenas lo necesario para mojar el hocico, puestas en fila, por orden alfabético. Para infundir valor después la batalla, cuando sus madres viesen cómo volvían a casa.

Sin duda, algo tuvieron que ver en el marcial suceso los aires bélicos que respiraba la nación y que llegaban al pueblo a través de las cadenas de galeotes, que pasaban camino de Cádiz, para alimentar los remos de las galeras reales. También los grupos de voluntarios, animados por el hambre de honor, o el hambre a secas, que se alistaban como tropa para la batalla.

Algún reincidente de las galeras pasó por allí y, en la pausa para la aguada, contó a la chavalería la vida del galeote. Los chicos le escuchaban espeluznados, pero incapaces de abandonar el relato.

–      Chavales, no tendrías que escuchar eso. Vais a tener pesadillas –dijo uno de los guardias, con una risotada.

–      Déjales –respondió otro-, que sepan lo que les espera si se apartan del buen camino.

Y allí estaba el galeote, hablando en ese momento de la comida: la misma todo el año, bizcocho de galera, duro como una piedra, que había que remojar antes para poder morderlo, caldero de habas cocidas con un poco de aceite o sebo. Carne sólo dos o tres veces al año. Sustento imprescindible para apalear sardinas, que así llamaba al remar. También les dijo que cuando el cómitre decía “fuera ropas”, quería decir eso precisamente, quedarse en cueros, para que no rompieran los calzones contra el tablón del asiento, cada vez que lo golpeaban en el último tiempo de la boga.

–      Ya está bien –dijo el guardia, cuando escuchó que la conversación discurría por esos temas. ¡Largaos de aquí!

Sin embargo, el relato del galeote se les quedó grabado, y en la escuela preguntaron al maestro sobre el asunto.

–      El turco es un peligro permanente para el comercio en el Mediterráneo –trataba de explicar ecuánime Don Pedro Pérez-. Y ya el emperador Carlos I se tuvo que enfrentar a ellos cuando Solimán el Magnífico trató de conquistar Viena. También le arrebató a Barbarroja las plazas de Túnez y La Goleta, a pesar de que contaba con el apoyo del turco, y de ése… gabacho –dijo como escupiendo en el suelo- de Francisco I. Pero su flota sigue siendo poderosa y cualquier día se va a liar parda. Por eso, las galeras de nuestro buen rey Felipe II, unas veces aliadas con los venecianos, y otras enfrentadas a esos mercaderes sin escrúpulos, no dejan de vigilar el Mare Nostrum.

Así estaba el ambiente en el pueblo cuando llegó el día de San Isidro. Según la costumbre se hacía una romería conjunta con el pueblo de al lado, que disputaba la propiedad de la ermita del santo, situada justo en la raya, mojón acá, mojón allá. Generaciones atrás se decidió celebrar la fiesta juntos, y acabar así con la disputa. Aunque no se consiguió del todo.

Uno de los ritos de la romería era el saludo, cuando ambas procesiones llegaban a la ermita, cada una desde su pueblo, precedidas por la cruz parroquial, flanqueada por los ciriales, justo detrás del pendón. El gesto de la venía consistía en un ligero toque de pendones, cruces y ciriales.

Ese año le correspondía llevar uno de los ciriales a Sancho, monaguillo por edad. Y en el momento del saludo se le fue la mano, y lo que tenía que ser un leve toque, fue un topetazo que escacharró el cirial del pueblo vecino. La vela saltó por los aires, también algún trozo del peltre de las filigranas, y el resto quedó bastante abollado. Don Pedro Pérez le miró reprobador, aunque Sancho juraba haber percibido una sonrisa cómplice en el cura. El caso es que, a causa del incidente, los ánimos entre la chavalería estuvieron muy picados durante toda la fiesta.

Otra de las costumbres estaba en la merienda de fraternidad que al día siguiente compartían las escuelas de sendos pueblos en la Dehesa. El maestro organizaba la intendencia para que hubiese un poco de todo y mucho de nada: queso, tocino curado, habas, torreznos, tal vez algún trozo de chorizo. El último invento era un plato cocinado a partir de ese tubérculo de las Indias, al que llamaron tortilla de patatas. A pesar de no ser una receta tradicional ya había algunos maestros en su elaboración que se arriesgaban a echar chorizo, pimientos, etc. junto con las patatas y el huevo batido. La más exquisita, sin ninguna duda, era la que cocinaba la madre de Juana.

Y así, con los capazos preparados en la cocina, llegó el día señalado. Antes de salir hacia la Dehesa, Alonso Quijano dejó en la jaula del cárabo unos ratoncillos que había cazado en el pajar. El bicho se estaba criando bien y llegaría a ser un hermoso ejemplar. Dulcinea no podría evitar fijarse en él; y también en Alonso, que ése era el objetivo.

El grupo esperaba en la plaza, alrededor del maestro que comprobaba si cada cual había cumplido con su encargo. Cuando todo estuvo listo partieron al encuentro del pueblo vecino.

En la Dehesa se criaban toros bravos, pero en esa época del año merodeaban lejos de la charca a la que ellos se dirigían. Allí pasaban el invierno, pero cuando se secaba la charca se refugiaban en otros lugares con más agua. Eso sucedía al comienzo de la primavera, dependiendo de la lluvia del invierno. Ya lo habían comprobado, y en esa zona sólo había boñigas y unas encinas copudas que daban sombra y diversión a la chavalería que trepaba por ellas. Era un lugar agradable para los concursos habituales de soga tira, carrera de sacos y la calva.

Llegaron a la Dehesa. Los escolares del otro pueblo ya estaban allí y habían ocupado la mejor sombra. Los alumnos de Don Pedro Pérez se cobijaron en la encina contigua. La tarde transcurrió entre los retos habituales y las disputas no previstas. Este año fueron más abundantes por el pique de la víspera.

Por fin llegó la hora de la merienda. Los maestros dispusieron los manteles en un lugar más o menos libre de boñigas. Alguna quedaba, no obstante. Cada chaval fue sacando lo que había preparado para ese día y poniéndolo en el centro, para compartir entre todos, que ésa era la intención del festejo: la convivencia fraterna. Allí aparecieron torreznos, habas, rosquillas, hojuelas, lonchas de tocino curado, algo de chorizo, algún trozo de jamón reseco, según el dicho clásico: “cuando el pobre come jamón, o está malo el pobre, o está malo el jamón”; y por supuesto, tortillas de patatas. Entre todas destacaba la de Juana.

–      Le he dicho a mi madre que le pusiese chorizo –susurró la niña a Sancho, con aire coqueto-. Sé que te gusta mucho.

Sancho, que ya no ponía reparos a las atenciones de Juana, sonrió ruborizándose, con las orejas coloradas como tomates para gazpacho, halagado por la preocupación de la niña.

Pero el matón del pueblo vecino, aquél con el que Sancho había chocado los ciriales la víspera, el mismo que con rencor rumiaba la afrenta, el malandrín que se había erigido por la fuerza en campeón de la chavalería vecina, también se fijó en la tortilla.

Con rapidez propia de serpiente, tomó el plato con la tortilla de Juana, y pasó su babosa lengua por encima, tomando posesión de ella. Luego miró desafiante a Juana y a Sancho, como diciendo, a ver si ahora os atrevéis a probarla, cubierta con mis babas.

–      Quería… quería que tú la probases –acertó a decir la niña, sollozando, mirando a Sancho con los ojos bajos, para que el matón no viese sus lágrimas.

Aquello enfureció a Sancho que, olvidando el espíritu fraternal del día, tomó una boñiga que por allí quedaba y la lanzó contra el bruto, estampándola en su jeta. Sus secuaces salieron en defensa de su caudillo, contraatacando a boñigazos. Pero los del pueblo de Sancho tampoco permanecieron quietos y corrieron a buscar munición. La pelea se desplazó alejándose de los alimentos. Alonso hizo una rápida valoración de la batalla y, experto como era en contiendas por sus frecuentes lecturas de caballeros y héroes, organizó el ataque de su pueblo. Dispuso a los suyos en tres grupos, según la maniobra clásica: los más aguerridos y con mejor puntería en el centro, los más rápidos y las niñas en las alas. Ordenó a los del centro que repeliesen el ataque, y que los grupos de los extremos iniciasen una maniobra envolvente con el objetivo de ganar la espalda del enemigo.

Los maestros, aturdidos en un primer momento, decidieron tomar partido por los suyos, con cierto disimulo al principio, y con máximo entusiasmo al final. Don Pedro Pérez, hombre de letras y de talante pacífico por su condición de sacerdote, trató de minimizar daños y gritó su consigna:

–      ¡No tiréis boñigas secas, que ésas hacen daño!

Alguno trató de hacerle caso, pero las más frescas se desmoronaban en las manos, por lo que cada cual arrojaba lo que podía.

La estrategia de Alonso pronto surtió efecto, y el pueblo vecino se vio rodeado. Llovían boñigas por todas partes. El maestro gritó:

–      ¡Retirada! ¡Retirada!

Don Pedro Pérez fue el primero en replicar, cuando los otros se alejaban con intención de no volver:

–      ¡Victoria!

La chavalería, que miraba de reojo la reacción de su maestro, se unió a los gritos de júbilo. Fue en ese momento cuando el cura pensó que tal vez se había excedido. Sin embargo, olvidó pronto sus escrúpulos. Tiempo habría durante todo el año de arreglar los lazos fraternales con el maestro del pueblo cercano. Pero ese día, en esa batalla, había conquistado la fidelidad y admiración de sus alumnos. Todos habían luchado juntos. E incluso Frestón no tuvo reparos en ponerse a las órdenes de Alonso.

El cura decidió celebrarlo y, después de haberse hartado con las viandas propias y las de los vecinos, tomadas como botín de guerra, dijo a los suyos que se colocasen en fila. Destapó la bota y recorrió la fila arrojando en la boca de cada uno, abierta como pico de guacharro, un escueto trago de vino. Después de la opípara merienda, recogieron sus capazos y amontonaron los del rival a la sombra de la encina copuda.

Estaba anocheciendo. Había llegado la hora de volver al pueblo. Alegres cánticos de victoria anunciaron a los vecinos que sus hijos regresaban.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s