El cárabo (II) ©

El pequeño Quijote

Episodio 4: El cárabo (II)

CáraboLos dos zagales, escondidos detrás del tapial de los corrales, susurraban qué hacer. La lluvia no cesaba. El cárabo, asustado, bufaba en la jaula, tapado por un paño oscuro. Dada la negrura de la noche ese pormenor no era necesario. Sin embargo, al trazar el plan, Alonso había tenido en cuenta todos los detalles. Todos menos aquellos sucesos que es imposible prever. Y nunca se hubiera imaginado el chico que podía suceder lo que precisamente estaba ocurriendo delante de sus narices. En realidad, un poco más allá, al otro lado de la tapia que les servía de escondite y parapeto.

–      Calla, que te van a oír –decía Alonso a Sancho.

–      Pero hay que hacer algo. Aquí no podemos seguir. Estoy empapado hasta los calzones.

–      Chisss –ordenó Alonso-. ¿Quieres que ésos nos cojan?

La estrategia para cazar al bicho salió según lo planeado.

Sancho conocía muchos nidos en los alrededores del pueblo. Y también el árbol en cuyo tronco criaba el cárabo. Sin embargo no era fácil pillar desprevenida a la rapaz. Su oído extremadamente fino le alertaba de cualquier peligro. Les hubiese oído llegar con mucha anticipación. Por eso decidieron esperar un día de lluvia. El ruido del agua contra las hojas disimularía sus pasos. Así podrían acercarse. Su intención era atrapar una cría.

Durante semanas habían observado el nido de lejos. Los dos adultos les miraban desde su atalaya, desconfiados, protegiendo primero los huevos y después los polluelos que poco a poco iban creciendo. Cuando Sancho, más experto que Alonso en cuestiones de ese tipo, creyó que era el momento, decidieron actuar. Sin embargo, tenía que llover.

En el pueblo no era difícil encontrar pastores duchos en el arte de predecir el tiempo.

–      Tío Juan, –preguntaba Sancho-. ¿Cuándo va a llover?

–      Cuando chilla el mochuelo, pronto se moja el suelo –respondía un día el pastor.

–      Y… ¿ha chillado el mochuelo? –insistían impacientes los chicos.

–      No –contestaba el pastor con una carcajada.

Otras veces, el tío Juan decidía no embromar a los chicos. Miraba el cielo, observaba el vuelo de las golondrinas, y concluía:

–      Golondrina que no teme a la lluvia, alto vuela.

Hasta que por fin un día, después de prestar atención a las golondrinas, concluyó:

–      Golondrina que con el ala roza la tierra, lluvia recela.

–      ¿Para cuándo? –insistían impacientes los chicos.

–      Para mañana, zagales, para mañana.

–      Gracias, tío Juan.

Y salieron corriendo a disponerlo todo para el día siguiente.

Cuando llegó el día, al salir de la escuela fueron a la cuadra donde el padre de Alonso guardaba el caballo. Allí, detrás de los pesebres, estaba el hatillo con las capas enceradas para la lluvia, la jaula y unos guantes fuertes de cuero, que les protegiesen de los picotazos del cárabo adulto.

Todo salió según lo previsto. Hasta que llegaron a las tenadas del Mocho. Antes, Sancho ya iba refunfuñando, enfadado por la lluvia que calaba la capa encerada, y también porque había resbalado y llevaba toda la culera del pantalón llena de barro.

–      Verás mi madre cuando me vea –protestaba-. Si lo dicen los viejos: el cárabo siempre trae mala suerte. Pero tú te has empeñado, por la niña ésa –refunfuñaba.

–      Ya te dije que te quedases en casa, que no hacía falta que vinieses –respondía Alonso, aburrido de las protestas de su amigo.

–      Tú sólo no habrías encontrado ni el árbol. De ésta no nos dejan salir de casa en un mes.

–      Eso estaba previsto. Sabíamos que íbamos a llegar tarde y la regañina era segura. Te dije que te quedaras.

Sancho rumiaba su enfado, pensando que no podía dejarle sólo, después de que Alonso le defendiese frente a las acusaciones de Frestón cuando lo de la letrina. Para eso estaban los amigos. Lo que más le molestaba era que todo fuese por esa Dulcinea.

Y allí estaban en ese momento. Escondidos detrás del tapial, calados, esperando.

–      Que te digo que ése no es el Mocho –insistía Alonso.

–      Quién ha de ser más que él. Son sus ovejas.

–      Ni a él se le ocurriría sacar las ovejas a estas horas, con la que está cayendo. Éstos son ladrones.

–      ¡Le están robando las ovejas! –exclamó Sancho.

–      No creo. Deben de ser los corderos. En ese carro no caben las ovejas.

Se oían los débiles vagidos de los corderos, entre el balar grave de las ovejas. Las sombras de tres hombres se afanaban entrando y saliendo de la tenada, cargando el carro con los animalitos.

–      ¿Damos un rodeo? –preguntó Sancho.

–      Calla. Si nos movemos ahora nos van a ver. Espera a que acaben.

–      ¿Por qué no ladra el perro del Mocho? Cuando pasamos esta tarde no paraba de ladrar.

–      No lo sé. Le habrán envenenado, o narcotizado, para que se duerma.

Cuando cargaron el último cordero, los hombres colocaron el portón trasero del carro, y lo cubrieron con una lona. El perro, tumbado contra la pared de la tenada, comenzó a moverse y a gruñir amenazador.

–      Lo que faltaba, ahora despierta el perro –murmuró uno de los hombres-. ¡Haz que se calle!

Uno de ellos, el que había recibido la orden, sacó algo de la faja. Se oyó un chasquido repetido: crac, crac, crac…y así hasta siete veces, una por cada muelle de su navaja de Albacete.

–      ¡Que se carga al perro! –susurró Sancho, tal vez un poco más alto de lo que era prudente en esa situación.

–      ¡Las hondas! ¡Rápido! –ordenó Alonso-. Dispara deprisa y muévete para que crean que somos muchos.

Sancho se separó de Alonso, corriendo junto al tapial mientras sacaba la honda y la cargaba con un guijarro. Su amigo hizo lo propio desde su posición. El zumbido de la honda girando sobre su cabeza rompió la monotonía de la lluvia. El de la navaja se detuvo al escuchar el temido rumor. Levantó la cabeza, y la leve claridad de su rostro indicó a Alonso hacia dónde tenía que disparar. El primer guijarro salió como un rayo.

 (Continuará)

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