El cárabo (I) ©

El pequeño Quijote

Episodio 3: El cárabo (I)

CáraboEsos días Alonso Quijano caminaba triste, como ido, pensando en quién sabe qué. Sancho desde luego no lo sabía. Si bien es cierto que el chico era de natural silencioso, introvertido y, tal vez, tímido, su actitud en las últimas semanas se salía de lo normal. Su carácter reflexivo lo achacaba Sancho a la mucha lectura, práctica que él evitaba con la excusa, decía, de que las letras “se le clavaban en los ojos”. Por él hubiese abandonado también la escuela, pero su padre, labrador paciente, acostumbrado a agachar el lomo de sol a sol, le insistía:

–      Estudia hijo, estudia. Quién sabe si algún día tendrás que gobernar una ínsula.

Esto último lo afirmaba con claro tono de humor, refiriéndose a las aventuras de grandes guerreros que el chico le contaba, historias que a su vez le transmitía su amigo Alonso. El último libro que éste había terminado fue el Amadís de Gaula. Y a esa lectura atribuía Sancho el penoso estado de ánimo de su amigo.

Por fin, una tarde, después de haber saltado la tapia de Perrachica para coger unos pepinos, le confesó la causa de sus males.

–      Es por una chica –dijo, avergonzado.

–      ¿Una chica? –preguntó Sancho, abriendo unos ojos tan grandes como la cueva de Montesinos, de la que a menudo había oído hablar, pero que no conocía.

Se apartó un poco de él, como si estuviese apestado, mirándole con detalle, también las orejas, esperando que el cerebro reblandecido se le escapase por los orificios.

–      ¿Una chica… chica? Con coletas y todo eso –preguntó para aclarar sus dudas.

Alonso afirmó con un movimiento de cabeza.

–      ¿Y qué te ha hecho?

–      Envenenarme el ánima.

–      ¿Cómo? ¿Igual que Frestón con Laika? –Sancho quería saber con certeza a qué se enfrentaban.

–      Peor. Creo que el bálsamo de Fierabrás no puede hacer nada en este caso.

–      ¡Cómo no ha de poder! Ese bálsamo es mágico. Lo cura todo.

–      Esto no. No puede curarlo. Y tampoco quiero.

El asombro de Sancho superaba todo lo imaginable. Pensó, por un momento, que su amigo se había vuelto loco, con una locura mayor que los molinos que movían sus aspas en los cerros de alrededor.

–      Eso… ¿se contagia? –preguntó temeroso, apartándose todavía un poco más.

Alonso sonrío.

–      De momento no. Pero ya se encargará Juana de que enfermes de este mal –Alonso había notado que la chica ponía ojitos a Sancho, y le sonreía con cara bobalicona.

–      Esa pesada. Todo el día Sancho por aquí, Sancho por allá –dijo, con voz en falsete, tratando de imitar a una niña-. Bueno, y ¿quién es la chica?

–      Dulcinea.

–      No la conozco.

–      La vi en El Toboso, cuando fui a la feria con mi padre, para comprar libros.

–      ¿Qué te hizo?

–      Nada.

–      ¿Qué te dijo?

–      Nada.

–      ¿Te dio a beber algún filtro que te emponzoñó?

–      No.

–      No, no, no… Cuéntame de una vez qué ocurrió –Sancho se impacientaba, temeroso.

–      Me miró y sonrió.

Como platos, mejor como hogazas. De dos kilos. Así abrió Sancho los ojos ante la afirmación de su amigo.

–      ¿Te miró, te sonrió, y ahora pareces privado de seso? A mí Juana me mira y me sonríe todos los días, la muy pesada. ¿Acaso esa Dulcinea es una bruja? –dijo, mirando a los lados por si lo había oído alguien, santiguándose tres veces y besando el pulgar cada una de ellas.

–      Sí, eso pasó, más o menos. También la oí hablar.

–      Ah, bueno, si la oíste hablar… -hizo una pausa-; pero ¿estás tonto o qué?

–      Le decía a su padre que le comprase el cárabo que llevaba un cetrero en una jaula, tapado con un paño oscuro.

–      Eso es un problema de su padre.

–      Pero me miró, retándome, como si se preguntase hasta dónde llegaba mi valor; y si yo sería capaz de cazar un cárabo para ella.

–      Que se lo compre su padre. A ti que te importan sus caprichos.

–      Sancho, no lo entiendes. Los caballeros hacen eso por sus damas. Y locuras mayores. Arriesgan incluso sus vidas para merecer su amor.

–      Pero tú no eres un caballero, y ella no es una dama. Es una chica de El Toboso, que come ajos, como todos.

–      No lo entiendes.

Sancho paseaba alrededor de su amigo, moviendo los brazos arriba y abajo, haciendo aspavientos, murmurando quién sabe qué.

–      ¿Qué hay que entender? –logró decir al fin.

–      Pero eso no es lo peor –Alonso ignoró las palabras de su amigo-. Lo peor es que también estaba Frestón. Le vi hablando con ella. Y ella también le sonreía.

Alonso se sumergió en un profundo silencio. Sancho ya no dijo nada más. Si Frestón estaba en el lío todo cambiaba.

–      Tengo que cazar un cárabo para ella. Como sea.

(Continuará)

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