La hora del paling

PalaHa llegado el momento de un nuevo deporte. En este sector, en el que triunfa lo novedoso y llamativo, ha sonado la hora del paling. Todos estamos acostumbrados a oír hablar de trekking, rafting, footing, jogging, etc. A partir de ahora incorporaremos a nuestro vocabulario y práctica deportiva el paling. El nombre es, en este caso, una “inglesización” de la palabra castellana pala, del mismo modo que a la costumbre de tirarse por un puente se le llama puenting y no bridging. Sigue leyendo

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Una noche fría ©

Noche fríaLa noche era fría. Paulino Moreno se había perdido y tenía miedo. Le acompañaba Carlos. Eran los más pequeños del grupo y ahora estaban solos en medio del monte; una broma que les habían hecho los chicos mayores del pueblo y, sin duda, la represalia por su empeño en acompañarles a buscar musgo para el Belén de la escuela. Además, nada más salir del pueblo les hicieron cargar con los coloños vacíos, mientras ellos encendían los cigarros que llevaban escondidos en los calcetines, después de amenazarles con sendas collejas, para que no se chivasen. Sigue leyendo

El cárabo (I) ©

El pequeño Quijote

Episodio 3: El cárabo (I)

CáraboEsos días Alonso Quijano caminaba triste, como ido, pensando en quién sabe qué. Sancho desde luego no lo sabía. Si bien es cierto que el chico era de natural silencioso, introvertido y, tal vez, tímido, su actitud en las últimas semanas se salía de lo normal. Su carácter reflexivo lo achacaba Sancho a la mucha lectura, práctica que él evitaba con la excusa, decía, de que las letras “se le clavaban en los ojos”. Por él hubiese abandonado también la escuela, pero su padre, labrador paciente, acostumbrado a agachar el lomo de sol a sol, le insistía:

–      Estudia hijo, estudia. Quién sabe si algún día tendrás que gobernar una ínsula. (Leer más)

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Episodio 4: El cárabo (II)

Cárabo

Los dos zagales, escondidos detrás del tapial de los corrales, susurraban qué hacer. La lluvia no cesaba. El cárabo, asustado, bufaba en la jaula, tapado por un paño oscuro. Dada la negrura de la noche ese pormenor no era necesario. Sin embargo, al trazar el plan, Alonso había tenido en cuenta todos los detalles. Todos menos aquellos sucesos que es imposible prever. Y nunca se hubiera imaginado el chico que podía suceder lo que precisamente estaba ocurriendo delante de sus narices. En realidad, un poco más allá, al otro lado de la tapia que les servía de escondite y parapeto. (Leer más)

La perra Laika ©

El pequeño Quijote

Episodio 2: La perra Laika

Frestón–      ¡Hija de Satanás!, ¡perra del demonio! –vociferaba el cura, con la sotana remangada, las pálidas canillas al aire por encima de las sandalias de cuero negro, mientras corría como alma que se quiere llevar el diablo, perseguido por la perra Laika, que Belcebú confunda, la muy hija de perra.

Las viejas del pueblo, sentadas a la sombra, mientras hacían encaje de bolillos, palito para aquí, palito para allá, dejaron la labor para santiguarse tres veces seguidas, besando el gurruño de dedos cada vez. Ver a Don Pedro Pérez, párroco del pueblo, jurando como un hereje, perseguido por la perra más fiera de la localidad, con la sotana remangada por encima de las rodillas para no tropezarse, requería encomendarse a lo divino.

–      Jesús, Jesús, Jesús –decían. (Leer más)

El pequeño Quijote ©

Episodio 1: Un asunto sucio.

La fila de la escuelaEn un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho que Don Pedro Pérez, cura del pueblo, hombre docto, titulado por Sigüenza, consiguió abrir una escuela. No fue fácil, y hubo de insistir mucho a Don Diego de Miranda, hidalgo de posibles, y también a la corporación municipal de la localidad. Sin embargo, el cura recién doctorado, movido por el celo pastoral y el interés en difundir la doctrina cristiana salida de Trento, y el municipio, agitado por las nuevas modas del Renacimiento, consiguieron del hidalgo una sustanciosa financiación. Otra parte la puso la municipalidad, y el resto que faltaba, algunos padres mejor situados económicamente. También ayudó que el cura se ocupase del trabajo del maestro renunciando al sueldo que le correspondía. Los seis ducados anuales que habitualmente costaba la enseñanza de cada alumno, se vieron notablemente reducidos. (Leer más)