Capítulo 1

– Yo he matado a Quintanapalla.
– Lo suponía.
– Ahora ya lo sabes. Te lo digo para que no me delates. Te obliga el secreto de confesión.
– ¿Te arrepientes?
– Por supuesto. Sé que ése es un requisito necesario para obligarte al silencio. Yo también soy cura.
– Sin embargo, creo que no es un arrepentimiento sincero.
– Ayala, déjate de interpretaciones. Si miento en esto cometo sacrilegio, pero ése es mi problema. Tú cumple con tu obligación: fíate de lo que te digo, absuélveme y cállate. Para siempre.

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Mala leche ©

A las once de la mañana en la Bodega Saiz cuatro viejos estiraban un porroncillo de vino lo que duraba el periódico, algún estudiante tomaba vino de a quince pesetas, y otras quince para el puñado de cacahuetes, lo más que podían permitirse. Esa era la clientela habitual de media mañana. También obreros de la zona que hacían un descanso para almorzar.
La bodega olía a escabeche, salazones y serrín empapado de vino y cerveza derramada. Felipe, el bodeguero, pasaba una rodea por el mostrador borrando la cuenta del último almuerzo; chicharro en escabeche, pan y porrón de vino. Vasito de orujo con moscatel de postre, para lavar los dientes. Sigue leyendo

Bodega Saiz. Vinos, comidas y tertulia ácrata ©

Treses

Relato publicado como colaboración en el libro El obispo mudo

–      Ni Dios, ni patria… ¡ni rey! –dijo Ramón, zurdo en el juego y las ideas, ligeramente escorado hacia Bakunin. El golpe seco del tres de oros sobre la mesa sonó como el chasquido de la guillotina al descabezar al monarca del mismo palo que había tirado Don Joaquín.

Esta tarde tampoco estaba Damián, que tenía reunión del partido. Por eso jugaban al subastao.

–      El demonio, el mundo… ¡y la carne! –respondió el cura con evidente coña, matando el as de espadas con la sota de triunfo que había sacado Ramón de cara, buscando salvar las veinte solitarias que le quemaban en las manos. Sigue leyendo