Segunda semana

Episodio 8 – Un oficio peligroso.

Después del segundo jarro vino un tercero e, incluso un cuarto. Al parecer los ballesteros estaban acostumbrados y tragaban como una topera. Sin perder la compostura, ocupados en sus cosas.

  • Mañana habría que visitar al herrero –comentaba el rubio-. Necesitaríamos reponer unos cuantos virotes.
  • Me encargo –asintió el moreno.
  • El cranequín de la grande tiene holgura. Ya se me ha escapado algún tiro.
  • La llevo al herrero.
  • No le dejes sólo. Controla lo que hace. Me da que en este pueblo no saben mucho de ballestas…

El moreno lo miró displicente mientras acercaba, una vez más, el cubilete de vino tinto a su boca. Podría parecer que incluso ofendido, como si dudase de su profesionalidad. Finalmente apuró el contenido del vaso y se sirvió otro.

Llevaban tanto tiempo juntos que casi no recordaban cuándo se habían conocido. Y eso, en su profesión, tenía merito. No lo de aguantarse tanto tiempo, sino lo de sobrevivir. Su oficio era peligroso, sobre todo en la época en que estaban enrolados en guerras. Con unos o contra otros, según quien pagase mejor y fuese capaz de contratar su cualificada compañía de ballesteros.

  • He probado los nuevos virotes para la Barret –añadió el rubio.
  • Hay que mejorarlos.

El moreno apuró el vaso. Miró el jarro y vio que ya no quedaba más vino.

  • Me voy a la cama.

El tabernero les había alquilado un cuarto que tenía en la piso de arriba. José sospechaba que cargaban bien la faltriquera. Convenía retener a ese tipo de clientes. En un momento de la conversación, cuando estaban cerrando el trato sobre el alojamiento, les preguntó, al desgaire, sin insistir más de lo debido, a propósito de sus nombres. Uno dijo que a él le llamaban el Rubio. El otro se permitió mostrar una sonrisa socarrona, y añadió que a él se le conocía como el Moreno. El tabernero comprendió que lo de los nombres no era cosa suya.

Cuando el Moreno ascendía por la escalera hacía el cubículo donde tenían el jergón, comprobó cómo su compañero sacaba un libro del saco de viaje. Meneó la cabeza como si lo desaprobase. Unos cuantos años atrás, cuando se conocieron, le recriminaba esa costumbre, insistiendo en que la lectura excesiva provocaba que se reblandeciese el seso y se perdiese la cordura. Sin embargo, tenía que admitir que el Rubio era el mejor ballestero que jamás hubiese conocido. Y también había que reconocer que se debía a sus continuas lecturas.

El Rubio se aplicó a la lectura del volumen escrito en algarabía, idioma que había aprendido para poder conocer la ciencia de esos pueblos. Sabía que en la biblioteca de Bagdad se guardaban libros sobre física, medicina y otras ciencias que no se conocían en la Cristiandad. Por eso, cuando derrotaban a algún ejército moro, rebuscaba entre el botín tratando de hallar libros antes de que los quemasen como ganancia inútil.

En esos días, el ballestero estaba investigando sobre los arcos partos. En concreto sobre la técnica de su construcción. Suponía que ese tipo de arco compuesto, corto y potente, se podía adaptar a las ballestas. Los caballeros estaban reforzando sus armaduras y se hacía necesario mejorar el armamento para poder atravesarlas. Así era la guerra. Y la vida. Una competencia continua por la supervivencia del más fuerte.

 

Episodio 9 – Al abrigaño de la gloria.

 

El pequeño scriptorium de la colegiata había sido construido cerca de la hornera donde cada día se cocía el pan, y además, la sala de escritura tenía gloria, un privilegio del que pocas estancias disfrutaban. El abad pretendía que así los monjes se mostrasen más dispuestos al tedioso trabajo de la copia de manuscritos. La proximidad de las altas montañas pirenaicas provocaba que en Roncesvalles siempre hiciese frío, y el scriptorium era un refugio agradable para sobrellevarlo.

La biblioteca se encontraba más alejada, por si escapaba alguna chispa y provocaba un daño irreparable en la colección de códices de pergamino, un tesoro del que probablemente en ese momento todavía no se conocía su verdadero valor. Cada mañana el monje encargado del scriptorium llevaba las obras que habían de ser copiadas. Cada noche las devolvía a la biblioteca.

  • Te noto preocupado –comentó dirigiéndose al abad, mientras sacaba los volúmenes de la biblioteca.

El abad no respondió, sólo le mostró el salvoconducto de Alina. El monje había copiado de su propia mano demasiados manuscritos como para que se le escapase un detalle como aquel. Inmediatamente descubrió el emblema de los Túsculos.

¿Qué significa? –preguntó preocupado- ¿Crees que es una advertencia del abad de Vézelay? –volvió a preguntar sin dar tiempo a que llegase la respuesta.

  • No lo sé. Por esto te lo enseño. ¿Crees que ha vuelto la estirpe de Marozia?
  • Es imposible. Después de que su hijo Alberico II la derrotase y encerrase en el castillo de San Ángelo perdió su poder. Nunca más volvió a enredar con su perfidia y desapareció de la historia.
  • Hasta ahora –susurró preocupado el abad-, hasta ahora. Ese emblema no está en la letra capitular por casualidad.

 

Episodio 10 – El secreto de la biblioteca.

 

El acuerdo con el abad de Roncesvalles fue claro, sin posibilidad de discusión. Alina podría consultar la biblioteca de la colegiata, tal como le pedía el abad de Vézelay, pero sólo cuando los monjes copistas no estuviesen utilizando el scriptorium. Es decir, tendría que aprovechar los momentos en que estuviesen en el coro, durante los diversos rezos de las horas distribuidos a lo largo del día. Igualmente mientras comían en el refectorio.

El abad también insistió en que ella no podría acceder directamente a la biblioteca. Los códices que quisiese leer se los pediría al monje encargado del escriptorium y él los sacaría de los anaqueles donde se guardaban. Ella objetó que no sabía de qué obras disponían. El abad, con una sonrisa benevolente, respondió que ya había pensado en eso. Pero que todos los títulos de su biblioteca estaban reflejados en un magnífico listado, actualizado, recalcó, dejando clara su condición de perro viejo.

Alina no tuvo más remedio que aceptar el acuerdo. Tampoco esperaba otra cosa. No obstante, notó que el abad se reservaba una pregunta. Quizá se había acostumbrado a no hacer, o hacerse, demasiadas preguntas, dado el peculiar asunto en que ocupaba su vida. Sin embargo, Alina pudo apreciar que esa cuestión le quemaba la lengua. No llegó a formularla, pero la joven sabía que, más o menos, consistía en “¿por qué el abad de Vézelay te ha entregado este salvoconducto?”.

Tal como había sucedido en otros monasterios, consultó el listado de obras y mentalmente confeccionó su plan. Empezaría solicitando los Herbarios, libros sobre planta medicinales, en los que se enumeraban los remedios terapéuticos que de ellas se obtenían. No era una obra que levantase sospechas, y mucho menos en una peregrina que tenía que solucionar sus propios problemas médicos según iban surgiendo. Buscó el Dioscórides, De Materia Medica, pero en Roncesvalles no lo tenían. No le importó. Ya había consultado esa obra escrita en griego en el siglo I y ampliamente difundida por Occidente.

De vez en cuando tomaba notas en el palimpsesto que llevaba enrollado en su zurrón. Sobre todo, si descubría alguna planta propia de los lugares por los que tenía previsto pasar. Quizá en algún momento le podían resultar útiles. También pidió al monje bibliotecario alguna crónica sobre la historia de los territorios que tenía que atravesar. Un interés lógico, supuso el bibliotecario.

Sin embargo, el interés de Alina en esas obras era escaso. El libro que ella  buscaba, y por el que se había detenido en esa colegiata, todavía no lo había pedido a pesar de que lo había visto en el listado, ni lo iba a pedir. Esperaba que se lo ofreciesen. Alina no quería dejar ninguna pista sobre lo que iba buscando.

  • Pues esto es todo –dijo, cuando cerró el último volumen.

El bibliotecario, a pesar de todo, no era insensible a la peculiaridad de esa mujer. Viajaba sola, y sin embargo no mostraba ningún temor. Sabía leer y escribir, algo reservado, casi exclusivamente a los monjes. Y no todos. También le sorprendieron los títulos que solicitó. Mostraban una cierta cultura. La mujer, Alina había dicho que se llamaba, tenía un criterio claro sobre la calidad de ciertas obras. Definitivamente, el bibliotecario, que había sido cocinero antes que fraile, sintió una inevitable simpatía por esa joven. Todo eso que decían de la mujer como encarnación del diablo y demás zarandajas, no eran más que tonterías propias de gentes escasas de seso.

  • ¿No quieres consultar ninguna otra obra? No es que aquí tengamos una gran biblioteca –se lamentó el bibliotecario-, pero hoy en día, ¿dónde se pueden encontrar buenas bibliotecas?
  • Muchas gracias –respondió Alina-, pero tendría que seguir mi camino. Con suerte puedo llegar a Compostela y volver a mi tierra antes de que llegue de nuevo el invierno.

Alina sabía que ése era el momento clave. El anzuelo estaba flotando, el cebo resultaba atractivo. Tenía que conseguir que el monje picase.

  • ¿Qué me voy a encontrar ahora? En las próximas semanas –susurró, mostrando un cierto temor.

Algo parecido al instinto de protección se despertó en el monje. Pero el límite de su poder estaba en los muros del monasterio. En concreto en las paredes de la biblioteca, que era su territorio y su reino. Lo único que él podía ofrecer era información.

  • Quizá te interese consultar el Codex Calixtinus –dijo-. Su quinto libro es una especie de guía para peregrinos. Podrás hacerte una idea de lo que te vas a encontrar.
  • ¿Ah, sí? –respondió Alina, reprimiendo una sonrisa-. He oído hablar de él, pero pensaba que era una colección de sermones, milagros y relatos del traslado del Apóstol.
  • Eso es lo que contienen los tres primero libros, pero el quinto es el que a ti te interesa. Tratando de lo que trata, hicimos un gran esfuerzo por conseguir una copia. Este monasterio es un hito en la ruta jacobea –afirmó con orgullo-. Aguarda un momento. No tardo nada en traértelo.

Cuando el monje se fue, Alina pudo sonreír. Había picado. Quizá en esa obra encontrase la señal que iba buscando. Si su sospecha era cierta, los peregrinos cuyas huellas iba siguiendo tenían que haber dejado alguna señal. Tal vez Aymeric Picaud, o quien hubiese escrito el códice, las hubiese encontrado. Y hubiese dejado testimonio escrito de ellas. Si no, nada tenía sentido.

En la puerta del scriptorium dormitaba un peregrino. Era feo, flaco y de escasa talla. Algo habitual en una época en que se comía poco y mal y las enfermedades solían dejar rastro en el cuerpo. No destacaba. Se vestía con lo que podía y estaba derrengado. Sin embargo, Alina se había fijado en él al entrar en el scriptorium. Ya lo había visto en alguna otra ocasión a lo largo del camino, desde que lo iniciara en Vézelay. Lo normal entre personas que recorrían la misma ruta. A veces coincidían, a veces se distanciaban. Las dificultades del camino y la salud marcaban el ritmo.

Pero los oídos de ese peregrino feo, flaco y ligeramente bizco permanecían alerta y, al menos uno de sus ojos, no se separaba de la puerta de la biblioteca. Si Alina sacaba algo de la biblioteca, él lo tenía que saber. Para eso le pagaban.

 

Episodio 11 – El informe del espía.

 

El espía vio cómo Alina salía del scriptorium. Sólo llevaba el zurrón colgado del hombro. Nada nuevo. Desde que comenzó a seguirla en Vézelay no había descubierto nada que no hiciesen los demás peregrinos. Sólo algún rumor extraño. En una posada se decía que había atacado, o se había defendido, de un borracho. Pero él llegó un par de días después del suceso Se había torcido un tobillo en un mal paso y tuvo que descansar para recuperarse.

Sin duda, la chica era valiente y decidida. Desde luego, era la única que había encontrado en el camino que viajase sola. Pero de ahí a sajar el cuello de un hombre, por muy borracho que estuviese, “con la rapidez de un rayo”, como decían, iba un abismo. O unas jarras de cerveza de más. Él atribuía la fantástica historia a la confusión que produce la noche y el vino. A saber qué había ocurrido realmente.

Más extraña era la afición por las bibliotecas. No perdonaba una. A veces se desviaba del camino para llegar a un monasterio. Sólo para consultar esos viejos pergaminos. De lo que allí trataba no siempre conseguía información. Por lo que le había logrado sonsacar a algún monje, acostumbraba a mirar libros de hierbas y crónicas históricas. De vez en cuando tomaba notas, pero no le habían podido indicar sobre qué.

En Roncesvalles también vio salir a la joven del monasterio. Ese día ya era tarde. Al día siguiente trataría de conseguir algún tipo de información. Lograse algo o no, dejaría el habitual informe en el potro del pueblo. Ése era el acuerdo. Lo adornaría con bastante palabrería para justificar los dineros que le pagaban y para que el caballero que le contrató estuviese contento.

Le había abordado en Vézelay cuando vio que mostraba hechuras de peregrino. Y le preguntó si sabía escribir. Él dijo que sí y el caballero preguntó si quería ganarse unos dineros para los gastos del viaje. No le dijo quién era. Pero su presencia indicaba que se trataba de alguien con poder, y dinero. O al revés, o las dos cosas iban unidas. El espía estaba llegando a la conclusión de que caminar solo no era bueno para las entendederas. Demasiadas horas dando vueltas a las cosas. La cuestión era que dicho caballero le ordenó que siguiese a la chica y que hiciese un informe con lo que viese. Y que lo escondiese en alguno de los recovecos que siempre quedaban entre las vigas del potro, donde herraban a las caballerías, que en todos los pueblos principales había uno. Él les seguiría, a caballo, e iría recogiendo los trozos de pergamino. El espía dedujo que Alina conocía al caballero. De ahí las precauciones.

Al salir del monasterio Alina se fijo una vez más en el hombre feo, flaco y escaso de talla. Le miraba de un modo extraño. No como la miraban otros hombres. Éste trataba de escudriñar en su interior. O eso le parecía a ella. Tal vez fuese la bizquera, o tal vez tuviese que guardarse de él. Lo tendría en cuenta por si se presentaba alguna ocasión favorable. En el camino era algo habitual. Que se presentasen ocasiones favorables para que un hombre hablase. Al día siguiente tenía previsto pasar el alto de Erro, una montaña con leyendas, bosques frondosos y oscuros. Y peligrosos.

 

Episodio 12 – Trato en San Alejo

 

A la sombra de San Alejo esperaba una sombra. La luz de las hachas que iluminaban el local apenas conseguía entrar debajo de la escalera, el lugar donde el tabernero había colocado la mesa que se dedicaba a los asuntos privados.

Cuando los ballesteros llegaron la sombra ya ocupaba su lugar, con un cubilete de vino en la mano. Miraba hacia abajo, una gran capucha le cubría la cabeza, no se le veía el rostro.

  • Así que habéis venido para la matanza -susurró cuando los dos hombres tomaron asiento.

Antes de responder, el Rubio cogió dos vasos de un estante próximo y se sirvió vino del jarro de la Sombra, para él y para su compañero.

  • Depende de a cómo se pague. Lo del cochino –precisó.

Los dos compañeros de la ballesta, amigos y socios en el negocio del virote por encargo, no se iban a dejar amilanar por esa tramoya de sombras, escaleras y susurros. Al pan, pan, y en los negocios, las cuentas claras.

Eran profesionales y, en lo suyo, de los mejores. Aunque en ese momento no estuviesen pasando una buena racha y tuviesen que ocuparse de asuntos con poco beneficio.

El Moreno había conseguido una buena provisión de virotes nuevos, de diversos tamaños, según las necesidades del tiro, y en el cranequín de la ballesta mayor ya ajustaban todas las piezas de un modo cabal. El herrero del pueblo resultó muy hábil doblegando el hierro. Pero entre unas cosas y otras, la faltriquera se había debilitado de modo preocupante. Tendrían que aceptar el trabajo aunque el pago no fuese demasiado generoso. En cualquier caso, todavía había que jugar las cartas para obtener el mejor acuerdo. Dadas las circunstancias.

  • Lo que haya en la alcancía del mostrador –dijo la Sombra, respondiendo a la pregunta sobre a cómo se pagaba el asunto.
  • Y eso, ¿cuánto puede ser? –preguntó el Rubio.

Creyeron adivinar que la Sombra se encogía de hombros, pero en la penumbra resultaba difícil de precisar.

  • Pues no sabría decir. Últimamente el Lechón ha liado alguna bastante gorda, así que supongo que habrá subido el bote. Ya saben cómo va esto, el valor de la cabeza en el mercado tiende al alza cuando la gente se indigna mucho.
  • Ya veo –respondió el Rubio reflexivo-. La recaudación oscila según las circunstancias. Es decir, que si el tal Lechón la liase parda en los próximos días, el bote podría aumentar.

El embozado de la capucha reflexionó sobre la cuestión un instante. Apuró el contenido de su vaso, y finalmente respondió.

  • Es probable –dijo-. Siempre que líe alguna. Pero eso no lo sabemos.
  • Entonces, quizá no haya prisa por acabar el trabajo –comentó el Rubio. Y añadió, dirigiéndose a su compañero y administrador de la bolsa común- ¿Cómo lo ves?
  • Sea –asintió el Moreno.

El Rubio bufó desesperado. A veces la escasez de palabras en su compañero le sacaba de quicio.

  • Como ustedes vean. Pero les advierto que la recompensa es para el primero que haga el trabajo.
  • Nos la jugaremos –concluyó, aunque no su decisión no la fiaba al azar.

 

Episodio 13 – La bolsa

  • Para cuánto nos da la bolsa?

El Rubio mimaba la ballesta Barret, un arma no demasiado grande, con la que el ballestero se había especializado en tiros de precisión. Eran muchas las anécdotas, y sucesos, que podían cargarse en su cuenta, o marcarse en su cureña, como trofeos, si el propietario lo hubiese permitido.

Los ballesteros susurraban en el cuchitril donde el tabernero había tendido dos jergones, iluminados por un velón de sebo. Desprendía mucho  humo y poca luz, además de un desagradable olor, convirtiendo el tabuco que hacía las veces de aposento en un lugar infecto.

  • Dos semanas, como mucho. Si controlamos el gasto. Medio azumbre de vino por cabeza al día. Y de comer, sin lujos. El gasto en material ya está hecho –explicó el Moreno, con un derroche de palabras.

El ballestero moreno no siempre había sido tan parco en verbos. Hubo un tiempo en que se mostraba alegre y dicharachero, sin embargo, un mal suceso le agrió el carácter. Nada que no se pudiese arreglar. Con el tiempo. Eso esperaba paciente el Rubio. Compañero de batallas y, a pesar de todo, amigo.

  • Pues a ver si el Lechón se espabila. ¿No hay ningún juicio pendiente?
  • He preguntado al herrero y en las próximas semanas no se espera nada. Según dijo, es probable que ni salga de su casona.

Continuó con la limpieza y cuidado de su ballesta. La mimaba como a una hija. Después de quitar cualquier mota de polvo o barro, pasó un paño pringoso del ungüento que preparaba personalmente para ese menester. Había investigado que así la madera de tejo permanecía viva. Lo que venía a significar que la ballesta mantenía toda su potencia y precisión. A continuación sacó brillo a las partes metálicas. Junto a la llave que liberaba el virote se leía Barret. Era lo que quedaba del apodo de su primer propietario, conocido como Barretina. El resto de las letras se habían borrado, gastadas por el uso.

  • Pues habrá que provocar alguna disputa que engorde la recompensa –murmuró el Rubio para sí, reflexivo-. Algo que haga salir al Lechón de la barraca y le obligue a tomar una decisión.
  • Que sea equivocada y provoque más descontento, Dios mediante.
  • Algo habrá que hacer para ayudar al destino. Si no, mañana mismo acabamos el trabajo y cogemos la bolsa.

Cuando hubo terminado de limpiar la ballesta la guardó en la bolsa de cuero donde la trasportaba.

 

Episodio 14 – Gedeón

 

  • ¡¿Aúpa, Josechu, dónde está ese pote, pues?!
  • ¡Va, va! –respondió José, el tabernero de A Coruxa.

El vozarrón del recién llegado hizo que todas las miradas se volviesen hacia él. La mayoría le conocía. Sin embargo, resultaba inevitable levantar la vista cuando retumbaba la voz metálica y tonante de Gedeón. El tabernero sacó la jarra de latón que le herrero moldeó para uso exclusivo del gigante y la llenó con el habitual azumbre de vino.

  • ¿Dónde has estado estos días? Hace tiempo que no te veía por aquí –comentó José mientras llenaba la jarra de uno de los pellejos que colgaban de la pared.
  • En el monte. Al jabalí –respondió Gedeón, sin bajar el tono.
  • Al Lechón no le va a gustar. Ya sabes que la caza es suya –susurró, con tono de advertencia.

La carcajada de Gedeón llenó el local. Se volvió hacia la parroquia que ocupaba la taberna a esas horas, la hora del almuerzo, un momento indefinido entre el desayuno y la hora de comer.

  • Si al Lechón no le gusta que venga y se queje a mi abogado… -estaba diciendo mientras dirigía la mano hacia portañuela del calzón-. ¡Por la chapela de San Apapucio, el milagrero! –gritó, alzando la voz un par de tonos y abriendo los ojos como ante una aparición-. ¡El mismísimo Juan Mayo! Y por supuesto, Munguía. En mi taberna. Josechu, pon de beber a mis amigos –ordenó, mientras se dirigía hacia los aludidos arrollando lo que encontraba a su paso.

Los dos ballesteros ya habían reconocido al recién llegado. Sin embargo, no se dieron a conocer. Decidieron observar a Gedeón desde su mesa escondida entre las vigas de la taberna. Gedeón siempre era un espectáculo, en la guerra, en las tabernas o en torno al fuego de los campamentos.

Se habían conocido hacía ya algunos años. Habían luchado juntos. Ellos en las compañías de ballesteros, Gedeón como soldado de infantería. El vasco no era alguien que pasase desapercibido. Por su altura, su corpulencia y la larga melena negra que llevaba recogida en una coleta. Dada su fortaleza algunos se confundían y en vez de Gedeón le llamaban Sansón.

  • ¿Por qué no te recoges el pelo en siete trenzas, como Sansón? –le embromaba Juan Mayo, que así se llamaba el ballestero rubio, en torno a la hoguera mientras cenaban.
  • Demasiado llamativo –respondía él, como si su sola presencia no llamase la atención.
  • Te preocupa que aparezca alguna Dalila empeñada en descubrir el secreto de tu fuerza.

El gigante se quedaba en silencio, reflexionando sobre el asunto. Mientras tanto, los trozos de comida y la bota de vino seguían rulando en torno al fuego.

  • Don Pedro, el párroco de mi aldea, decía que esa Dalila llegó a aburrir a Sansón con un tedio de muerte. Y que por eso acabó confesando su secreto –respondía cuando todos habían olvidado la cuestión, como si aquélla fuese su mayor preocupación en la vida.

Así era Gedeón. Una mala bestia en la guerra, fiel a sus compañeros, leal con sus amigos.

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