Tercera Semana

Episodio 15 – Un chirlo en la montaña.

Alina había ascendido al alto de Erro. Desde su posición, sobre una roca, veía el camino que subía hacía la montaña. Divisó a su presa a lo lejos. Estaba preparada. Una estaca como de media vara, ni muy gruesa, ni muy fina se balanceaba en su mano. Lo adecuado para cazar conejos. O ratas del calibre de la que remontaba por la empinada cuesta.

Para entretener la espera mordisqueaba un corrusco de pan y un trozo de queso. El monje de la biblioteca le había dado algunas provisiones, de tapadillo. Para el camino. También le llenó la bota de vino. Justo después de advertirle que el peregrino feo, flaco y de poca talla había preguntado por ella. Y por los libros que consultó en la biblioteca. Un mensaje que no hacía más que confirmar lo que ella ya sabía. Un espía, una rata.

Echó un trago, deleitándose en el fino hilo de vino que entraba en su boca. El sol le daba en la cara. Miró alrededor, por costumbre. No había nadie, quién iba a haber, a esas horas, en esas montañas. Dejó escapar un eructo, como aullido de lobo, mirando al sol con los ojos entrecerrados.

El espía no lo vio venir. Ni siquiera oyó el siseo de la estaca mientras se acercaba por el aire, haciendo molinetes. O lo oyó, pero no le dio tiempo a actuar. El palo le golpeó en la cabeza, tal como pretendía Alina. Cayó al suelo aturdido. Alina bajó de la roca, ágil como un gato. Puso una bota sobre el pecho del espía, que estaba recuperando la consciencia.

El confidente miró hacia arriba. Siguió la dirección de la bota que le oprimía el pecho y llegó al rostro pálido, el pelo negro y los ojos oscuros de la chica. Lo primero que pensó es que tal vez lo que se contaba del borracho, y del tajo que le había dejado sin habla, y sin cuello, tal vez era verdad. Y que a veces conviene hacer caso de los rumores.

  • ¿Quién te paga?
  • No lo sé.

Alina dejó descansar su cuerpo sobre la bota que oprimía el pecho del espía. Éste notó que los clavos de la suela se hincaban contra sus costillas

  • De verdad que no lo sé. Era un caballero.

La chica bufó desesperada. Para espía era muy tonto, o un listo que sabía hacerse muy bien el tonto. Apretó un poco más la bota contra el pecho.

  • Llevaba ropajes de rico, un buen caballo, la bolsa era pesada –se apresuró a contestar.
  • ¿Y qué más?
  • Un escudo.
  • Acabáramos. ¿Cómo era el escudo? –insistió Alina.
  • Como todos. Con cuadrados, coronas… Esas cosas.

Un bastonazo con el bordón en la oreja izquierda le hizo gritar y llevarse la mano a la zona dolorida. El espía vio que Alina levantaba otra vez el bordón y que esta vez iba hacia la derecha.

  • ¡Para! –gritó-. Tenía un toro. Y en el fondo las llaves de Pedro.
  • Lo que suponía. No consigo librarme de ellos –susurró Alina.

Levantó la bota del pecho del espía. Permaneció un par de minutos a su alrededor, pensando qué hacer. El caído no se atrevía a levantarse.

  • Está bien. ¿Cómo te comunicas con él?
  • Le dejo un mensaje en el potro cuando llegó a algún pueblo importante.
  • Ya –afirmó Alina-. Seguirás haciéndolo. Pero a partir de ahora ese mensaje lo dictaré yo.

Alina se agachó y estiró el brazo izquierdo para ayudarle a levantarse. Él agarró la mano que le ayudaba. En la otra mano, la que no se veía, apareció la daga que la chica llevaba en la bota. Antes de que el espía se diese cuenta tenía un chirlo poco profundo en la mejilla, del que manaba un hilo de sangre.

  • Para que no se te olvide el trato.

 

Episodio 16 – De cómo se bebe en un arroyo.

Gedeón acercó su jarra de latón a la mesa de los dos ballesteros, a los que reconoció por sus nombres, Juan Mayo y Munguía. Después de los iniciales abrazos y aparatosas palmadas en la espalda se sentaron a beber juntos. José, el tabernero llevó vino para todos, a cuenta del gigante.

Lo que vino a continuación fueron preguntas sobre cuánto tiempo ha pasado, qué hacen vuesas mercedes por estas tierras y, sobre todo, muchos recuerdos de hazañas del pasado.

Quizá la proeza más memorable de las que salieron a colación fue aquella en la que asaltaron una ciudadela mora, con nocturnidad, premeditación y alevosía. Dirigía la operación el sargento Del Pulgar, conocido por sus redaños y añorado por la fidelidad a los suyos. Munguía, a quien parecían habérsele disipado en parte los humores melancólicos, recordó cómo el sargento encargó a Gedeón de seleccionar a los hombres que habían de participar en el asalto.

El gigante se llevó a un grupo numeroso de descubierta por los alrededores de la ciudadela, a pleno sol, cargados con el equipo completo. A mediodía, después de una extenuante caminata, los soldados estaban sedientos. Llegaron a un arroyo de aguas frescas que bajaba de las montañas. Los hombres se abalanzaron a beber. Gedeón se fijó en los que se amorraban en el arroyo, bebiendo a lengüetazos como los perros, y los que rodilla en tierra, tomaban el agua con la mano, ojo avizor, sin perder la visión del horizonte, por donde aparecía el enemigo. Estos últimos fueron elegidos para la misión de asalto a la ciudadela. Fueron enviados al campamento para que descansases. Con el resto continuó toda la tarde subiendo y bajando colinas, intentando hacer de ellos hombres de provecho. Decía.

En aquella ocasión fue cuando Juan Mayo se hizo con la Barret, de quien no se había separado desde entonces.

Gedeón se fijo en la bolsa de cuero colocada junto a la mesa. Dedujo que allí estaba la famosa ballesta.

  • ¿Algún trabajo por la zona? –preguntó al desgaire, señalando la ballesta.
  • He oído que habías estado cazando jabalíes –respondió Juan Mayo-. Y que eso cabrea mucho al Lechón.

Dirigió una mirada interrogativa a Munguía. Éste asintió.

  • ¿Qué se puede cazar en esta época del año? -dijo, dirigiéndose a Gedeón con una mirada atravesada.

 

Episodio 17 – Los venados del Lechón

  • ¿Sois conscientes de dónde os vais a meter? –explicaba Gedeón-. Si os da por cazar. Los montes y lo que hay en ellos le han sido asignados al Lechon. Es la voluntad del conde, el señor de estas tierras.
  • Ya, pero tú no te privas de cazar cuando te place –replicó Munguía.
  • Lo mío es harina de otro costal. Él sabe que soy yo quien le avería los jabalíes, o lo que toque. Pero conmigo no se atreve –dijo Gedeón, bajando la voz.
  • Me imagino. Demasiada espalda para azotarla –añadió Juan Mayo-. Y supongo que también en este pueblo contarás con tus incondicionales.
  • Algo así –murmuró, mientras una extraña sonrisa blandengue deformaba su cara-. También tiene algo que ver la Lechona.

Los ballesteros permanecieron un momento en silencio, tratando de sopesar y valorar lo que eso significaba. O lo que tenía que ver la mujer del Lechón en el asunto. Juan Mayo pareció comprender.

  • Acabáramos. No sólo le cazas los jabalíes, sino que te ocupas de los cuernos. De los venados –añadió con sorna.

Gedeón no dijo nada, pero su sonrisa satisfecha fue suficiente.

  • El Lechón también busca sus apaños.
  • Lo normal. Entre los de su calaña –afirmó Munguía.
  • Pero su mujer no entra en lo normal. Le tiene cogido por la bolsa. Del dinero. Es ella la que aporta los maravedíes. Y el suegro del Lechón es mucho suegro y apoya la amenaza de la hija: si se enfrenta a mí, se enfrenta al suegro. Así que el Lechón tiene un dilema: consentir y que la bolsa pese, o matarme y arriesgarse a lo que pueda pasar. Pero como es un cobarde, consiente.
  • Y el suegro, ¿por qué te protege? –indagó Munguía.
  • Ésa es una vieja historia de guerra. Quizá otro día –susurró Gedeón-. Lo que quiero que comprendáis, es que yo estoy protegido. Pero vosotros no. Habrá represalias. Y pagaréis la cuenta que tiene pendiente conmigo. Hasta el último real.
  • ¡De eso se trata precisamente! –afirmó Juan Mayo, palmeando con fuerza la mesa-. De humillarle y que no le queda más remedio que responder. Esta vez no lo va a poder dejar pasar.
  • No sé qué pretendéis, pero se os puede ir de las manos –respondió Gedeón.

Munguía hizo un gesto con la cabeza, indicando la alcancía del mostrador.

  • Queréis engordar la recompensa. Y me imagino el plan. Tendréis que esconderos en la montaña –reflexionaba Gedeón-. Entenderéis que no participe en esto.
  • Con que te ocupes de que no nos falte vino…

 

Episodio 18 – La paliza al pastor.

Al principio, cuando apareció la primera cuerna colgada en la fachada de su casona, el Lechón lo tomó a broma. Una burla pesada que no se atrevía a considerar en serio porque era un cobarde. Sin embargo, cuando fue rumiando la cuestión, mientras daba vueltas en torno al hogar de la planta baja, con sus peculiares andares de buey, una idea endemoniada surgió en su cabeza. Quizá el secreto de su mujer y Gedeón había escapado de la alcoba. Y a partir de ese momento, ya no sólo sería odiado, sino que sería el hazmerreir del valle. Aquello lo enervó, bufaba furioso por la sala, mascullando alguna venganza contra su mujer o su amante, que no iba a ser capaz de llevar a cabo por miedo al conde, su suegro. Finalmente coceó una perola que encontró a su paso, provocando gran estrépito y asustando al gato. Su mujer sonreía, con mala intención, en el piso de arriba, mientras se colocaba el pelo frente al espejo. Por unos segundos había desaparecido el desagradable rictus de su rostro.

Sin embargo, el segundo día no fue una cuerna, sino tres, y dos pares de navajas de jabalí. Aquello llevó al Lechón a barruntar que quizá el asunto no iba de cuernos, sino de caza. Y ahí sí que tenía campo libre. Más aún porque aquello no llevaba la firma de Gedeón. El gigante cazaba, pero no se lo restregaba por el hocico. A pesar de todo, era prudente. Y si la cuestión no tenía nada que ver con Gedeón ni con su mujer, el conde no se opondría a que actuase. Una sonrisa feroz, como de chacal, apareció en su rostro mofletudo y sonrosado. Enviaría a su diminuta tropa a que patrullase los montes. Y a que consiguiese información, tarea harto difícil. Era consciente de que entre la población sólo despertaba odio y desprecio. Quizá si repartiesen algunas monedas, calculó con pesar.

La patrulla salió a los montes, a investigar. Pasaron la mañana y la tarde monte arriba y abajo, de árbol en árbol, cruzando arroyos, rodeando riscos. No encontraron ni rastro de los presuntos furtivos que menguaban las manadas de ciervos y venados, ni las piaras de jabalíes. Al caer la tarde, cuando regresaban a la casona del Lechón, cansados y sin ningún tipo de información, encontraron a un pastor que estaba encerrando el rebaño en la tenada.

El jefe de la patrulla, un bruto malencarado y corto de entendederas, recordó la bolsa de dineros que le había entregado el Lechón para comprar información. Sopesó la bolsa y la posibilidad de que el pastor hablase gratis. Decidió asignar las monedas a su peculio personal y agarró una estaca.

Un par de golpes en el lomo del pastor trataron de ablandarle la lengua. Sin embargo, el pastor se resistía a hablar, diciendo que no sabía nada. El bruto continuó con sus estacazos, hasta que finalmente el pastor cantó. Confesó algo a propósito de un par de mozos ballesteros que paraban por el pueblo en los últimos días. El bruto detuvo la paliza, considerando que con eso podía ser suficiente para contentar al Lechón.

  • Ya lo decía yo –murmuró el bruto-. No hacía falta malgastar el dinero. ¡Vámonos, que tengo hambre!

El pastor les vio alejarse, y a pesar del tremendo dolor que padecía en las costillas, todavía sacó fuerza para escarbar debajo del fogón del hogar de su cabaña, sacar un par de monedas y bajar al pueblo. Entró en la taberna A Coruxa y, sin decir nada, depositó las monedas en la alcancía del mostrador. Salió.

Con paso lento y renqueante regresó a su cabaña en el monte. No veía el momento de tumbarse en su camastro.

 

Episodio 19 – Infierno de cobardes.

La paliza al pastor provocó una airada polémica en el pueblo. Se hablaba del asunto en los mentideros habituales de la villa. Las mujeres cuchicheaban a propósito del suceso, agachadas sobre la tabla, frotando la ropa enjabonada junto al río. Al anochecer en la taberna A Coruxa no se hablaba de otra cosa, alzando cada vez más el tono. Quizá de un modo imprudente.

  • ¿Qué será lo próximo? –preguntaba el herrero, delante de un vaso de vino.
  • El Lechón no lo va a dejar pasar –sentenció el panadero, apurando su cubilete, mientras se retiraba para madrugar al día siguiente.
  • Esta mañana había más cornamentas en la puerta de la casona –añadió el alfarero.
  • No creo que sea prudente provocarle de este modo –aportó el batanero.
  • Todos le conocemos. Las represalias van a llegar y las vamos a pagar nosotros. Ya sabéis lo que ha sucedido en otras ocasiones –murmuró un cantero.
  • Y todo para que se beneficien esos dos forasteros –susurró un apocado curtidor.

Gedeón bebía solo, en una mesa apartada. Escuchaba en silencio los argumentos de sus vecinos, con el ceño fruncido. Una y otra vez acercaba su jarra a los labios. Los tertulianos le miraban de reojo. Sabían que estaba de su parte, pero también habían oído hablar de su amistad con los ballesteros.

  • Pronto van a azotar a alguien –masculló el alfarero-. Por si acaso, yo ya he cargado mi carro de vasijas y mañana salgo a recorrer el valle.

El puñetazo de Gedeón sobre la mesa retumbó en toda la taberna. Finos hilos de polvo que se habían desprendido del techo brillaban contra el fuego de la chimenea.

  • ¡Este pueblo es un infierno de cobardes! –gritó, amilanando a la parroquia con su vozarrón-. ¿Cuánto tiempo lleváis murmurando como comadres? Desde que llegué a este pueblo no he oído más que quejas contra el Lechón. ¿Alguno de vosotros ha hecho algo al respecto? ¿Cuánto tiempo hace que pusisteis esa alcancía para que hiciesen el trabajo por vosotros? Y ahora que por fin ha llegado alguien con los redaños suficientes de lo único que sois capaces es de quejaros por las incomodidades que os provoca. Que esto se va a poner más feo lo sabemos todos. La cuestión es hasta dónde sois capaces de aguantar. Lo único que tenéis que hacer es aflojar la bolsa. Ellos son los que arriesgan. A ellos es a los que les van a separar la cabeza del soporte si les pillan. Así que dejad de quejaros.

Gedeón dio un largo trago a la jarra. Quizá para recuperar el resuello. Después continuó hablando. En un tono más sosegado, quizá triste, como si recordase algún infausto suceso.

  • Además podía haber sido peor. Podría haber llegado un forastero y decir que no quería el dinero, sólo que le concedieseis todos sus caprichos. Tal vez os habría pedido comer y beber de balde en la taberna, o quedarse con los rebaños, o folgar con vuestras mujeres,… O que pintaseis todas las casas de rojo si se le antojaba. Estos dos sólo quieren la recompensa. Y por lo que sé, algunos ya habéis recibido piezas de caza a la puerta de vuestra casa, listas para desollar. Tenéis carne para una temporada y sin mover un dedo. Así que dejad de llorar, apretad los dientes y echad monedas en esa puñetera alcancía.

 

Episodio 20 – La hija de una estirpe guerrera.

El mensaje estaba donde siempre, en una rendija del potro. Y como siempre no aportaba nada nuevo. Que la joven viajaba como una peregrina más. Todo normal. Si podía considerarse normal su empeño en caminar sola y en rebuscar entre los polvorientos códices de cada biblioteca que encontraba a su paso.

El trozo de pergamino que tenía delante le informaba de lo ya conocido: Alina había consultado diversos herbarios y alguna crónica de Navarra y Castilla.

El caballero rehuía el trato con esos peregrinos pordioseros y sus hospederías. Él buscaba posadas de cierta calidad, aunque a menudo tenía que adaptarse a la penuria habitual en el camino. En cualquier caso, estaba acostumbrado a las estrecheces y fatigas. Cuando no quedaba más remedio. Si podía evitaba todo tipo de penitencia y mortificación voluntaria.

En cuanto al alojamiento no había tenido opción, y tuvo que conformarse con un cochambroso cuarto en una posada cerca de Roncesvalles. Sin embargo, sí que podía exigir una buena comida, como Dios manda. Mientras cavilaba a propósito del mensaje que había dejado el espía en el potro, observaba goloso la pata de cordero que daba vueltas sobre el fuego. La enseña que colgaba de su cuello, un unicornio y las llaves de Pedro, brillaba contra las llamas.

El caballero se preguntaba por qué la joven tuvo que abandonar las montañas. Todos estuvieron de acuerdo en que era una buena idea. El viejo pastor de cabras cuidaría de ella. La historia de que sus padres habían desaparecido entre los hielos del glaciar era creíble. En un lugar tan apartado parecía imposible que comenzasen las preguntas. Una y otra vez, en el silencio de su obligado peregrinar, el caballero se preguntaba cuándo había surgido la primera duda. Por qué había sospechado que ella no era quien le habían dicho que era. En aquella aldea de la montaña sólo se relacionaba con ese otro cabrero borracho y pendenciero, Peter. Y el cura del pueblo, que se había ocupado de que Alina aprendiese a leer y escribir, tampoco podía contar nada. Porque no sabía nada.

Los comentarios que dejaba la chica tras de sí en la ruta de Vézelay afianzaba su convicción de que habían hecho lo correcto al encerrarla en aquella aldea de montaña. En diversos lugares, mesones y posadas se hablaba de una joven que había pasado unos días antes. Y a menudo se comentaban sus hazañas. No era fácil la vida para una mujer sola por esos caminos hostiles. No había duda de la fuerza de la sangre que corría por sus venas. Hija de una estirpe guerrera.

 

Episodio 21 – El sínodo cadavérico

Hacía siglos que las cosas no funcionaban demasiado bien en el pontificado, y la silla de Pedro distaba mucho de ser un lugar seguro, más allá, incluso, de la muerte de su ocupante. Desde siempre, y seguramente también en el futuro, eran inevitables las luchas de poder en torno a la sede romana. Sin embargo, en los últimos años, los enfrentamientos por el control de Roma entre Arnulfo, heredero del trono carolingio, y Guido de Spoleto, miembro de una poderosa familia romana, habían enfangado el asunto mucho más allá de lo razonable. Y lo peor es que no tenía pinta de mejorar. Todo indicaba que aquello podría empeorar y, sin duda, empeoraría.

Formoso, el papa del momento, se vio obligado a reconocer la coronación como emperador de Guido de Spoleto. Sin embargo, alarmado por el excesivo poder que éste estaba adquiriendo pidió ayuda en secreto a Arnulfo. Tal petición sonó en sus oídos como música celestial y no tardó en entrar en la península itálica conquistando Pavía, Milán y todo lo que encontró a su paso hasta llegar a Roma, donde derrotó a los Spoleto y ya que estaba allí se hizo coronar emperador. Formoso cumplió poniendo la corona sobre su cabeza. Sin embargo, pocos meses después el papa murió. Envenenado, al parecer, pero dejando un cierto aire de santidad entre los suyos.

Cuando Arnulfo abandonó la península y volvió a sus territorios, los Spoletos se levantaron y reconquistaron Roma, obligando a Esteban VI, que a la sazón ocupaba el trono papal, a condenar los actos de Formoso.

El Spoleto exigía juicio y condena pública, por las afrentas del pasado y para borrar todo recuerdo de santidad. Pero Formoso llevaba meses muerto y enterrado. Sin embargo, el nuevo emperador no cejaba en su empeño de exigir condena pública, con toda la solemnidad del derecho eclesiástico, delante de la curia romana y de todo aquel que fuese alguien en la ciudad. Una “damnatio memoriae” en toda regla, de manual, según los cánones clásicos. Y si había que desenterrar el cadáver de Formoso, pues se desenterraba y en paz.

Y así, a comienzos del año 897 se celebró el juicio contra el papa Formoso, o su cadáver. El difunto papa asistió al juicio sentado en su trono, vestido con la dignidad del cargo, ataviado con todas las insignias pontificias. Y para que la pantomima fuese completa se le asignó un abogado de oficio. Para que hablase en nombre del acusado. Elemental.

La inevitable condena llegó. Cargada de crueldad y ensañamiento. El sínodo que juzgaba a Formoso lo condenó y revocó todos sus nombramientos y disposiciones. A continuación le despojaron de las vestiduras papales, le cortaron los tres dedos con los que los papas impartían las bendiciones, arrastraron el cadáver por las calles de Roma, lo quemaron y, finalmente, lo arrojaron al Tíber ante una chusma enloquecida de crueldad.

A partir de ese momento, las cosas sólo podían empeorar. Hasta extremos inimaginables.

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