Quinta Semana

Episodio 29 – En torno a la hoguera.

Durante todo el día el Lechón estuvo exhibiendo sus habilidades para la caza. Utilizó el arco y la ballesta, e incluso envió a uno de sus secuaces para que trajese la pareja de halcones con los que a veces practicaba la cetrería. Todo con el fin de impresionar a Alina. La joven mostró un entusiasmo que no sentía, e incluso pidió que le enseñase a utilizar la ballesta. El Lechón retozaba feliz por los campos cual ternero triscando los frescos pastos de primavera. Alina lanzó algunos dardos con la ballesta, acompañando el “clack” de la llave con estridentes grititos de horror que encendían al Lechón. Los virotes caían muy lejos de su diana. En realidad, Alina dominaba bastante bien el arte de la ballesta. No tanto el arco, habilidad mucho más difícil de adquirir. Sin embargo, intuía que el Lechón prefería vérselas con una dama débil y un tanto torpe. No quiso decepcionarle.

Así pasó la mañana. Mediada la tarde, Alina hizo intención de continuar su camino. El Lechón le indicó que no sería prudente adentrarse por esos bosques durante la noche. Los peligros acechaban. Lobos, bandidos y maleantes de todo pelaje rondaban en torno a los caminos buscando a quién devorar. Que él le ofrecía un lugar en su tienda, y que al día siguiente podría continuar su camino. Alina, plenamente inmersa en el papel de forastera exótica, que no se entera de los usos, costumbres y peligros locales, se dejó convencer.

Llegó la noche. Encendieron una agradable fogata sobre la que dispusieron un espetón con diversas piezas de carne. Las jarras de vino rulaban en torno al fuego. El Lechón trataba de emborrachar a la chica, y Alina trataba de emborrachar el sayón disfrazado de galán. Ambos bebieron mucho. Ambos entraron tambaleantes en la tienda cuando tocó retirarse. Todavía llevaban una gran jarra de vino, dispuestos a continuar la fiesta.

Juan Mayo observaba la cena camuflado entre la maleza. No pudo evitar sentir un rencor sordo hacia la chica que prefería la compañía del Lechón, después de haberle evitado a él. En fin gajes, del oficio. Procuró no distraerse, que él estaba allí para cazar gorrinos.

Cuando la pareja se encerró en la tienda, dos esbirros se apostaron a la puerta, de pie, haciendo guardia. Juan Mayo consideró que después del vino que habían trasegado no permanecerían demasiado tiempo despiertos. Todavía quedaban unas cuantas horas hasta el amanecer. Tenía tiempo de dormir, vivaqueando entre los arbustos.

El Lechón llenó una vez más el jarro de Alina. Dentro de la tienda habían colocado un brasero con ascuas. El Lechón sintió calor y se despojó de la capa. Mientras se ocupaba en esos menesteres Alina derramó en la jarra del bellaco el polvo de unas raíces molidas. Entre el vino y la pócima no tardaría en dormirse.

 

Episodio 30 – San Martín en primavera.

El Lechón dormía profundamente. Alina se preparó una infusión de hierbas que atenuaba los vapores etílicos. En la montaña, con el abuelo, había aprendido la utilidad medicinal de muchas plantas y raíces. Después, consultando herbarios en diversas bibliotecas amplió y mejoró sus conocimientos.

La modorra del vino iba remitiendo. A pesar de todo, la faena que tenía por delante la podría hacer en un soporífero estado de embriaguez. Quizá así fuese más fácil. Sin embargo, para la posterior fuga a través de los montes necesitaba encontrarse lo más lúcida y despejada posible. El Lechón roncaba tumbado de espaldas. Los efectos de la poción durarían toda la noche. Alina se recostó cerca del fuego y decidió dormir un momento, tal vez un par de horas. O tres.

Le despertó el canto de los pájaros. No faltaba mucho para el amanecer. Pronto la luz grisácea del alba surgiría por el horizonte. Había llegado el momento. Nunca había matado a nadie a sangre fría. Hasta ese instante estaba convencida de que sería capaz. Por mucho menos se mataba a inocentes, y desde luego el Lechón no lo era. Si acaso fuese ella quien tuviese que juzgar ese asunto. El bellaco en cuestión podría ser acusado, y condenado, por numerosos delitos.

Alina sacó la daga de su bota. El sayón dormía de costado, sobre su lado derecho. En la tenue claridad que comenzaba a iluminar la tienda palpó su espalda, buscando entre la capa de manteca el hueco de las costillas por el que entraría el acero directo al corazón. Dudaba si era lo correcto; por un puñado de monedas. Recordó en ese momento la exigencia de llevar la prueba del trabajo realizado. Abrió la camisa del Lechón y encontró el medallón. Cortó el cordón de cuero que lo sujetaba al cuello. Alina no era capaz de distinguir los detalles grabados en el disco de metal. Le pudo la curiosidad. Avivó las ascuas y una alegre llama iluminó la tienda. Entonces la joven pudo ver, con todo detalle, los símbolos de la insignia.

Un sordo gruñido de ira salvaje salió de la garganta de Alina. La odiada enseña del unicornio y las llaves de Pedro brillaba ante sus ojos. No era capaz de comprender cómo habían llegado hasta allí los aborrecidos enemigos de su familia. Guardó la daga en la bota, cogió una larga clavija de las que se utilizaban para montar la tienda, y con toda la fuerza del odio acumulado durante generaciones, la apoyó en la sien y con un tremendo mazazo le atravesó el cráneo, dejando al Lechón clavado en el suelo. Por ella, por sus padres. Igual que Yael, la esposa de Jéber, el quenita, cuando clavó a Sísara, el general de los cananeos, contra el suelo de su tienda, el día en que huía de Barac, cumpliendo la profecía de Débora, destruyendo a los enemigos de Yahvé.

 

Episodio 31 – La huida.

Cuando la ira se hubo calmado Alina pensó que tal vez había sido un error, que se había precipitado. Quizá hubiese sido más prudente interrogar al Lechón antes de matarlo. Era poco lo que sabía sobre sí misma, sobre su familia y sobre su pasado. Tal vez había perdido una oportunidad de conocer más.

El forastero que se presentó en la aldea de las montañas le dijo que todo comenzó con Marozia, una mujer de la que ella jamás había oído hablar. También que se guardase de los que llevaban la enseña del unicornio sobre las llaves papales. Algo pudo contarle acerca de los sufrimientos que  habían causado a su familia. Un poco más de por qué sus padres se habían refugiado en aquella región montañosa. También que no era cierto que hubiesen desaparecido en el glaciar. Abandonaron la aldea siguiendo las huellas de un peregrino jacobeo.

Alina recordaba aquella noche, unos años atrás, escuchando las confidencias del desconocido frente al fuego, en la cabaña del abuelo. Al día siguiente seguirían hablando, dijo. Pero al día siguiente también el forastero había desaparecido. Fue entonces cuando la joven comenzó a investigar por su cuenta a partir de las pocas pistas que tenía.

Volvió a fijarse en el cadáver del Lechón. Se hubiese equivocado o no, aquello ya no tenía remedio. A lo hecho, pecho. Cobraría la recompensa y continuaría su búsqueda.

Guardó sus cosas en el zurrón y se preparó para la marcha. Los guardias de la entrada estaban dormidos. Soltó con cuidado las cuerdas que sujetaban la entrada de la tienda y salió al aire fresco del amanecer.

Juan Mayo observaba desde su posición en la encina copuda. Vio cómo se abría la puerta de lona. Supuso que era el Lechón. Cargó la Barret y apuntó hacia la tienda. Se sorprendió al ver que salía la chica. Preparada para la marcha. Allí sucedía algo raro. O tal vez, después de una noche de concupiscencia, la muchacha había decidido seguir su camino y el Lechón continuaba durmiendo. Dio un golpe con el pie a Munguía, que dormitaba junto a él.

  • Prepárate. Hay movimiento –dijo el ballestero.

Munguía se levantó rezongando.

Al salir, Alina quiso pasar de nuevo la cuerda que cerraba la puerta. Uno de los esbirros que vigilaba se despertó. Algo entrevió a través de la abertura de las lonas. La joven inició su fuga apresurada. El secuaz del Lechón entró en la tienda. Inmediatamente salió, gritando.

  • ¡Despertad! –gritó-. ¡Ha matado al señor!

Alina oyó el grito y comenzó a correr entre los árboles. Juan Mayo oyó el grito y lanzó un bufido de fastidio. Munguía se pasó la mano por la cara y no dijo nada, aunque su gesto sonaba a “te lo dije”. No hubo tiempo para más lamentaciones. El resto de esbirros también se había despertado y comenzaron a perseguir a Alina. Juan Mayo disparó la Barret contra el primero de ellos. Munguía abrió una navaja enorme que sacó de no se sabe dónde. Se oyeron los muelles “clac, clac, clac” y brilló el acero. Mientras Mayo montaba de nuevo la ballesta, Munguía cargó contra los perseguidores, eficaz, sin aspavientos. Con el impulso de la carrera arremetió contra el más cercano. La hoja le entró por el estómago hacia arriba, rasgando todo lo que encontró a su paso. Juan Mayo abatió al siguiente. El resto tiró sus puñales y huyó en dirección contraria. Sin embargo, uno había escapado de su alcance y se alejaba persiguiendo a Alina.

La chica miró hacia atrás y vio que el bellaco iba ganando terreno. Terminaría por alcanzarla. Se detuvo. Sacó del morral una badana de cuero trenzado y un guijarro. Colocó la piedra en el receptáculo de la honda y comenzó a voltearla sobre su cabeza. Al peculiar zumbido del giro le siguió un chasquido de hueso roto cuando el guijarro se incrustó en la frente del bellaco.

 

Episodio 32 – La recompensa.

Ya era noche cerrada cuando los ballesteros entraban en la taberna A Coruxa. Algunos asuntos convenía tratarlos con nocturnidad. La noticia de la muerte del Lechón había recorrido el valle desde primera hora de la mañana, y la Sombra acudió a la taberna pare entregar la recompensa a quien la hubiese merecido. Tal como estaba previsto.

Un hortelano, conocido como Costambre, salía de la tasca cuando ellos entraban. Había estado vendiendo a José las primeras verduras de la temporada. Desde hacía unos años era el proveedor habitual de frutas y hortalizas en A Coruxa. El hortelano felicitó a los ballesteros por el éxito de su empresa, reflejando el sentir común de que habían sido ellos quienes apiolaron al Lechón. Munguía respondió con un gruñido hosco.

El resto de parroquianos también les iba felicitando, a medida que cruzaban por entre las mesas, en dirección a San Alejo. El rostro huraño de los ballesteros resultaba desconcertante. La Sombra esperaba en la mesa bajo la escalera. Gedeón le acompañaba. En el centro un gran jarro de vino junto a la alcancía donde se había recaudado la recompensa por el trabajo.
– Buenas –saludó Munguía ceñudo.

Juan Mayo se sirvió vino y repartió con su compañero.
– Vamos, al lío, que para mañana es tarde –acució la Sombra, que continuaba cubriendo el rostro con una vasta capucha-. ¿Dónde está el medallón?
– No lo tenemos –informó el ballestero rubio de ojos grises.
– Se nos adelantó la chica –masculló resentido Munguía, mirando a su compañero.
– ¿Qué chica? –preguntó la Sombra.

En ese momento se abrió de nuevo la puerta de la taberna. Vieron cómo entraba Alina y se dirigía con decisión hacía la mesa de San Alejo, debajo de la escalera.

La Sombra valoró el rostro decidido de la joven y el ánimo furioso de los ballesteros. Aquellos vientos anunciaban tormenta.
– Desaloja la taberna –ordenó a Gedeón.

El gigante se levantó y con grandes voces echó a todos a la calle. Se oyeron algunas protestas, quizá de quienes esperaban que se les restituyese en vino parte de la recompensa.

Alina tomó asiento sin decir palabra y depositó el medallón sobre la mesa. Sus ojos desafiaban a los ballesteros.
– Nosotros arriesgamos el pescuezo para que engordase la bolsa –porfió Munguía dando un puñetazo sobre la mesa.

Durante unos instante nadie dijo nada. Gedeón miraba de reojo a la Sombra. Alina ora se fijaba en el rostro adusto de Munguía, ora en los ojos grises de Juan Mayo. Éste observaba distante la escena. Podría incluso decirse que le parecía algo divertido. La Sombra se quitó la capucha y dejó al descubierto su rostro. Gedeón que ya conocía su identidad no dijo nada. José, semioculto tras el mostrador reconoció al mismísimo conde, en persona.
– Vamos a dejar claro este asunto –dijo el conde con autoridad-. Os advertí de que si esperabais alguien se os podía adelantar. La chica ha traído el medallón; por tanto, supongo que ha sido ella la que se ha encargado de mi yerno. ¿Hay alguna objeción?

Nadie dijo nada.

– Bien. Entonces, la recompensa es para ella –sentenció el noble, entregándole la alcancía-. A vosotros os ha perdido la codicia. Y tú –dijo a Gedeón- te encargarás de que se cumpla mi disposición y de que no haya problemas con este par de bergantes. Te nombro sayón de estas tierras y puedes casarte con mi hija si tienes paciencia para aguantarla, porque te advierto de que cuando se le meta algo en la cabeza no cederá, y te aburrirá hasta causarte un tedio de muerte.

Gedeón no parecía demasiado sorprendido. Probablemente ya habían hablado antes de ese acuerdo.
– Sólo una cosa más –añadió mientras se levantaba para irse-. Espero que el ejemplo de mi yerno te sirva. Si no quieres acabar como él.

Quedaron en la mesa la pareja de ballesteros, Gedeón y Alina.
– ¿Brindamos, por algo? –dijo la chica-. Invito yo.
– Por qué no –respondió Juan Mayo, con una sonrisa-. A propósito, lo de la honda se te da muy bien. Algún día podríamos montar un torneo, ballesta contra honda.
– Quizá. Algún día.

 

Episodio 33 – Aclarando dudas.

Alina despertó con una tremenda resaca. La pareja de ballesteros tragaba como una topera, y Gedeón nunca veía saciada su sed. Como los mercenarios estaban a la cuarta pregunta, el gasto corrió a cuenta de Alina y el gigante.

Cuando la joven ya no pudo más se retiró al cuartucho de A Coruxa. Tenía dinero y no se veía capaz de llegar más allá. El amanecer llegó entre fuertes dolores de estómago y crujidos en la cabeza, como si el cráneo se hubiese resquebrajado por algún lugar. Pidió agua hirviendo a José y preparó una infusión con las hierbas que llevaba en el morral. Aquello atenuó un poco el desastre.

Recogió sus cosas y abandonó la posada. Antes de continuar el camino tenía previsto visitar al conde para pedirle el medallón del Lechón. Se trataba de una pista importante en su búsqueda. Quizá en algún momento la pudiese necesitar.

  • No –afirmó rotundo el conde ante la petición de la joven-. No te conviene. Los que han llevado ese medallón pierden la cabeza.

La joven mostró un semblante de no comprender lo que quería decir.

  • Digo que se les separa la cabeza del cuerpo, o se la dejan clavada en cualquier sitio –explicó con una risotada-. Te voy a contar lo que sé de ese medallón. Hace unos años, cuando yo era joven y mi padre todavía ostentaba el poder en el condado, llegó un peregrino. Hasta ahí todo normal. Por esta zona pasan muchos peregrinos. Sin embargo, unos días después se presentó una pareja de guerreros. Uno de ellos llevaba ese medallón. Por lo que pude oír preguntaban por el peregrino. Algo no debió de ir bien en la conversación porque mi padre ordenó descabezarlos. Inmediatamente. No sé qué ocurrió. Mi padre no lo contó nunca, pero los soldados perdieron la cabeza y el medallón se quedó por ahí, en algún baúl.
  • ¿Y por qué lo llevaba su yerno?
  • Ya sabes cómo son los jóvenes. Se encaprichan con enseñas y símbolos cuyo significado desconocen. Pero los lucen orgullosos, como pavos reales, con el único fin de impresionar a las hembras de la especie.
  • Comprendo –dijo Alina.
  • Así que como te digo, no te conviene llevarte el medallón.

Alina recogió el morral y se disponía a abandonar el castillo y continuar el camino, frustrada porque toda la información a propósito de la enseña acabase ahí. No obstante, se le ocurrió una pregunta más. Por curiosidad.

  • ¿Usted fue el que organizó todo ese enredo de la colecta para eliminar a su yerno? ¿Por qué no lo quitó usted de en medio, directamente? Poder le sobra para eso.
  • Ay, muchacha. El poder es complicado. Desde que mi hija se encaprichó del Lechón supe que era un imbécil falto de luces y de entendederas. Y que no tenía cualidades innatas ni adquiridas para el cargo de administrador de justicia. Pero mi hija se empeñó. Y ya os dije anoche que es muy cabezota. Si algo se le mete en la mollera no cede. Además este valle tampoco es que dé muchos problemas, y pensé que incluso un idiota como el Lechón sería capaz de mantener la paz y el orden. Me equivoqué. Se le subió el cargo a la cabeza y no dejaba de provocar conflictos. Entre tanto mi hija ya se había cansado de él, así que nos sobraba a los dos. Pero destituirle del cargo equivalía a decir que me había equivocado al nombrarlo, y un jefe ha de parecer infalible. Siempre. Así que organicé lo de la colecta. Todo el mundo sabe que tú lo mataste, pero que de alguna manera contabas con mi visto bueno. Por tanto, mi poder se refuerza. Así son las cosas.
  • Espero que con Gedeón todo sea muy distinto.
  • Sin duda. Gedeón ha probado con creces su capacidad y lealtad. Y si a pesar de todo saliese mal… -una sonrisa de zorro viejo apareció en su rostro.

No había más que hablar. La chica se despidió del conde y abandonó la estancia.

  • Ah, se me olvidaba decirte una cosa –gritó el noble, para que la joven lo pudiera oír-. El peregrino cambió su rumbo y se dirigió al norte, a la colegiata de Valpuesta.

Alina sonrió. El conde era un auténtico bellaco, una pieza de cuidado de la que convenía guardarse. Demasiado inteligente para enfrentarse a él. Lo tendría en cuenta. Quizá algún día volviese a pasar por ese valle.

A la puerta del castillo se encontró con el espía.

  • ¿Qué pasa renacuajo? Hace tiempo que no te veía –dijo-. Yo voy a tomar un desvío y tú vas a seguir la ruta jacobea, como si tal cosa. Y cada cierto tiempo dejas el mensaje en el potro del pueblo. Ya sabes, todo sigue normal, continuo avanzando hacia Compostela, visito bibliotecas… Y por si dudas en algún momento, te diré que no te confíes. Cuando menos lo esperes estaré a tu espalda.

 

Y episodio 34 – Dalila.

En el pueblo se respiraba un novedoso clima de euforia. Como si por fin hubiesen despertado de una pesadilla. Además, con Gedeón como administrador de justicia, veían el futuro con cierto optimismo. El gigante guerrero era conocido y respetado en todo el valle. Su sola presencia imponía y quizá fuese suficiente para evitar conflictos. Y cuando los hubiese, confiaban en su buen juicio para restablecer la paz.

La pesadumbre que flotaba en la taberna A Coruxa durante las últimas semanas había desaparecido. Eso y, tal vez, la esperanza en una futura buena cosecha animaban a beber vino. Además, llegaba el tiempo bueno del verano y aumentaba el número de peregrinos jacobeos que cruzaban el valle. Todo era hermoso, excepto el ánimo de Munguía, que seguía resentido con su compañero y su afán de virtuosismo estético. Su mutismo de los últimos tiempos se había trasformado en hoscos gruñidos desde que Alina les arrebatase la pieza. Juan Mayo lo llevaba mejor. Habría otras oportunidades, decía.

Gedeón dijo que quería verlos en la taberna. Y allí estaban esperando a que llegase.

Por fin entró el gigante. Tenía buen aspecto. Saludó a la parroquia con grandes voces. Nada más sentarse con los ballesteros, arrojó una bolsa de monedas sobre la mesa. Parecía bastante pesada.

  • A ver si se te quita esa mala cara –dijo, mirando a Munguía-. Con esto tendréis para una buena temporada.

Los mercenarios miraron la bolsa de cuero sin tocarla. No era habitual que alguien diese dinero a cambio de nada.

  • Y esto, ¿a cambio de qué? –preguntó Juan Mayo.
  • Un regalo de mi mujer, por haberla librado del Lechón.
  • Lo hizo la chica.
  • Ya se lo he explicado. Pero dice que cada día de las semanas previas, cuando poníais las cornamentas en su puerta, disfrutó como nunca lo había hecho en su vida. El Lechón se volvía loco cada mañana al descubrir los trofeos. Dice que esos días sufrió como un perro. Y ella gozó como un gorrino en un maizal –explicó Gedeón-. Calculo que habrá tanto como en la alcancía. O más –añadió señalando la bolsa.
  • Siendo así… -Munguía, como encargado de los dineros, hizo desaparecer la bolsa.

Comieron chorizo y morcilla asados en las brasas de la chimenea, bebieron vino y hablaron del pasado.

  • Y ahora, ¿qué pensáis hacer? –preguntó Gedeón.
  • Seguiremos vagando. Sin rumbo. Donde suene que hay trabajo –explicó Juan Mayo, que al parecer se ocupaba de los planes.
  • Si os place quedaros, voy a necesitar ayudantes.
  • No creo. Tú sólo te sobras para imponer orden. Además, los amigotes suelen crear problemas con la mujer.
  • Sí, supongo que a Dalila no le iba a hacer mucha gracia…
  • ¿¿Dalila?? –exclamó Juan Mayo.

Munguía no dijo nada, pero la expresión de su rostro indicaba que comenzaba a comprender.

  • Ésta es la Dalila de la que hablabas en torno al fuego antes de la batalla –murmuraba-. Así que no pensabas en Sansón y la mujer que lo llevó la ruina. ¿Desde cuándo estáis liados, bribones?
  • Hace años, mucho tiempo. Pero os juro que es verdad, que me preocupa acabar como Sansón.
  • ¿Y es cierto que es capaz de aburrir hasta provocarte un tedio de muerte? –preguntó Juan Mayo con mala intención.

Gedeón disparó el puño derecho contra el pecho del ballestero rubio, que salió despedido hacia atrás tumbando sillas y mesas a su paso, mientras se arrastraba por el suelo.

  • Qué condición más puta –murmuró Munguía entre dientes.

 

Anuncios