Primera semana

A Coruxa

Episodio 1 – A Coruxa

El Lechón, un sayón mal encarado, gordo y con andares de buey, era el señor de aquellas tierras. O al menos eso dijeron el día en que el conde le encargó administrar justicia en el valle. Lo de la justicia se refería a imponer su pérfida voluntad. El Lechón tenía un nombre, y unos apellidos, aquellos que le pusieron sus padres cuando le cristianaron, pero por la falta de uso se habían olvidado. Todos en el valle lo conocían desde hace tiempo como el Cerdo, Gocho, Puerco, o cualquiera de los sinónimos (con mayúscula, como corresponde a los nombres propios) que servían para aludir al siempre bien aprovechado suido. Sin embargo, en los últimos tiempos se había impuesto lo de Lechón. Decían que estaba listo para la matanza.

Su esposa, morena de genio vivo tirando a insoportable y nariz respingona, mostraba un permanente rictus de desagrado, como si un indeleble olor a bosta ofendiese sus narices.

En el valle se comentaba lo de tal para cual, Dios les cría y ellos se juntan, y otra serie de refranes que podían venir al caso, pero no era tal. La unión no había sido por propia voluntad. Los dueños de sus vidas les habían obligado a compartir lecho y techo. Ellos lo sobrellevaban lo mejor que podían. Por suerte, la casona donde vivían era lo suficiente grande como para no obligar al trato continúo. Además, el Lechón solía andar ocupado en menesteres que lo mantenían alejado del fuego del hogar.

El principal abrevadero del valle era la taberna A coruxa, establecimiento regentado por un gallego que emigró de su tierra con la morriña y una lechuza de bronce, clavada en la puerta del local, que daba nombre al figón.

La villa había nacido a la vera del camino jacobeo y el tabernero se ocupaba de dar de comer a los hambrientos caminantes que, a veces, entraban en A coruxa. Pero sobre todo, atendía a su parroquia habitual formada por los habitantes del valle, más aún en invierno, cuando el clima inhóspito desaconsejaba el tránsito de los peregrinos que venían de más allá de las montañas.

Xosé, el tabernero, al poco tiempo de llegar al valle se había trasformado en José, Pepe, Pachi, Josechu… de acuerdo con el habla local y el origen del parroquiano, donde el nuevo idioma iba adquiriendo fuerza, y los latinajos se reservaban para maestros, leguleyos y clérigos en general. El latín también se conservaba en dichos y refranes, como el grabado a navaja por algún bebedor filósofo sobre una viga de la taberna: Vulnerant omnes, ultima necat.

Detrás del mostrador de la taberna media docena de odres de buen vino de la zona aseguraban el suministro para unas semanas. En un lado de la amplia sala, una trébede puesta al fuego sostenía una caldera de cobre en la que hervía algún guiso, promesa de agradables momentos para los comensales del día.

Unas cuantas mesas de diferentes tamaños, encajadas entre las vigas y pilares de madera que sustentaban la construcción, daban al lugar un aspecto anárquico, pero acogedor. José había tenido la precaución de colocar una mesa debajo de la escalera, como San Alejo, para aquellos clientes que deseaban tratar en privado sus negocios.

Repartidos por las paredes se sujetaban unos cuantos estantes donde el tabernero iba colocando platos y cubiletes de madera, al alcance de la mano cuando había que repartir el sagrado líquido de los jarros de vino.

Podría decirse que era una taberna normal, lo que esa temporada se llevaba en mesones para caminantes y habituales del jarro. Sin embargo, como nota discordante, sobre el tablero que hacía de mostrador alguien había colocado una alcancía de madera, cerrada con un candado y un letrero que decía “para el cerdo de San Martín”. La versión oficial decía que de los donativos que caían por la rendija de la hucha salía para comprar el gocho que correteaba a su libre albedrío por la calles del pueblo, engordado a escote entre todos los vecinos, que le arrojaban tronchos de berza y otros desperdicios hasta que le llegase su San Martín.

Sin embargo, aunque no constaba en ningún lugar, entre los habitantes del valle se rumoreaba que la recaudación acumulada de los últimos años se destinaría a pagar a quien se atreviese a apiolar a otro cerdo. Pero todavía no había aparecido ningún valiente que reclamase la recompensa por haberse cargado al Lechón.

Una corriente fría entró en la taberna cuando dos forasteros abrieron la puerta. Uno era rubio, con ojos grises fríos, vestido con calzas ajustadas de llamativos colores. El otro tenía el pelo negro, la piel más oscura, constitución robusta. Ambos llevaban sendas ballestas a la espalda.

  • Rediós, ¡qué frío! Tengo las pelotas pegadas al culo –exclamó el rubio de ojos grises, mientras se echaba el aliento en los dedos ateridos.

 

Episodio 2 – Alina

El camino hacia Roncesvalles estaba resultando más duro de lo esperado en aquellos últimos días de la primavera. La tormenta de nieve se había cebado con especial dureza en el paso de montaña y la cellisca impedía avanzar. Sin embargo, la peregrina, con tozuda determinación, se empeñaba en luchar contra el viento y el frío, considerando que aquello tampoco era para tanto. Y es que en cuestión de nieve, en su infancia ella había tenido hasta hartarse, de todos los colores y texturas. Por eso no se resignaba a buscar un refugio a la espera de que amainase el temporal, y apoyándose en el bordón avanzaba paso a paso, agachada contra el viento, dispuesta a demostrar que para cabezota, ella.

Alina se había criado en las montañas del centro de Europa, con su abuelo y  un enorme mastín. A veces soñaba con sus padres, o eso quería creer cuando despertaba. Su abuelo le aseguraba que habían desaparecido cuando ella apenas había dejado de ser un bebé. También le contaba, esto sin ninguna certeza, que probablemente se los había tragado el hielo. Ocasionalmente el glaciar se tragaba a pastores que buscaban cabras descarriadas. Aunque sus padres no eran precisamente pastores.

A pesar de todo, podía decir que su infancia había sido razonablemente feliz. Su abuelo, hosco y huraño con los extraños, siempre le trató con cariño y afecto. A su modo. Y sobre todo se preocupó de que fuese mucho más que la nieta del cabrero. Alina aprendió a leer y consiguió dominar las cuatro reglas. Y se esforzó en ampliar sus conocimientos. No obstante, el acceso a los libros siempre resultaba difícil, y conocer a alguien que le interesase el saber, más allá de los monasterios, tarea casi imposible. Además, las mujeres no eran bien vistas en los cenobios, salvo que entrasen para no volver a salir.

Finalmente Alina consiguió vencer a la tormenta, superó el paso de montaña e inició el descenso hacia el valle. El albergue de peregrinos no quedaba lejos y los grandes árboles del bosque frenaban la fuerza del viento. Incluso podría decirse que el camino resultaba agradable. Había dejado de nevar, y Alina se quitó la capucha que le cubría la cabeza. Avanzaba rápido, con el zurrón cruzado sobre el pecho, apoyándose en el bordón cuando la dificultad del camino lo requería.

No muy lejos vio un chozo de pastores. Una ligera columna de humo salía por algún hueco de la techumbre. Quizá le diesen algo de comer. Una caridad que no solía negarse a los esforzados peregrinos. Se detuvo ante la puerta de la cabaña, descorrió el pispajo que cubría el hueco y saludó con el lenguaje universal de la sonrisa, levantando una mano en son en paz.

Sin embargo, lo que encontró dentro no parecía responder a su bien intencionado saludo. Dos rostros desdentados le miraron con aviesas intenciones.

  • ¡Los cutos de Andión! ¡Ha venido un ángel a vernos! –exclamó uno de ellos con una risotada.
  • ¿Qué se te ofrece guapa? –replicó el otro.

Alina se detuvo en la puerta, con intención de escapar, pero ya era tarde. Uno de ellos le había agarrado el brazo con fuerza y tiraba de ella hacia adentro. Además la joven era menuda y poco podía hacer ante los dos brutos.

Alina llevaba el pelo negro y largo sujeto en una coleta, el rostro levemente arrebolado por el frío, y una afilada daga escondida en la caña de la bota. Recordó el día que en una taberna otro borracho también quiso abusar de ella y, para más inri, se atrevió a llamarla pizpireta. Fue lo último que dijo. Luego trató de añadir algo más, pero sólo se oyó el borboteo de la sangre que salía de su garganta segada de un veloz tajo por la afilada daga de Alina. Pero aquella vez su enemigo sólo era uno. Y estaba borracho.

 

Episodio 3 – Mercenarios genoveses

 

  • ¡Mesonero! –grito el ballestero rubio, más por costumbre que por necesidad. José, que estaba junto a la caldera de la comida, removiendo el guiso, le miró por encima del hombro-. ¿Qué se come aquí?
  • Pote –respondió el aludido, escueto, con el ceño fruncido-. Si su excelencia tiene con qué pagarlo –añadió con retorcido humor.

El rubio no se ofendió por la retranca. Parecía alguien de carcajada fácil.

  • No sea susceptible vuesa merced –replicó riéndose.
  • Déjense de palabrería y tomen asiento. Si quieren comer.

El otro ballestero ya había ocupado una mesa en un rincón, de cara a la puerta. La ballesta y sus otras pertenencias descansaban junto a él. Parecía hombre de pocas palabras. Y gesto huraño. El rubio se sentó frente a él. El petate y la ballesta a su lado. El puñal, sobre la mesa, como quien no quiere la cosa.

Dos peregrinos, con esclavina y concha, cenaban en una mesa, alejados de los ballesteros.

  • Mercenarios genoveses –murmuró uno de ellos.
  • No tienen acento.
  • No es el acento, idiota. Son esos coloridos calzones. Ésa es su marca.

El mesonero dejó sobre la mesa de los ballesteros un jarro de vino y dos escudillas del guiso. También media hogaza.

  • Vete trayendo otro jarro, que hace mucha sed –pidió ojos grises.
  • No estaría mal ir viendo algunas monedas. Para asegurarnos una comida sin sobresaltos –añadió el tabernero, acostumbrado y hecho a casi todo.
  • Claro hombre. No hay problema –dijo el rubio, colocando sobre la mesa unos dineros-. ¿Con esto habrá para empezar?

El mesonero recogió las monedas y no tardó en acercarse con otra jara de vino.

  • Esto está muy bueno –comentó el rubio, rebañando la salsa con un coscurro de pan-. ¿Se puede repetir?
  • Si se paga…

Otra moneda sobre la mesa arregló el acuerdo. El ballestero silencioso asintió con un gruñido y alargó el brazo con su escudilla vacía en la mano.

  • Que sean dos –murmuró el tabernero mientras acudía a la perola providente.

Removió el contenido de la olla y una aromática columna de vapor llenó la sala, animando a los clientes a tomar una nueva ración. Si podían pagarlo. Con el paso cansino que da la costumbre y la monotonía depositó los cuencos llenos delante de los mercenarios. El moreno le hizo una señal al rubio de ojos grises, que se animó a preguntar. Esta vez no sonreía.

  • Y eso que se comenta de una recompensa por cierto trabajo para San Martín… ¿cómo va?

El tabernero recorrió la sala con la mirada, valorando a los parroquianos por encima de su hombro, primero hacia la derecha, después hacia la izquierda. Finalmente sus ojos regresaron a los mercenarios.

  • Mañana por la noche alguien os esperará en San Alejo –susurró.

Los otros le miraron con gesto interrogante.

  • La mesa que está debajo de la escalera –aclaró, señalando con la barbilla.

 

Episodio 4 – Luchando por la vida

 

El bruto tiraba con fuerza del brazo de Alina, empeñado en meterla en la choza. Ella se resistía, agarrándose a los palos que formaban la puerta. Sin embargo, sabía que su empeño era inútil. Él era más fuerte. El otro malhechor, recostado sobre un fardo de paja, observaba el forcejeo, con el labio inferior caído en una sonrisa bobalicona. La chica finalmente decidió rendirse y dejó de ofrecer resistencia. Con el impulso del que tiraba de su brazo y el empuje que ella imprimió en sus piernas, irrumpió como un toro en la plaza. Aprovechando la velocidad y la fuerza que llevaba, con la bota izquierda pisó los huevos del que estaba recostado, a la vez que giraba hábilmente el bordón y apuntaba la contera metálica contra la nariz del otro. Se oyó un “crack” de hueso roto, seguido de un aullido de dolor mientras el felón que tiraba del brazo de Alina soltó la presa y se llevó las manos a la nariz, que se había convertido en una catarata de sangre. Su compañero sollozaba tumbado en el costado, agarrándose la parte dolorida.

Unos cuantos bastonazos más, repartidos con eficaz pericia, convencieron a los derrotados atacantes de someterse a las exigencias de la chica.

  • Este ángel es un demonio –se quejaba con voz gangosa el de la nariz rota, mientras se despojaba de sus harapos.

Alina guardó en su zurrón las pocas provisiones que encontró entre las pertenencias de los malandrines: queso, un tasajo de vaca, algunos mendrugos y una bota de vino que se echó al hombro. También unas pocas monedas de las que se apropió en concepto de botín de guerra.

  • Haced un hatillo con esos asquerosos trapos –ordenó en un castellano aceptable, señalando las ropas de los maltrechos atacantes.

Los apaleados maleantes no pusieron objeción a quedarse en taparrabos y entregar sus ropas a la chica. Alina salió de la choza con el zurrón cruzado sobre el pecho, la bota de vino en el hombro libre, el bordón en una mano y en la otra el hatillo con los harapos. Después de avanzar unos cientos de metros, arrojó las ropas al barranco donde un río furioso por el primer deshielo destrozó el hato y dispersó los trapos aguas abajo.

  • Así no se atreverán a perseguirme –murmuró Alina.

Continuó su camino, pensando sobre lo que había ocurrido. Una vez más las enseñanzas de Peter le habían salvado la vida.

Peter, el cabrero borracho y pendenciero que se hacía cargo del rebaño de su abuelo, era un buen amigo de Alina. Los domingos, ferias y fiestas de guardar bajaba al pueblo, donde siguiendo la costumbre de esas tierras del norte bebía cerveza hasta perder el conocimiento. Sin embargo, en la última fase de consciencia eran frecuentes las peleas en las tabernas, escuela de malas artes, trucos sucios y toda clase de trapacerías barriobajeras que ayudaban a no sucumbir en esas absurdas trifulcas.

Al día siguiente, cuando Peter había superado la resaca, Alina le interrogaba sobre la pelea mientras le sanaba las heridas con ungüentos hechos de hierbas de la montaña. A continuación jugaban a luchar. A menudo el juego dejaba de serlo y se convertía en disputada reyerta. Casi siempre terminaban con algún nuevo golpe o verdugón. Sin embargo, de ese modo Alina consiguió dominar el uso del puñal, además de un amplio repertorio de trucos y golpes bajos. No peleaba de una forma elegante, pero sí eficaz.

 

Episodio 5 – Sopas de ajo.

 

Alina continuó su camino con el ánimo tenso, sin embargo no tuvo más contratiempos. Aún quedaban unas horas de luz cuando en la distancia descubrió la hospedería de San Agustín, en Roncesvalles.

Antes de iniciar su viaje había leído que fue fundado por el obispo de Pamplona, Sancho Larrosa, y que desde entonces era un punto clave en la ruta jacobea. No todos los peregrinos conseguían atravesar con bien el puerto de Ibañeta, y a menudo necesitaban reposar unos días en el alberque para recuperarse del encuentro con bandidos y lobos, alimañas ambas que menudeaban por la montaña, buscando víctimas.

Alina también tenía previsto permanecer unos días en la hospedería de Roncesvalles, pero su intención no era descansar. O al menos, no sólo eso. Confiaba en que el salvoconducto cumpliese su función.

Recorrió el entorno del albergue. Lo que vio no le resultó novedoso: peregrinos derrengados en el suelo que observaban con atención las nuevas llagas de sus pies, peregrinos que se curaban con vino las heridas producidas por los bandidos o los lobos, peregrinos que aplicaban en sus golpes emplastos elaborados con raíces de árnica. Casi siempre, en su caminar, se había encontrado con hombres. De vez en cuando alguna familia. Allí, en Roncesvalles, sucedía lo mismo, si bien el número de familias era algo mayor.

El tosco mapa que le servía de guía indicaba que ése era el lugar donde confluían las tres rutas principales que recorrían la tierra de los francos. Ella había recorrido el camino de Vézelay. Se reencontró con algún viejo conocido de albergues anteriores, que una vez más, le propusieron recorrer el camino juntos. Por seguridad, insistían. Alina se sentía más segura caminando sola. Se fiaba más de sus conocimientos y habilidades que de la protección prometida por ellos.

En el refectorio del albergue oyó hablar la parla de los francos, y aunque ella venía de más allá, consiguió entender casi todo lo que decían. No se le daban mal los idiomas. El grupo que seguía la ruta de París había sacado a colación la hazaña de Roland en esas montañas, y el resto se unió a ellos ensalzando el valor del caballero franco. Alina sabía que no era exactamente tal como lo contaban y que al ejército de Carlomagno le habían dado las del pulpo. No era cosa de enfrentarse a sus compañeros. Estaba en minoría.

En la cena probó por primera vez una sopa echa de pan y ajo. Había sido enriquecida con trozos de tocino, con un dejo a rancio que permanecía en el paladar largo tiempo.

Alina se dirigió al monje que organizaba la cena de los peregrinos.

  • ¿Cómo se llama este plato? Es muy reconfortante –dijo la joven, poniendo una agradable sonrisa.
  • Sopas de ajo –respondió desabrido el monje.

La mujer asintió, pensando que en cuestión de nombres, los cocineros no solían gastar mucha imaginación.

  • ¿Podría entregar esto al abad, por favor? –preguntó una vez más, mostrando al monje un pequeño rollo de pergamino que sacó de sus ropajes.

El monje miró el rollo con aprehensión, sin atreverse a cogerlo, como si ese leve contacto con la mujer fuese a contaminarlo. Alina sonrió de través. Muchas veces había oído eso de la mujer como encarnación del demonio que circulaba por los ambientes monásticos de la época. No obstante, permaneció con el rollo en la mano, esperando a que el monje lo cogiese. Como no se acababa de decidir, Alina lo desenrolló y le mostró el sello que daba autoridad al contenido del escrito. Tal como esperaba, nada más reconocer la firma del documento, el monje se hizo cargo del rollo y salió del refectorio buscando al abad.

Convenía no desestimar un documento sellado por el abad de Vézelay.

 

Episodio 6 – La estirpe de Marozia

 

El monje que esa noche se ocupaba del refectorio de la hospedería no tardó en regresar. No llevaba consigo el rollo de pergamino.

Dice el abad que te recibirá antes de completas, en el claustro. Ahora está ocupado.

Alina asintió y dio las gracias. También pensó que quizá el abad estuviese ocupado en ese momento, o quizá sólo quería reflexionar sobre lo inusual del salvoconducto y sus posibles implicaciones.

Los toques de campana guiaban la vida del monasterio. Cuando Alina supo que llegaba la hora de completas se acercó al claustro. El abad ya estaba allí. La joven apreció en él un rostro bondadoso y unos ojos inteligentes. El monje no se anduvo por las ramas.

  • Este documento es muy inusual –señaló, mostrando el rollo.

Alina asintió, sin añadir nada más.

  • Y no lo digo por las peticiones, o exigencias, que contiene –hizo una pausa esperando alguna reacción en Alina. No la hubo-. Me refiero a la letra capitular. Desde luego, no es frecuente utilizar capitulares en un salvoconducto y, mucho menos, dedicar todo el trabajo que ha llevado miniar una letra como ésta. Y sé de lo que hablo, aunque nuestro scriptorium no sea gran cosa.

El abad hizo una pausa. Si esperaba alguna reacción de la chica, ésta no llegó.

  • ¿Conoces el significado de la doble llave cruzada? –preguntó.
  • Es el símbolo de Pedro, del papado –Alina no consideró correcto evitar una pregunta directa.
  • ¿Y del resto de símbolos y enseñas que contiene la letra capitular?
  • No me he fijado en eso. Ni siquiera había reparado en las llaves de Pedro.

El abad no supo discernir si decía la verdad o mentía. Tampoco podía saber cuál era la intención del abad de Vézelay al tomarse tanto trabajo con un salvoconducto. Sólo se le ocurría que pretendía ser una advertencia. Aunque ignoraba en qué sentido.

El abad de Roncesvalles se había fijado en las llaves de Pedro. Pero también en los emblemas de los Túsculos y los Espoletos. Ya habían pasado muchos años desde aquello, pero para cualquiera que conociese mínimamente la historia de la Iglesia, y el abad la conocía con bastante detalle, no resultaba fácil olvidar a Marozia, la amante del papa Sergio III, madre del papa Juan XI y, tal vez, hija del papa Juan X. La mujer que durante varias décadas gobernó la iglesia, unas veces desde el lecho del papa, y otras mediante el uso de la fuerza. O del veneno. Habían pasado muchos años, sí, pero las intrigas que promovieron aquellas familias todavía no se habían extinguido.

  • ¿Quién eres? –preguntó finalmente el abad.

Alina permaneció un instante en silencio.

  • Eso es lo que pretendo saber –respondió finalmente.

El abad supo que decía la verdad. Esta vez no tuvo ninguna duda. En ese momento decidió otorgar lo que pedía el salvoconducto. Al fin y al cabo sólo se trataba de concederle acceso a la biblioteca del monasterio. Y respecto a lo otro, a los Túsculos y a los Espoletos, mejor ponerse de perfil. Si algún día, en el futuro, le pedían cuentas, podía argumentar que no sabía. Y si resultaba que querían premiarle por haber apoyado la causa, fuese cual fuese, pues agradecido.

 

Episodio 7 – Masa por velocidad.

 

El ballestero rubio empleó el día en probar nuevos virotes y algún que otro truco sobre el que había estado trabajando. En un palimpsesto que reutilizaba una y otra vez había garabateado, con su peculiar letra, fórmulas y más fórmulas. Calculaba potencia, trayectoria, masa por velocidad, etc. El objetivo era llegar lejos, o con potencia, o con precisión.

Llevaba un saco con diversos cachivaches que sirviesen de diana a sus dardos. Vasijas de barro, algún puchero viejo de metal, aros de diferente diámetro.

Ese día se había propuesto probar un nuevo tipo de virote. En alguno de los muchos libros que había leído, de esos escritos en algarabía que todavía se desconocían en Occidente, se proponían interesantes teorías sobre parábolas y desviaciones de las flechas. Quizá en alguno de Aristóteles, o Pitágoras, o tal vez Arquímedes. No lo recordaba.

El Rubio sostenía que si se grababa en el virote un surco en espiral se conseguiría evitar la desviación. Suponía que cuando el dardo rasgase el aire, la corriente de viento provocada entraría por el surco y conseguiría que girase sobre sí mismo, consiguiendo una trayectoria recta.
Esa mañana se había propuesto comprobarlo. Colgó aros de diferente diámetro en las ramas de un árbol y se dispuso a disparar con la Barret.

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