Cuarta Semana

Episodio 22 – Las represalias del Lechón.

Esa noche llovía como si hubiesen reventado las compuertas de la bóveda celestial y en toda la corte divina no hubiese un alarife capaz de componer el estrago. Los truenos retumbaban en el cielo, los relámpagos iluminaban la noche y algún rayo estallaba cerca, tronchando robles centenarios. Pero la Sombra había dicho que la reunión tenía que ser esa noche.

Y allí estaban, en la mesa San Alejo, en torno a una jarra de vino caliente y especiado. Gedeón, que al parecer era el alguacil vocero de la Sombra, Juan Mayo, Munguía y la Sombra, con la cabeza cubierta por una capucha que sólo permitía ver el final de una barba entrecana.

  • Así que definitivamente vais a encargaros del trabajo –dijo.

Cuando los dos ballesteros entraron en A Coruxa los parroquianos guardaron silencio. Todos lanzaron miradas de través, nadie ofreció el rostro abiertamente. Medias miradas que indicaban admiración, odio, resentimiento, esperanza. En todos los casos un deseo ansioso de que aquello acabase pronto. La medicina cura, pero no es agradable de tomar, parecían pensar los más partidarios de los profesionales de la ballesta.

Y es que el Lechón ya había anunciado represalias. Había dado una semana para que le entregasen a los dos mercenarios. Y sólo quedaban cinco días. El plazo acababa el domingo. Para ese día había anunciado un diezmo, castigo muy de su agrado. Después de la misa ordenaba que todos los vecinos formasen una fila en la plaza. A continuación elegía a uno de cada diez, fuese hombre fornido, niño, mujer o anciano, que era separado de la fila. El bruto que comandaba su cuadrilla de matones les iba atando de uno en uno en el rollo del centro de la plaza, desgarraba la ropa de su espalda y descargaba los veinte azotes establecidos.

Como medida suplementaria, el Lechón también había anunciado que en la próxima recaudación de impuestos, la cantidad a entregar sería el doble. Para resarcirse de los daños causados en sus montes. Dijo.

Era muy de su gusto aplicar medidas crueles, desproporcionadas e injustas para aliviar las afrentas reales o imaginarias que decía sufrir. Y como no se sentía capaz del enfrentamiento cara a cara prefería los castigos colectivos aplicados por su manada de brutos.

  • No os queda mucho tiempo –añadió la Sombra- si no queréis que los vecinos se rebelen contra vosotros.

El potente retumbar de un nuevo trueno llegó rodando por el valle. Los postigos de las ventanas temblaron. La tormenta estaba encima de ellos, descargando toda su furia.

Gedeón de nuevo repartió vino en los cubiletes del grupo. La Sombra todavía no había dicho todo lo que tenía que decir esa noche. Su charla se vio interrumpida por el estruendo un portazo. El portón de la taberna se había abierto de golpe, impulsado por el viento. En el hueco apareció una silueta, iluminada al contraluz por los relámpagos del exterior.

La capucha, la esclavina y la capa encerada del peregrino chorreaban agua. José le indicó que lo colgase en un perchero cercano al fuego.

  • Pero no lo deje demasiado cerca, no se vaya a asurar –advirtió.

Los parroquianos que esa noche bebían en A Coruxa miraron asombrados cómo debajo de los ropajes jacobeos surgía una mujer, joven, de rostro agraciado.

 

Episodio 23 – Carne con patatas.

De nuevo el silencio se extendió entre las mesas de la taberna. Un silencio que no pasó desapercibido en la mesa de San Alejo. No era el primer peregrino que aparecía a horas intempestivas, a pleno sol en la hora de la siesta o en medio de tormentas. Sin embargo, resultaba muy raro ver llegar a una mujer, joven, que viajase sola. De vez en cuando aparecían viejas, expertas en hierbas y conjuros, con un carro, acompañadas de perros famélicos, que recorrían los valles del norte. Se decía que eran medio hechiceras, medio brujas.

La joven que esa noche había llegado a A Coruxa no llevaba carro ni perro. Sólo el clásico bordón con una calabaza, la característica vieira en la esclavina y el providente zurrón cruzado sobre el pecho.

  • Una noche de perros –comentó Pepe a modo de saludo amable.
  • Lo que toca, tormentas de primavera –respondió ella con un rudo acento que el tabernero identificó como de más allá de la tierra de los francos.

José despejó la mesa más cercana al fuego del hogar, ocupada por el panadero y el batanero, melancólicos por la tormenta, o por la amenaza del Lechón, o porque eran así.

  • Dejad la mesa libre –ordenó-, que la muchacha está empapada y necesita entrar en calor.
  • Gracias –dijo ella-. ¿Se puede comer eso que hierve en la olla?

El tabernero miró a la joven, susceptible, valorando si el “se puede comer” llevaba doble intención. Decidió tomarlo a bien, como una confusión debida al desconocimiento del idioma. Le sirvió una generosa escudilla de patatas y carne. José, observador por el oficio, había visto la escurrida bota de vino que formaba parte del bagaje de la joven y dedujo que el líquido elemento formaba parte de su dieta habitual. Junto a la escudilla humeante, depositó un buen trozo de hogaza y un jarro de vino.

La chica se ocupó de su cena. La parroquia volvió a su temerosa charla en torno a las amenazas del Lechón. Los agoreros habituales profetizaban las habituales catástrofes que habían de llegar, inevitablemente, sin remedio.

En la mesa de San Alejo la Sombra había retomado la conversación. Juan Mayo observaba embobado a la joven, que sentada de espaldas a ellos se ocupaba de la cena. Munguía, conocedor de las debilidades de su compañero, le dio un codazo para que volviese al asunto que les ocupaba. El ballestero Rubio regresó de su ensimismamiento.

  • Como prueba de que el trabajo se ha hecho necesito el medallón que el Lechón lleva colgado del cuello. Nunca se desprende de él –sentenció la Sombra.

Algún vecino, de ánimo más recio, confiaba en que los dineros depositados en la alcancía fuesen suficientes para que los ballesteros llevasen a cabo su plan. A tiempo, antes del domingo. Y a pesar de las penurias que estaban padeciendo, y de las amenazas que sobrevolaban en el futuro inmediato, sus palabras expresaban una cierta euforia.

  • En los últimos días ha subido la recaudación –susurraba uno de ellos.
  • Todos odiamos al Lechón, y a pesar del miedo, queremos librarnos de él –murmuró.
  • Confiemos en que la recompensa sea suficiente y algún valiente se decida, por fin, a cortarle el pescuezo a ese cerdo –añadió otro.

Un comentario en voz baja, dicho entre susurros, que sin embargo llegó a los oídos de Alina.

 

Episodio 24 – Una advertencia a tiempo.

La Sombra había concluido sus asuntos. Cuando escampó abandonó la taberna, acompañado de Gedeón. Munguía se preguntaba qué relación podía haber entre esos dos. Si es que la había. No se entretuvo en elucubrar mucho más, que de sobra sabía, por experiencia, que el mucho adelantarse lleva a errores. Lo que fuese, ya sonaría.

Casi de inmediato, cuando la Sombra hubo salido y antes de que fuese tarde, Juan Mayo tomó su vaso de vino y se dirigió hacia la mesa de Alina.

  • Vuelvo a la cabaña del monte –dijo Munguía-. Y ten cuidado –advirtió, sabiendo que sería inútil.

Juan Mayo probablemente no le oyó, ya que toda su atención se había concentrado en la chica. Se sentó frente a ella, sin decir nada, sin pedir permiso. Mostró una sonrisa a modo de saludo, o de disculpa fingida.

  • No ose decir eso de qué hace una dama como usted en un sitio como éste –advirtió Alina.
  • Jamás se me ocurriría –mintió Juan Mayo.

La chica había terminado la cena, y había rebañado toda la salsa del cuenco. Quizá el guisote estaba bueno, o quizá tenía mucha hambre. O las dos cosas. En ese momento se ocupaba en apurar con calma el jarro de vino. Con una mano sujetaba el vaso. La otra permanecía desaparecida debajo de la mesa.

  • Sólo me preguntaba si no es demasiado peligroso para una dama con su porte recorrer estos caminos infestados de bergantes, malandrines y gente de mal vivir de toda condición –envidó Juan Mayo, ensayando su mejor sonrisa, la que mayores éxitos le proporcionaba.

Alina se fijó en los ojos grises del ballestero durante unos segundos, y revidó con otra sonrisa, atravesada. Después, la mano que permanecía escondida se movió imperceptiblemente.

Juan Mayó sintió un pinchazo leve en la entrepierna y saltó hacía atrás en su banco. Una retirada defensiva. Por debajo de la mesa vio cómo asomaba la conocida, brillante y afilada punta de una daga.

  • ¡Mierda! –exclamó-. Me ha desgarrado los calzones nuevos. Ahora tendré que remendarlos.
  • No se enfade vuesa merced –replicó Alina, mirando fijamente a los ojos del ballestero- Mejor una advertencia previa, por si acaso, que un quién lo iba a decir cuando ya fuese demasiado tarde.

 

Episodio 25 – Otro jarro de vino

Después del primer aviso Juan Mayo había aprendido un par de cosas. La primera, que convenía andarse con tiento. Y la segunda, que esa mujer guardaba secretos. Más de los habituales. También, aunque en otro nivel, que no le hacía ascos al vino y que, además, lo toleraba con notable aplomo. Pidieron otro jarro al tabernero. Éste a cuenta del ballestero.

  • Vuestro acento es del norte, de la tierra de los teutones, diría yo –conjeturaba Juan Mayo.

Alina observaba al ballestero. Casi siempre en silencio, aunque de vez en cuando se permitía algún comentario, escueto, vacuo y escaso de datos.

  • Y sin embargo, vuestro aspecto es más, cómo diría yo…, meridional –continuaba especulando Juan Mayo-. En Génova conocí a alguna mujer con vuestra misma apariencia.
  • Parecéis experto en mujeres –insinuó Alina con mala intención.
  • En mujeres y en hombres, de todo pelaje y condición –replicó picado el ballestero.
  • Es lo que tiene el oficio de mercenario –apuntó la chica-. También he viajado algo. En los últimos meses.

Aquello no iba cómo Juan Mayo esperaba. La chica le estaba enredando con asuntos que él no quería tratar. Realmente, en su primera intención al sentarse a la mesa, tampoco le importaba su linaje, pero las respuestas esquivas de la joven habían despertado su curiosidad.

  • Supongo que en vuestro pueblo llamaréis mucho la atención. Con el pelo negro y esos ojos tan oscuros. Casi como una mosca en la leche.
  • Cierto, es importante no llamar la atención. Sobre todo si se pretenden llevar a cabo algún tipo de trabajo que requiere discreción –replicó Alina.

Aquello descolocó al ballestero, que no sabía si había respondido a su pregunta o estaba hablando de otra cosa. No iba a tardar mucho en aclarar sus dudas. Alina estaba intrigada con la conversación que había oído a sus vecinos de mesa a propósito de una recompensa por un trabajo no demasiado limpio. Necesitaba más información. Decidió arriesgar echando un órdago.

  • Si queréis cobrar esa recompensa tendréis que daros prisa. Supongo que el pescuezo al que han puesto precio es el de algún notable, y si yo, que soy una forastera recién llegada, ya me he enterado, no creo que él tarde en saberlo. Y también supongo, aunque ése no es mi oficio, que buscará mayor protección. O incluso, puede que pase al ataque.

Alina observaba con atención a Juan Mayo. No pareció inmutarse con sus palabras. Quizá cerró el puño con más fuerza de lo habitual, pero no podía asegurarlo.

  • En el piso de arriba hay un cuartucho libre –comentó el ballestero.
  • Lo sé. Ya se lo he alquilado al tabernero. Creo que me iré a dormir –dijo la joven-. Sola.

 

Episodio 26 – La decisión.

Durante las noches que siguieron al encuentro en la taberna A Coruxa la tranquilidad se instaló en el pueblo y en sus montes. No aparecieron más trofeos expuestos para provocar al Lechón. Todos los vecinos habían recibido ya su correspondiente jabalí, ciervo, corzo o lo que fuese. Todos los vecinos tenían algo que agradecer y todos tenían algo que callar. Al fin y al cabo, aceptar la carne les hacía cómplices.

  • A pesar de todo, creo que la chica tenía razón y el Lechón se acabará enterando del plan –comentó Juan Mayo.

La pareja de ballesteros se había reunido con Gedeón en el refugio provisional de la montaña.

  • Lo prudente sería actuar ya –propuso Gedeon-. En cualquier caso, supongo que dará igual que el Lechón lo sospeche o no. Es demasiado arrogante para tomar en serio cualquier amenaza. Y más ahora que habéis dejado de cazar. Está convencido de que la sombra del suegro lo protege y de que nadie se va a atrever a hacer nada contra él.
  • ¿Ni siquiera después de la calamidad que hemos causado en el monte? –cuestionó Munguía.
  • Como os digo es tan fatuo que no ve la amenaza. Supone que algún día os cansaréis de desgraciarle la caza, os iréis del pueblo y los vecinos pagaran la cuenta. En latigazos y en impuestos. Lo más probable es que piense que ya os habéis ido. El sábado ha decidido salir a cazar y pasar la noche en el monte. Montará la tienda y la juerga habitual. Según me ha dicho su mujer.
  • Pues qué queréis que os diga. Me alegro. Más fácil nos lo pone –concluyó Cristóbal.

Gedeón pinchó un trozo del tocino que se churrascaba en una sartén puesta al fuego, dio un tiento a la bota de vino y habló.

  • Sería un buen momento para realizar el trabajo –sugirió Gedeón-. La amenaza del diezmo sigue en pie. El domingo, cuando baje de la montaña, tiene previsto azotar a los vecinos.
  • Yo lo veo fácil. Nos escondemos en la zona donde esté cazando. Cuando se presente la oportunidad lo apiolamos de un virotazo. Muerto el cerdo, sus esbirros saldrán huyendo. Nos hacemos con el colgante y a cobrar la recompensa. Y si no huyen, nos ocupamos también de ellos –explicaba Munguía dirigiéndose a Juan Mayo-. Un trabajo sencillo y bien hecho.

Juan Mayo no parecía entusiasmado con la propuesta de Munguía.

  • No sé. Lo veo demasiado vulgar. Ya sabéis que soy un profesional. Me atrevería a decir que un artista en lo mío. Y me gusta hacer un trabajo eficaz a la par que estético. Y lo que propones quizá es… excesivamente tosco.
  • Ya empezamos –bufó Munguía

 

Episodio 27 – Lavando en el río.

Alina necesitaba más información. Su magra bolsa de los dineros llevaba unos días pidiendo auxilio. Las últimas monedas de los bandoleros que le asaltaron bajando el puerto de Ibañeta se habían ido en el alojamiento de la taberna A Coruxa. Un lujo que no siempre podía permitirse. Pero esa noche, después de tan tremenda tormenta, necesitaba un lugar seco donde descansar.

Durante la cena llegó hasta su mesa el murmullo de una conversación a propósito de una recompensa por realizar cierto trabajo. Pero no pudo escuchar nada más, y el condenado ballestero de los ojos grises no estuvo dispuesto a hablar. Al menos sobre ese asunto. Que no es que pecase de falta de curiosidad.

La citada recompensa pondría remedio durante un tiempo a su maltrecho peculio. Sin embargo, primero era preciso conocer en qué consistía el trabajo que hacía merecer el premio. Algo se barruntaba. Y no es que le agradase, pero había que ganarse la vida. A lo largo del camino le habían ofrecido trabajos diversos en posadas, mesones y hospedajes de todo tipo. Labores que se pagaban con comida y cama. Y en cuanto al lecho, lo habitual es que se exigiese la disposición a compartirlo, yaciendo con los huéspedes y clientes que pagasen, al tabernero, por el servicio. Mas no era ése un modo de vida que Alina estuviese dispuesta a aceptar. Lo de folgar por el sustento. Si la vida era dura, ella tendría que adaptarse. Habilidades no le faltaban.

Alina sabía que en todos los pueblos existían mentideros de diversa índole, lugares donde volaban las noticias y los chismorreos. Probablemente el principal era la taberna, y el mercado, el día que tocaba feria. Pero había más.

La chica cogió un trozo de jabón y unas camisas a las que no les vendría mal un agua y bajó al río. Tal como suponía, allí encontró un grupo de mujeres, arrodilladas mientras golpeaban y frotaban los trapos contra las lajas de la orilla. La miraron de través y durante unos instantes guardaron silencio. Alina se agachó en un extremo del grupo y se ocupó de remojar sus ropas. Las otras mujeres pronto se olvidaron de su presencia. Quizá porque era extranjera y suponían que no se enteraba, o tal vez porque la urgencia de la noticia impedía guardar el sigilo debido ante desconocidos.

Cuando acabó de lavar sus camisas ya había obtenido información precisa. Había que encargarse de un tipo al que llamaban el Lechón. Desconocía el significado de esa palabra, pero no le resultó difícil comprender que se trataba del señor que mandaba en esas tierras, un malandrín bastante cruel, al parecer. Y la recompensa consistía en el dinero que se había ido ahorrando durante años en la hucha de la taberna. Por lo que las mujeres comentaban debía de haberse acumulado una pingüe cantidad, ya que las últimas amenazas del sayón habían aflojado la faltriquera de muchos vecinos. También escuchó algo de entregar un medallón como prueba de que el trabajo se había llevado a buen término. El primero que llevase el trofeo a la taberna se quedaba con el premio.

Probablemente le faltaban algunos datos importantes y necesarios. Imprescindibles para quien decidiese ocuparse de la faena. Que esa cuestión, y esos riesgos, era algo sobre lo que debía meditar con más tranquilidad.

 

Episodio 28 – El Lechón sale de caza.

Alina continuó su camino. Con el zurrón al hombro salió del pueblo temprano. Las noches que había pasado en A Coruxa habían sido suficientes para recuperarse del remojón de la tormenta. También para recoger información suficiente sobre el Lechón, que así le dijeron que se llamaba el baranda al que había que dar el salvoconducto para Caronte.

Juan Mayo ya había trazado el plan para encargarse del Lechón. Con gran enfado de Munguía rechazó su propuesta, sencilla y eficaz, sin duda, por otra más estética. El ballestero rubio insistía en que no se puede trabajar de cualquier manera, que esas chapuzas resueltas con prisa son propias de la guerra, pero no era ése el caso. En aquella ocasión, dijo, tenían tiempo y espacio suficiente para hacer un trabajo fino.

La joven comenzaba a adentrarse entre los primeros árboles del tupido bosque. El camino tiraba hacia arriba de un modo constante, pero suave. Resultaba agradable caminar a esas horas de la mañana. A lo lejos oyó el retumbar de un tropel de caballos que se acercaba. Sonrió. Justo a tiempo. Tal como había previsto.

El ballestero de ojos grises se informó de las costumbres del Lechón cuando salía de caza. Dónde montaba la tienda, en qué ocupaba el tiempo, dónde cenaba, cuándo se iba a dormir, qué rutinas seguía… Así supo que cada mañana, al amanecer, el Lechón acostumbraba a salir de su tienda, miraba hacia el horizonte, por donde salía el sol, y se comía una manzana mientras aliviaba la vejiga.

Cuando el grupo de jinetes llegó junto a Alina, el Lechón ordenó que se detuviesen. Una peregrina, sola y no poco agraciada en medio de la soledad del camino llamaba la atención. Inevitablemente requebró a la chica a propósito de su belleza. Alina respondió con una sonrisa melosa, quizá hasta sus mejillas se arrebolaron levemente. El Lechón vio el camino expedito y se lanzó a invitar a la chica a subir a su grupa. Puesto que iban en la misma dirección, podría ahorrarle unas leguas de pesado caminar. La joven aceptó agradecida. El Lechón sonrió goloso. Lo más difícil ya estaba hecho. El día de caza se presentaba incierto. Sin embargo, la noche prometía compensar cualquier fatiga.

Juan Mayo, aunque no sabía con certeza de dónde venía, tenía en su mente la imagen de un joven gorrino, ensartado en un espeto que le entraba por el hocico, rostizándose sobre las ascuas. Con una manzana en la boca. Y ése era el fundamento su plan.

Cuando el Lechón abandonase la tienda de madrugada, con la manzana en la mano y el sol dándole en pleno rostro, dispuesto a mear, él dispararía la Barret desde una frondosa encina añosa, que lucía arrogante en línea recta con el claro donde la tropa de truhanes montaba el campamento. En el momento en que mordiese la fruta, un virote atravesaría la manzana y la cabeza, y asomaría por la nuca. Moriría ensartado como el cochinillo de sus sueños, con la verga hecha un pingajo en su mano.4

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