Acción operativa ©

MendigoBuenaventura Moreno leía el periódico mientras tomaba el café de la mañana en la Bodega Saiz, y en la sección Madrid encontró la noticia que buscaba. Leyó con agrado los efectos de su acción. Así le gustaba llamarlo, “la acción”. Buenaventura acumulaba ya varios trienios como jubilado y no le dejaban militar activamente en su sindicato de siempre, la CNT. Pero su ánimo combativo se mantenía y desde los sucesos en aquel supermercado incluso se había acrecentado.
Paco, el legionario, jubilado y cabezota como el carnero de la Legión, subía por la calle Capitán Blanco Argibay a ritmo de desfile, porte marcial impecable, marcando el paso y levantando el brazo por encima de la cabeza, según las ordenanzas. Como cada día, se guiaba por el bordillo de la acera para mantener la línea recta y porque esa ruta solía estar despejada, sin transeúntes. Paco vivía en una casa antigua del Paseo de la Dirección y allí comenzaba el ejercicio diario. “Mariconadas” decía, cuando le hablaban de Taichí, Pilates y gimnasia de mantenimiento. En la Bodega Saiz le esperaba Buenaventura.
– Buenas –saludó Paco y se sentó con Buenaventura-. ¿Ya sale? –dijo, señalando el periódico.
– Dicen que parece algo organizado. No te jode, los lumbreras éstos. Lo que pasa es que no les cuadra esta forma de actuar. Ni quién puede estar detrás manejando todo el tinglado. También, en nota aparte, apunta un listillo pedante de no sé qué ONG, que tal vez ha llegado la hora de que los invisibles se dejen ver.
– Otro que se quiere subir al carro cuando ya ha echado a andar.
– Ha llamado Patricia, la encargada del supermercado. Que nos pasemos esta tarde. Tiene unas cajas preparadas para la cena de hoy.
La operación comenzó sólo dos semanas antes. También en ese bar, mientras leía el periódico. Buenaventura quería aparentar que ya no se enfadaba mucho cuando veía las noticias. Decía que total, para lo que le quedaba en el convento… Pero sus compañeros de partida sabían que no era así, y también habían notado que la cosa era peor desde que había vuelto a hablar con su hijo Paulino. Tal vez, pensaban, todo esto lo había organizado por él. Y por su hermana Lucía.
Cuando el asunto del supermercado volvieron a hablar después de muchos años. Fue Paulino quien superó la vergüenza y se dirigió a su padre después de soltarle en la comisaría. Resultó algo sobrio, casi el “como decíamos ayer” de Fray Luis de León. Con un “qué tal, chaval, cómo te va” quedó resuelto el trámite. Paulino dijo que a sus años no iba a volver a casa de sus padres, a vivir de su pensión, que se quedaba en la calle y que seguiría viviendo como hasta entonces. Y Buenaventura, que le parecía bien, si eso es lo que él quería. Y que no le diría nada a su madre. Lo que sí que había cambiado es que ahora de vez en cuando fumaban juntos en el parque.
Allí fue, mientras acababan unos cigarros, cuando Buenaventura le dijo que necesitaba su ayuda para un asunto que estaba preparando. Su ayuda y la de unos cuantos mendigos y vagabundos más. Él se tenía que encargar de buscarlos. La paga iba a ser cena caliente para todos mientras durase la operación. La calidad estaba asegurada porque Rosa se encargaba de cocinar. A cambio los vagabundos tenían que hacer lo de siempre, dormir en la calle, pero donde Buenaventura les indicase. Por lo demás, todo normal, cartones, mantas, bolsas con sus pertenencias, el procedimiento habitual. Lo único, que procurasen ser menos cuidadosos con el asunto de la higiene, vamos que hiciesen sus necesidades allí mismo, sin ningún reparo. Total, la noche siguiente seguro que ya estaba todo limpio otra vez.
Buenaventura habló con Patricia, la encargada del supermercado, para ver si les podía dar esas cosas que caducaban. Algo puntual, que no quería meterla en líos. La encargada no preguntó para qué, pero dijo que sí, que algo podría hacer. Desde el asalto al supermercado había entre ellos una curiosa amistad. Luis, el comisario, le había dicho a Salva, su padre, que le tenían que estar agradecidos a Patricia. Y fue Buenaventura el que fue a agradecérselo en nombre de todos.
Por su parte, Cicerón Grillo, que no sabían cómo se acababa enterando de todo ni de dónde sacaba el dinero, le pasó un día a Buenaventura un sobre con algunos cientos de euros.
– Para lo vuestro –dijo-, que algún gasto extra llevará. Digo yo. Y ya sabes, a mandar, para lo que haga falta.
Y algún gasto extra sí que había, claro. Lo gordo del asunto, se saldaba con una cena, pero luego hacían falta especialistas y había que motivarles de otra manera. Y eso tenía sus gastos. Además, para animar a las tropas, Paco, que supervisaba las cenas, había decido dar también un vasito de Soberano al final, y el brandy no estaba subvencionado. A Buenaventura le pareció bien, además un poco de alcohol agudizaba el ingenio y algún durmiente que había pillado por dónde iba la cosa, comenzó a hacer pintadas alusivas en sus cartones: “yo también trabajaba aquí”, “como me ves, te verás”, y cosas por el estilo. Alguno más, animado por el ejemplo, decoró sus cartones, aunque sus mensajes no tuviesen mucho que ver con el objetivo del asunto, como aquel que pedía “una limosna para putas”.
Desde el primer día, Buenaventura dispuso que siempre hubiese un mendigo abriendo la puerta de la tienda a los clientes, como en el Dia. El problema es que la clientela del negocio no lo acababa de ver bien, e incluso se apartaban del portero, como si les fuese a saltar alguna pulga. Que bien podría haber pasado, porque para ese cometido Paulino, instruido por su padre, los buscó especialmente desaliñados. Los clientes, y en especial las clientas, comenzaron a quejarse y las tiendas pusieron vigilantes de seguridad en las puertas. Buenaventura ya lo había previsto, y los porteros se tuvieron que ir, pero llegaron los punkis trasnochados con sus perros, sus flautas y la jarana habitual. Y además de música ofrecían procaces piropos a la clientela, sobre todo a las mujeres, pero tampoco se libraban los estirados machos que frecuentaban el local. Buenaventura insistió en que no hubiese discriminación en ese tema, no fuesen a tener problemas con el Ministerio de Igualdad. Los punkis pillaron perfectamente por dónde iba la cosa.
Esto sucedía en la acera y allí el vigilante de la tienda no podía hacer nada. Alguna vez llamaron a la Policía Local, pero entre las luces azules de los coches, las sirenas y el follón que se montaba cuando pedían los papeles a los chavales, prefirieron dejarlo como estaba. Además siempre acababan volviendo con sus perros y sus flautas. Periodistas, y tertulianos en general, ya habían deducido que algo tenía que haber detrás, porque tales hechos sólo se producían en las tiendas de una conocida y exclusiva marca de ropa. Sonaba a boicot.
Dos semanas después Buenaventura y Paco preparaban los sucesos de una noche que iba a ser la última de esta aventura. Sus compañeros de dominó también estaban ese día aunque no habían querido participar en esta ocasión. Salva, ex guardia civil y padre del comisario, no quería poner en un compromiso a su hijo, por más que hubiese traicionado al Cuerpo y se hubiese hecho Policía Nacional. “Cobran más”, había dicho. Por eso llamaba a su hijo el mercenario.
Don Joaquín, el párroco, tampoco iba esta vez, pero puso a disposición de Buenaventura los locales de la parroquia, si era necesario. Lo cual equivalía a bendecir el plan. Y también un grupo de la JOC que, como irreductibles galos, aún perduraba en esa parroquia por empeño personal de Don Joaquín y a pesar del Obispo. Éstos se habían encargado de pintar las pancartas. Buenaventura les había proporcionado algunas frases sacadas del periódico Rojo y Negro, que “algo tendrán que aportar esos blandengues de la CGT”, dijo. Del resto se encargaron los de la JOC que tenían iniciativa de sobra para estos asuntos. Y mala leche, si llegaba el caso.
Al final Don Joaquín también les dejó una sala de la parroquia, y las mesas y sillas plegables del festival de Navidad, para que pudiesen cenar más cómodos. Este despliegue de medios no pasó desapercibido y algún periodista le preguntó quién estaba detrás de todo el plan. Él insistía en que no sabía nada de planes y que si había quien se ocupaba de dar de comer al hambriento, virtud muy cristiana, él no iba a preguntar por qué lo hacía. A Rosa tampoco pudieron sacarle nada y hábilmente se defendía enrocándose en sus pucheros:
– Quite, quite, que me se queman los pimientos –decía al periodista, o el arroz, o lo que ese día tocase-. Yo ya lo diría si lo sabría –Rosa era de Burgos.
El último día Rosa había preparado patatas con costillas. Y de postre Patricia había llevado unas tartas con una fecha de caducidad muy justa. Fue a llevarlas personalmente porque quería ver cómo funcionaba aquello. No porque la acción, que decía Buenaventura, le interesase mucho, que ella era bastante escéptica con esas cosas, sino para ver en qué estaban metidos esos abuelos, por si acaso en el futuro le pedían más favores.
– Doña Rosa, las patatas cojonudas –Eusebio, zalamero y gentil, todos los días felicitaba a la cocinera-. Esto es lo que comen los domingos en el cielo.
Después del postre, mientras repartían la copa de brandy, Paco expuso el plan para ese día. Dejó claros todos los pormenores, insistió en que cuando llegase la tele, si llegaba, tenían que sacar las pancartas y montar un poco de jaleo para que les enfocasen. A continuación, repartieron otra ronda de Soberano, para infundir valor a la tropa, dijo Paco. Para la parte más complicada del plan tuvieron que recurrir a Cicerón Grillo, porque Buenaventura no se veía capaz de encontrar los medios necesarios. Cicerón, como esperaban, dijo que sí, que vale. No hay problema.
Y llegó la hora. Las tiendas acababan de cerrar, pero todavía había muchos transeúntes por las calles. Además, por ser noche de sábado, el tráfico todavía era bastante intenso en esa calle del centro. Un coche que frena cuando el semáforo se pone amarillo. El de atrás no lo espera porque eso no lo hace nadie y choca con él. Otro que venía de frente se queda mirando y el que va detrás también choca. Los conductores salen, discuten acaloradamente. No se ponen de acuerdo. Alguien llama a la Policía Municipal. En cinco minutos la importante calle comercial ha quedado cortada. El atasco se prolonga en ambos sentidos afectando a otras calles adyacentes. El mismo suceso, con ligeras variantes, según la situación, se repite en otras zonas de Madrid. Casualmente siempre delante de alguna tienda de la conocida marca de ropa. La noticia llega a los medios, que con presteza relacionan la coincidencia del suceso, los vagabundos y la cadena de tiendas. Envían sus unidades móviles, e incluso alguna tele hace una conexión en directo.
El domingo por la mañana Buenaventura estaba de nuevo en la Bodega Saiz, con el café y el periódico. Paco entró saludando a la clientela, también al Cedulario que salía en ese momento, aunque a éste de mala gana, por compromiso.
– ¿Contento? – Paco se sentó con Buenaventura, que le saludó con un breve movimiento de cabeza-. ¿Qué dicen los papeles?
– Lo esperado. Han relacionado todo el asunto con las declaraciones del presidente de la cadena de tiendas.
– Cuando dijo que esto se arregla trabajando más y cobrando menos… –recordó Paco.
– No, eso lo dijo el otro. Éste dijo que había que despedir más y pagar menos. Lo de siempre.
– Como a tu hija Lucía.
– Eso mismo.
– Pero eso fue hace mucho tiempo.
– Ya lo había olvidado. Pero todo volvió cuando le vi en la tele, el día que le hicieron presidente de no sé qué y también se apuntó a dar su solución para todo esto. La solución está en despedir… –Buenaventura se quedó en silencio, pensando-. Como a Lucía, que la mandó a casa porque decía que su estética no iba con la imagen de la marca. Dos duros y a casa.
– Tú sabes que tu hija pagó lo que no pudo cobrar al padre.
– Lo sé. Conmigo no pudo y a la primera ocasión se vengó en mi hija.
– He visto salir al Cedulario –Paco cambió de tema porque dar más vueltas a lo que no tenía solución no llevaba a nada.
– Ya. Ha estado hablando conmigo.
– ¿Contigo? –Paco miró a Buenaventura extrañado. Sabía que esos dos no trillaban juntos-. ¿Qué quería?
– Hacerme un encargo. Que si montábamos algo parecido a lo de los mendigos, pero esta vez contra un banco. Parece que hay quien paga bastante dinero.
– Habrás dicho que no.
– Claro; que nos viene grande, y que no lo hemos hecho por dinero. ¿Sabes que me ha dicho? Que él sí que lo haría por dinero, pero que también a ellos les viene grande.
– ¿A ellos? ¿A quién se refiere?
– Supongo que al Patio de Monipodio.
– Ésos son unos julandrones desarrapaos.
Cicerón Grillo estaba en la cochera donde pasaba gran parte del día trajinando con algún cachivache viejo. Esta vez una cafetera. Sonó el móvil, descolgó y escuchó una voz muy conocida.
– ¿Guanaco?, soy Luis Pascual.
– Hombre, comisario, ¿qué hay de bueno?
– Mi enhorabuena por lo de anoche, aunque oficialmente no lo pueda apoyar.
– Ya sabes que yo no tuve nada que ver.
– Tú nunca tienes nada que ver. Espero que todos los coches tuviesen seguro.
La risa de Cicerón Grillo sonó como una afirmación, pero no dijo nada.

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