Capítulo 1

Cecina de León

  • Un tiro en el cuello.

El que lo afirma es un policía joven, bisoño, recién salido de la academia.

  • Pues las manchas de sangre no salen –observa su compañera, veterana del cuerpo-. Ciento cincuenta euros de camisa a la basura. Sin contar la corbata.
  • Seguramente es su mayor preocupación en este momento –argumenta con sorna su compañero.

Los dos policías observan a distancia el cadáver después de haber acordonado la zona. Sólo son patrulleros esperando a que llegue la autoridad competente y el grupo de homicidios, la científica y todos esos expertos que con habilidad y suerte resolverán el crimen.

  • Buenos días –saluda el comisario Luis Pascual, con las solapas de la chaqueta levantadas por el frío-. No está la mañana para andar por ahí en un descapotable –comenta, observando el coche en el que han encontrado el cuerpo, un modelo ostentoso.

La cabeza del cadáver cae sobre su pecho, inclinada hacia la derecha, dejando claramente a la vista el orificio de bala en el lado izquierdo del cuello. El cinturón de seguridad ha cumplido con su misión e impide que el cuerpo se vaya hacia adelante.

  • Ya sabe usted, para presumir hay que sufrir –señala la policía veterana.
  • Por lo menos esta vez no es un cura. O eso parece –murmura para sí Luis Pascual.
  • ¿No lo reconoce? –pregunta sorprendida la policía-. Se trata de ese famoso economista. El que sale todos los fines de semana en las tertulias de la tele.
  • Yo no veo esas cosas –replica Luis Pascual, un punto molesto, como si la sola duda ofendiese-. Le debía de ir bien –añade, señalando de nuevo el vehículo.
  • Un experto en la crisis.
  • ¿Cuál de ellas?

El comisario rodea el vehículo, sin tocar nada, se agacha y mira debajo.

  • Supongo que ni casquillos ni arma –añade.
  • A primera vista nada –responde el policía joven-. Pero tampoco hemos buscado mucho. Sólo la tarjeta sobre las piernas y otro agujero en el asiento del acompañante.

Su compañera le observa orgullosa. Ella no se había fijado en ese detalle. Quizá de algún modo lo ha adoptado y desea para él un futuro de éxito en el cuerpo.

  • Bien visto, chaval –apunta el comisario-. ¿Y qué cree que significa? Porque el disparo del cuello parece que fue a bocajarro.
  • No lo sé –el joven se ruboriza levemente.

Luis Pascual sonríe irónico y se centra en la tarjeta. Destaca un texto escrito a mano. El comisario se ajusta las gafas y se agacha para examinarlo.

  • “Cualquiera que sea el mal que puedan hacer los malos, el mal que hacen los buenos es el más nocivo de todos los males” –lee entre dientes-. Esto no pinta bien.
  • La cita es de Nietzche –el joven policía no consigue superar la timidez ante su superior-. De Así habló Zaratustra.
  • Parece que ha hecho algo más que custodiar el cadáver –comenta, mirando al policía, que no puede evitar sonrojarse de nuevo.
  • Dile lo de la ficha –le incita su compañera.
  • ¿Qué pasa con la ficha? –inquiere el comisario.
  • No, nada importante, lo más seguro. Sólo que ese tipo de tarjetas, de 12 por 17, con la parte superior separada por una línea roja, ya no las utiliza casi nadie. Mi padre y algún otro nostálgico de su generación. Además suelen asociarse al mundo universitario, doctorandos, investigadores… La época previa al Access y demás bases de datos informáticas.
  • Ya, una reliquia. Quiere decir que limitaría bastante el perfil del sospechoso.
  • Puede ser.

En ese momento llegan los de homicidios y también el grupo de la científica.

  • Dejémosles a ellos, que son los que saben –indica Luis Pascual, acercándose para los saludos rituales.

El aroma a chacinas de todo tipo está consiguiendo que el estómago de Cristóbal despierte y, por fin, se deshaga ese nudo que lo ha atenazado durante toda la mañana. La presencia del comisario Luis Pascual, en persona, en la puerta del Patio de Monipodio, preguntando por él, no ayuda a tener un buen despertar. El propio cancerbero con voz de cerrojo y rostro atravesado de mala leche, no fue capaz de replicar, ni siquiera disimular, ante la requisitoria del comisario.

  • Quiero ver a Cristóbal –dijo, como si ordenase-. El cofrade mayor –aclaró.
  • Espere aquí. Le aviso –balbuceó el portero. Sin una queja.

Cristóbal ha repasado la cuestión mientras llegaban a la nave de Jamones El gorrino zen. Reconoce que alguna vez se permitió confiar en que el comisario desconociese la verdadera ocupación del Patio de Monipodio. Sin embargo, admite que no lo consideraba probable. Cicerón Grillo ya le había hablado de Luis Pascual, un hombre pragmático, pero que desde luego no era imbécil. Por eso no quiso discutir, ni disimular, cuando le dijo que lo acompañase.

La nave de embutidos se sitúa junto a esa especie de ciudad fantasma que construyeron cerca de Illescas, en la época de la locura inmobiliaria. Cristóbal, profesor de filosofía jubilado, después de una extensa carrera como docente y director en un colegio de jesuitas, trata de ubicar el componente zen de la marca en medio de aquella verticalidad de chacinas diversas. Quizá se halle en la crianza del gorrino.

La mente del profesor se ocupa de esos asuntos mientras espera que alguien le cuente qué pinta allí. Lo único que el comisario le ha dicho durante el viaje es que ya se lo explicará quien tenga que explicarlo.

Atraviesan la amplia nave siguiendo a un personaje de porte marcial, fuera de lugar entre profesionales del jamón, que hasta el momento se ha ocupado de conducir el coche que les ha llevado a ese lugar y de no abrir la boca durante el trayecto. Llegan a los vestuarios. Cristóbal camina detrás del comisario. Atraviesan un pasillo flanqueado por filas de taquillas, y en la zona de duchas el hombre silencioso abre la puerta de un armario metálico. Detrás surge un corredor. Desde allí acceden a un ascensor que comienza a bajar. Una sola planta, aunque el viejo profesor observa que los botones llegan hasta el -3.

Cristóbal no sabe qué le espera, pero descubre una amplia sala rectangular con pinta de biblioteca donde una veintena de aplicados lectores se ocupan en sus textos y ordenadores. El profesor se fija en uno (camisa de logo, jersey sobre los hombros anudado por delante y melena aznariana), que subraya párrafos del Rojo y Negro, el periódico de CGT, con un rotulador fosforescente, sonriendo fanático ante cada texto entregado al anatema. Tres paredes están recubiertas de estanterías llenas de libros, carpetas y dossiers de diversos tamaños. La cuarta alberga exclusivamente despachos. El hombre silencioso les guía hasta uno de ellos. En la puerta acristalada pone Director, sin nombre. Golpea suavemente en el vidrio.

  • Adelante –responde una voz a través del cristal.

Luis Pascual abre y cede el paso a Cristóbal, que no puede disimular una mueca de disgusto al reconocer al Director.

  • No sé de qué se trata, pero si tú estás implicado no me interesa –afirma Cristóbal a modo de saludo y despedida, dándose la vuelta para salir.
  • Creo que no tienes opción. Va con el cargo de hermano mayor –responde el otro.

Cristóbal no necesita más para comprender las normas de ese encuentro. La palabra que lo define es chantaje; sin embargo, supone que el Director utilizará un lenguaje más alambicado para explicarlo.

  • Al margen de lo que digan los estatutos de la mayoría de las cofradías sobre las funciones del hermano mayor, que, al fin y al cabo, no son más que un elenco de afirmaciones jurídicas, copiadas y repetidas mil veces, el cofrade principal del Patio de Monipodio es mucho más que el chivato del Obispo. Yo también leo y conozco la obra de Cervantes. Además deduzco que, por tu peculiar sensus moralis, eres especialmente celoso en el cumplimiento de tus obligaciones. Y en ningún caso estarás dispuesto a dejar a los tuyos al albur de las decisiones policiales. Que ya te puedo asegurar que la presión de la ley será intensa, a pesar de que hasta ahora se haya hecho la vista gorda –afirma el Director acusando al comisario con la mirada.
  • Ya –asiente Cristóbal-. Te sigue sobrando retórica.

Luis Pascual calla, dejando claro que también cumple órdenes, y que si está allí no es por gusto propio.

  • ¿Entonces? –pregunta del Director, amoscado, tratando de mostrarse conciso.
  • Entonces habla y di qué quieres.

El Director sonríe satisfecho.

  • Con un poco de buena voluntad quizá llegues a apreciar el valor de este trabajo. Se adapta perfectamente a tus intereses: la filosofía y la calle –hace una pausa; tal vez espera una respuesta de Cristóbal que no llega-. Antes de nada debe quedar claro que todo esto es confidencial. Tanto el lugar como el motivo de esta conversación.

Cristóbal asiente en silencio.

  • Desde la caída del muro de Berlín hay un interés especial en evitar espectáculos tan molestos para el statu quo como la Ilustración, el marxismo, Mayo del 68, etc. Se trata de prevenir el resurgir de las ideologías para erradicar la inestabilidad, el caos y en último término, la revolución y consiguiente anarquía. Estarás de acuerdo conmigo en que el valor supremo que ha de ser preservado a toda costa es la paz.
  • La paz de los mercados –afirma Cristóbal, que comienza a vislumbrar de qué va el asunto.
  • A eso me refiero –replica airado el Director-. A ese tipo de demagogia populista que deviene en acampadas de perroflautas como el 15-M, y acaba degenerando en partidos que cuestionan, y amenazan, el orden social establecido.
  • Y la democracia constitucional.
  • Me está cansando tu ironía. Espero de ti una actitud más positiva. Ya sabes lo que está en juego.
  • Está bien, continúa.
  • Como te decía, después de la victoria de la Libertad, con mayúsculas -acentúa el Director-, sobre el comunismo soviético, la mayor parte de los países occidentales se comprometieron a crear sus propios grupos de seguimiento de las ideologías. En España se encarga el DPS, Departamento de Pensamiento Subversivo. Algunos países, más radicales, propusieron soluciones definitivas. Sin embargo, considerando el fracaso del caso Sócrates, que dicho sea de paso, fue una chapuza, se decidió seguir una política sagaz, fundamentada en la astucia, la sutileza y la discreción. Así hemos conseguido desactivar las ideas pre-revolucionarias sacando la filosofía del currículo educativo, reduciendo su espacio a un rincón testimonial y estético marcado con la etiqueta de tostón. También estamos empeñados en anular la posibilidad de todo pensamiento desde la programación televisiva, que como tú ya sabes, lo que dice la tele va a misa. Queda por ahí algún reducto friky como La 2, pero no lo ve nadie, a pesar de lo que se diga. En lo que a prensa se refiere, juzga tú mismo. Pero no quiero ser prolijo. Y si a pesar de todo, alguna idea peligrosa atraviesa los filtros, se procede a desactivar su potencial subversivo transformándola en un producto de mercado, mediante el oportuno merchandaising que plasma sus eslóganes en camisetas, tazas, etc.
  • ¿A eso os dedicáis aquí? –pregunta Cristóbal señalando el pequeño grupo agachado sobre textos de todo tipo, o con la mirada fija en la pantalla de múltiples ordenadores.
  • Básicamente ése es nuestro trabajo.
  • Y todo eso, ¿qué tiene que ver conmigo? Yo ya me jubilé.
  • Te lo explicará el comisario.

Luis Pascual, que había permanecido al margen hasta entonces, intentando disimular su hastío y desagrado, comprende que le toca hablar.

  • Hace unos días se produjo un asesinato. Un economista, Ernesto Salinas, habitual de las tertulias televisivas. Sobre su cadáver dejaron una nota con un texto de Nietzche: “Cualquiera que sea el mal que puedan hacer los malos, el mal que hacen los buenos es el más nocivo de todos los males”. Nuestros expertos sospechan, por la nota, que podría ser el primero de una serie de crímenes. Comenzamos a trabajar sobre la eventualidad de un asesino en serie. Hasta ahí, todo normal, dentro de la peculiaridad del trabajo policial, más aún en estos casos. Sin embargo, la nota, por su contenido filosófico, provocó que interviniese el DPS. Y aquí estamos –concluye con resignación.
  • Y yo, ¿qué pinto aquí?

Luis Pascual mira al Director, como preguntando a quién le toca responder. El Director le indica con un gesto que siga él.

  • En el DPS consideran, como primera hipótesis, que detrás pueden estar esos grupos anarquistas residuales.
  • Intelectualoides con pretensiones.

El Director al parecer no aprecia suficiente convencimiento en las palabras del comisario, y siente la obligación de intervenir.

  • Como tú ya sabes, la propuesta de Nietzche acerca del superhombre fue utilizada como argumento por el nazismo. Pero paradójicamente, su afirmación de que el Estado conculca la verdadera libertad de los hombres es afín al ideario anarquista. Además la proposición “el mal que hacen los buenos es el más nocivo de todos los males” nítidamente se postula como una sentencia prerrevolucionaria. Y hasta tú sabrás que en los últimos años se observa un resurgir de estos grupos, con acciones cada vez más violentas. Habrás oído hablar de las bombas que colocaron en un confesionario de la catedral de la Almudena y en la basílica del Pilar –añade fijándose en Cristóbal.
  • Hombre, por lo que leí en los periódicos… -responde escéptico el profesor jubilado.
  • Así se empieza –interrumpe el Director-, igual que el porro lleva a la heroína. La escalada violenta de estas células es manifiesta. Personalmente veo claro que detrás de este asesinato hay un anarquista. Y ya se sabe que ésos, mucho discurso libertario, pero siempre actúan como organización.
  • Pues si ya está claro, me puedo ir –insiste una vez más Cristóbal.

Luis Pascual no puede evitar media sonrisa de apoyo al viejo profesor. El Director se levanta de su sillón y, apoyándose amenazadoramente en el borde de la mesa, se enfrenta a él.

  • Vale ya. No podemos detener a todos esos libertarios. Además tampoco tenemos un registro completo. Muchos de ellos continúan rechazando la nueva tecnología y no utilizan móvil, ni Facebook, ni por supuesto WhatsApp, y así es imposible seguirles el rastro. Necesitaríamos cientos de agentes de campo para controlar a todos los sospechosos. Y nuestro presupuesto es limitado –reconoce con pesar-. Tu obligación, ya que te mueves con tanta soltura en la calle, será ayudarnos a identificarlos.
  • ¿A todos? ¿O sólo al asesino?
  • Eso lo juzgarán mis agentes. Tú vete pensando cómo entrar en ese mundo rancio de pensadores revolucionarios.

El Director descuelga el teléfono y marca un solo número. Luis Pascual y Cristóbal intuyen que se trata de una llamada interna.

  • Avisa a Leyve y Sánchez –ordena a través del aparato.

Apenas un minuto después entran en el despacho los dos agentes. El Director hace las presentaciones oportunas.

  • Él es Leyve y ella Sánchez. A partir de este momento trabajarás con ellos. Espero recibir noticias tuyas, todas buenas, y no volver a verte.Un anhelo mutuo –afirma
  • Cristóbal saliendo del despacho.

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