Capítulo 1

– Yo he matado a Quintanapalla.
– Lo suponía.
– Ahora ya lo sabes. Te lo digo para que no me delates. Te obliga el secreto de confesión.
– ¿Te arrepientes?
– Por supuesto. Sé que ése es un requisito necesario para obligarte al silencio. Yo también soy cura.
– Sin embargo, creo que no es un arrepentimiento sincero.
– Ayala, déjate de interpretaciones. Si miento en esto cometo sacrilegio, pero ése es mi problema. Tú cumple con tu obligación: fíate de lo que te digo, absuélveme y cállate. Para siempre.

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Pablo Quintanapalla acababa de morir. Había vivido 99 años. El tañido de la campana lo anunciaba al resto de la comunidad. El cadáver lo encontró el superior, el Padre Ayala, preocupado porque Quintanapalla no había bajado a Laudes por primera vez desde que llegó a esa casa. Eso sucedió mucho tiempo atrás. Montalvo, médico además de sacerdote, certificó su muerte. Algo tan habitual en esa casa, que no alteraba la rutina cotidiana.
Un día después, en la homilía de las exequias, el Padre Provincial destacó el espíritu misionero de Pablo Quintanapalla: “Desde su estancia en el Seminario de Villafranca del Bierzo manifestó su deseo de marchar a las misiones cuando se ordenase. Y Dios le permitió vivir su vocación en Filipinas. Allí aguantó durante la Segunda Guerra, sufrió la invasión japonesa de la isla y fue hecho prisionero; pero permaneció fuerte en la fe y en su misión de alentar a los otros presos del campo de concentración”. El Provincial desgranaba poco a poco las virtudes que adornaron la vida de Quintanapalla. Para finalizar el panegírico destacó que cuando ya con 80 años tuvo que volver a España, continuó transmitiendo a los más jóvenes su espíritu misionero. Todos habían podido escuchar numerosos sucesos y ocurrentes anécdotas de esa época.
Después de tantos años, y de tanto relatar aquellos hechos, nadie dudaba que poco o nada tenía que ver lo que contaba con lo que en realidad había sucedido. Eso no lo dijo el Provincial en la homilía; tampoco que en los últimos tiempos, a causa de la vejez, fue perdiendo la cabeza y no siempre fue agradable el trato con él. No era el momento. Sí afirmó, a modo de conclusión, que todo el mundo le quería.
Todos no, pensó Ayala, sentado a la derecha del Provincial. Al menos había uno que no debía de quererle mucho y por eso le mató. En ese momento lo sabía con certeza; esa misma mañana el asesino se lo había confesado. Cuando Montalvo contó sus sospechas y le dijo que probablemente Quintanapalla había muerto envenenado, Ayala lo comunicó al Provincial. Éste prohibió comentarlo con nadie y decidió que quedase como una muerte natural. Ya era muy mayor y cualquier día le tocaba, de un modo o de otro. No tenía sentido airear esos escándalos. Montalvo, como médico y por el voto de obediencia, firmó el certificado de defunción. Y ahora el asesino estaba allí, delante de él, celebrando el funeral por su víctima. Ayala le miró con disimulo.
Después del funeral, la señora que hacía la limpieza en la casa entró en el cuarto de Pablo Quintanapalla para recoger sus escasas pertenencias y dejar la habitación libre. Le acompañaba el hermano Miguel Carranza, conocido como Miguel Cerulario en referencia al insigne protagonista, junto al Papa León IX y su legado Humberto de Silva Cándida, del Cisma de la Iglesia Oriental en el año 1054. El cismático había sido mercader de cera y Carranza, como sacristán de la parroquia, se encargaba de reponer las velas en los lampadarios del templo. Las velas y la coincidencia de los nombres fueron suficientes para que sus compañeros, con retorcido humor clerical, le apodaran Miguel Cerulario. También tenían en común un fuerte carácter y una marcada aversión a someterse a la autoridad. Por ese motivo a Miguel Carranza no le permitieron ordenarse sacerdote. Le hubiese gustado plantar cara como su tocayo en el siglo XI, pero este Miguel no tenía las espaldas tan cubiertas como aquél y tuvo que acatar la decisión de sus superiores, y se quedó como hermano: pertenecía a la Congregación, pero no era sacerdote. Recordó la sentencia de El Espartero: “más cornás da el hambre”, y más duro era labrar la tierra. Si hubiese tierra que labrar, que no era su caso.
Carranza, hombre enjuto, de rostro duro, como tallado a hachazos, permaneció en la congregación, pero el rencor por lo que él consideraba una injusticia nunca desapareció y su carácter fue cada día más hosco y silencioso. No era un buen compañero, pero tampoco molestaba mientras no se discutiese con él.
La señora de la limpieza tenía prisa y quería acabar pronto para ocuparse de la cocina, donde también ayudaba. Los padres mayores solían tener pocas pertenencias y avanzaba a buen ritmo, guiada por la rutina. En el cuarto de baño recogió y tiró el cepillo de dientes, el peine, dos frascos de colonia barata, regalo de alguna feligresa. La máquina de afeitar eléctrica, un modelo antiguo que todavía funcionaba, la dejó en la mesa de la habitación donde Carranza revisaba las cosas que pudiesen tener algún valor.
Miguel Carranza se ocupaba de la estantería con un par de docenas de libros. Los cuatro tomos del Libro de las Horas, una Biblia de Jerusalén y otra Nacar-Colunga, La vida de Jesús de Martín Descalzo. El hermano sonrió cuando vio Camino de Escrivá de Balaguer junto a Eclesiogénesis de Leonardo Boff, y a continuación algunas encíclicas del Papa Juan Pablo II, seguidas de un par de obras de Jon Sobrino. Una colección realmente curiosa. Dejó los libros amontonados sobre la mesa. Cuando acabasen de examinar sus pertenencias los llevaría a la biblioteca.
Tres álbumes de fotos y otro con sellos, unos pocos recuerdos, una pequeña imagen de la Virgen y un viejo y pesado radiocasete Sanyo, que probablemente trajo de su estancia en Filipinas, completaban todas las posesiones de Pablo Quintanapalla. También una cajita forrada de terciopelo con una insignia de metal, oscura, con un águila grabada. A sus pies una esvástica, y coronando el conjunto, de perfil, un casco de soldado.
Ciertamente fue un hombre austero, pensó Carranza. En el cajón de la mesa encontró unas cuantas cartas. Y sobre la misma un bote con algunos bolígrafos y un abrecartas rematado en su parte superior con una imagen de Santiago Apóstol. Rdo. de Santiago de Compostela indicaba una somera inscripción. Pusieron todo en una caja. Igual que el rosario, confeccionado con huesos de aceituna, tan gastado por el uso que lo había remendado con hilo de cobre.
El armario empotrado de la pared se utilizaba como ropero. Carranza subió a una silla y examinó el altillo. Encontró una teja y dos bonetes, piezas en desuso del clásico traje talar que, sin embargo, los mayores conservaban. Tal como imaginaba, en la barra del armario colgaban un par de sotanas y una dulleta, abrigo contra el frío que se colocaba sobre la sotana. El resto del vestuario del padre Pablo lo componían algunas mudas, camisas, jerséis y pantalones. También cuatro pares de zapatos bastante ajados. Examinaron prenda por prenda. Apartaron lo más nuevo para llevarlo al despacho de Cáritas.
Carranza encontró una caja de cartón en el suelo del armario. Pesaba mucho. Para sacarla tuvo que utilizar ambas manos. La colocó sobre la mesa y examinó su contenido. La inscripción del lateral llamó su atención: “Marshall Plan”. En el interior halló un paquete envuelto con un viejo trapo que fue blanco y rojo y ahora presentaba un aspecto roto y sucio. Una tela no podía pesar tanto, por eso continuó revolviendo en el interior de la caja. Sacó el fardo de tela y con cuidado lo desplegó. Se dio cuenta, asombrado, de que delante de él había una antigua bandera de Japón. Ocultaba un baúl metálico cuadrado, de unos treinta centímetros de lado. Los costados completamente cubiertos de dibujos y signos orientales. Chinos o algo así, pensó Carranza. La parte superior parecía un tablero de ajedrez. Sin embargo, en vez de escaques descubrió pequeñas piezas móviles, cuadradas, también de metal. Cada una de ellas con un símbolo grabado. Parecían caracteres de algún alfabeto oriental. Contó ocho casillas por lado, es decir, sesenta y cuatro en total, como el tablero de ajedrez, o damas. Sin embargo, faltaba una de las piezas.
Consideró aquel descubrimiento algo realmente asombroso. Llevado por la curiosidad intentó abrir la caja, pero no lo logró. Examinó más detenidamente los costados, buscando algún pestillo o cerrojo que permitiese acceder a su interior; fue en vano. Inspeccionó detenidamente la parte superior de la caja y oprimió cada una de las piezas. No consiguió nada. El baúl no se abría. Mientras tanto la señora de la limpieza, poco interesada en las cosas de un cura viejo, continuaba con su trabajo intentando acabar cuanto antes para seguir con sus labores habituales. Además casi eran las doce de la mañana. Tenía que bajar a la cocina.
Carranza continuaba dando vueltas al extraño objeto, buscaba algún resorte oculto que le permitiese desvelar su contenido. Ya estaba convencido de que la caja, cofre, baúl, o lo que demonios fuese, -Miguel Carranza había perdido la paciencia- contenía algo en su interior. Al mover el artilugio percibía un leve ruido. Eso aumentaba su deseo por descubrir el secreto tan celosamente guardado. Cada nuevo fracaso afectaba negativamente a su paciencia y a su humor.
La señora de la limpieza percibió la irritación del hermano, y como ya eran casi las doce dijo que se iba a la cocina. Carranza, obsesionado con el descubrimiento que no llegaba a culminar, no prestó atención. Continuaba abstraído buscando la forma de abrir lo que ya le parecía una inexpugnable caja fuerte. En este momento examinaba de nuevo la tapa y cada una de sus piezas. En realidad, comprendió, no faltaba ninguna, como había pensado al principio, y el hueco libre podría formar parte del mecanismo de apertura. Esa especie de tablero con sus fichas móviles era similar a los puzles para niños que venían en las cajas de cereales. Su sobrino tenía uno, mucho más pequeño, con 16 o 20 huecos, pensó. Pero el sistema era el mismo. Una cajita de plástico con piezas que se van desplazando ocupando el hueco libre. Y la siguiente ocupa el espacio que ha dejado la anterior. Así, poco a poco, se lograba formar una figura. Nunca fue capaz de terminar ninguno, recordó cada vez más airado. No obstante, movió alguna pieza al azar y nuevamente trató de abrir el cofre. Nuevo fracaso. En un último y desesperado intento, tomó el abrecartas del Apóstol Santiago, lo introdujo en lo que parecía la ranura lógica por donde se tendría que abrir aquel artificio, apalancó con suavidad y,… nada. Un poco más enfadado, afirmó de nuevo la palanca en la angosta hendidura, apalancó con fuerza y logró romper la punta del abrecartas. “¡Joder!, ni con ayuda apostólica”, murmuró bastante enfadado. El cofre permanecía impasible guardando celosamente su secreto. Convencido de que no lograría abrirlo decidió rendirse. Comunicaría al superior el descubrimiento y que él se encargase.
En la habitación de Pablo Quintanapalla ya no tenía nada más que hacer. Las cartas, recuerdos y álbumes fueron a una caja. Normalmente preguntaban a los familiares si querían algo como recuerdo. En el caso de una persona tan mayor lo más probable era que no les interesase nada. Sus hermanos murieron tiempo atrás, y con los sobrinos apenas había tenido trato. Al funeral sólo asistieron dos en representación de la familia.
Carranza llevó la ropa al despacho de Cáritas, los libros a la biblioteca con los recuerdos y cartas, y finalmente volvió para recoger el misterioso cofre y enseñárselo al Superior.
Ese mismo día la señora de la limpieza dejaría la habitación lista para ser ocupada por un nuevo residente.

 

 

El 200 copas no era lo que se suele conocer como bar de copas. Tampoco entraba en el grupo de mesones y bares especializados en cañas y tapas. El 200 copas era la imagen de Pepe Montoro, su dueño. El nombre se lo daban los dos centenares de copas, ni una más ni una menos, que colgaban sobre la barra y que eran todas las consumiciones que Pepe estaba dispuesto a servir cada día. Cuando se acababan cerraba el bar, fuese la hora que fuese. Decía que con eso era suficiente y que le salían las cuentas. Alguien le dijo que por qué copas y no vasos, a lo que respondía, con buena lógica, diciendo que los vasos no se pueden colgar del techo, y sobre la barra ocuparían demasiado espacio.
Tenía seis taburetes en la barra y cinco mesas junto a las paredes. Cada una de ellas se distinguía de las demás por el poster que la presidía y daba nombre. La primera, Sin perdón, por la película de Clint Eastwood; otra, Abierto hasta el amanecer; la tercera, Air bag; en la cuarta mandaba un poster de Makinavaja, y en la última Guille, el hermano pequeño de Mafalda arrastrado por su madre hacia el baño hacía el signo de la victoria. La escena pertenecía a la conocida tira en la que el pequeño grita “¡¡Dije que no me voy a bañad y no me voy a bañad!!”. En la siguiente viñeta aparece arrastrado por su madre, camino la bañera, con los dedos índice y corazón en forma de uve. Ese detalle es el que reproducía el poster del 200 copas.
El bar era un retrato de Pepe Montoro. Se oía la música que a él le gustaba, ponía las tapas que él esperaba encontrar en un bar, casi siempre conservas y encurtidos: aceitunas, guindillas, mejillones, sardinillas. No necesitaba cocina y podía llevar el bar él solo. A cambio ofrecía, además de la cerveza, buena conversación. Eso decía. Y la música que se escuchaba normalmente era lo que Pepe llamaba música hispana clásica: Rosendo, Topo, Leño y otros de su generación. Con estos requisitos buscaba una clientela selecta, evitaba problemas y garantizaba agradables tertulias, que, al parecer, eran la clave del negocio.
Pepe Montoro era alto, de joven fue flaco y todavía le quedaba algo de melena, aunque sus gustos musicales, en ese momento, se manifestaban en la camisa que siempre llevaba por fuera de los pantalones. Debajo se adivinaban camisetas negras con logos ideológicos. Ese día tocaba un dedo corazón enhiesto.
A Martín y Alex, clientes habituales del local, les gustaba sentarse al fondo de la barra. Si quedaban taburetes libres.
– Otra vez está Malaquías con lo mismo. –Alex se mostraba bastante alterada, como cada año cuando se planteaba el tema de la renovación de su contrato en la Universidad.
– Que si fueses más amable con él te podría favorecer mucho, que tiene mano con el Rector… -Martín hablaba mirando la espuma de la cerveza, acodado en la barra.
– Lo de siempre.
– ¿Por qué no le denuncias por acoso de una vez y acabas con su carrera?
– Eso suponiendo que yo ganase, que ya es mucho suponer. Los cerdos como éste siempre encuentran lameculos dispuestos a hablar a favor de su imparcialidad, su honradez, su larga trayectoria en puestos de indudable responsabilidad; y nunca faltará el aspirante a mi plaza con pocos escrúpulos, dispuesto, o dispuesta, a jurar lo que sea necesario.
– Tendrás que conseguir tu plaza en propiedad para no depender de gente como él.
– Tienes razón. Tendré que acabar la tesis.
– Empezarla primero, ¿no? –Martín se volvió a mirar a Alex con media sonrisa irónica.
– Cuando encuentre un tema interesante.
– Difícil me parece.
Martín conoció a Alex en la Facultad de Ciencias de la Documentación. Él como alumno, ella como profesora. Sin embargo, tenían la misma edad. Martín quería obtener un título universitario y la opción de Biblioteconomía no le pareció mal. Algo influyó para decidirse por esta carrera su afición a coleccionar diccionarios raros. El criterio de rareza era muy flexible. Pero sobre todo se matriculó en la Universidad para que Ayala, superior de su comunidad, le dejase en paz. Ayala insistía una y otra vez en que aprovechase el mucho tiempo libre que tenía para estudiar, que nunca se sabe qué puede ocurrir.
– Te voy a enseñar algo –Martín buscaba en su móvil la carpeta de imágenes-. Otra sorpresa de un cura viejo que se ha muerto.
– ¿Cómo las cabezas de los jíbaros?
La chica se refería a la anécdota que Martín le contó tiempo atrás sobre el padre Salazar, misionero en Brasil que regresó a España al final de sus días, para morir en su tierra. Ya nadie lo recordaba. Cuando murió, la señora de la limpieza que recogía la habitación encontró una colección de cabezas humanas reducidas por los jíbaros. Los cabellos largos y negros, y los labios cosidos con una cuerda, aún no habían abandonado sus pesadillas.
– Esta vez es menos truculento. Al menos en principio. Se trata de una caja de metal que todavía no hemos sido capaces de abrir. Lo curioso del caso es que estaba envuelta en una bandera de Japón de ésas de las películas, el círculo con rayos rojos.
– La hinomaru, el círculo del Sol naciente. La bandera que dices, el círculo central y los rayos de sol partiendo del centro como los radios de una rueda, tuvo un uso exclusivamente militar en la Armada japonesa hasta la guerra. Desde entonces está prohibida por motivos evidentes: perdieron la contienda.
Martín miró a Alex con asombro. Ya hacía un tiempo que se conocían, pero seguía sorprendiéndole la cantidad de conocimientos que guardaba en su cabeza. Alex estudiaba las fotos en el móvil; en la pantalla de 3,2” resultaba difícil ver los detalles.
– La caja, como puedes ver, está recubierta de signos orientales. Y en la tapa tiene unas piezas móviles; supongo que es el mecanismo de apertura. Si alguien logra encontrar su posición correcta. De momento no lo hemos conseguido, pero al agitar la caja se oye un ruido ligero. Tiene algo dentro.
– ¿Has oído hablar alguna vez de las Himitsu-Bako? Creo que no –la cara de Martín decía que esa palabra no le sonaba de nada-. Son cajas de marquetería fabricadas en Japón. Comenzaron a hacerse en la región de Hakone-Odawara. La zona destaca por una gran variedad de árboles en sus montañas. Eso permitía a los ebanistas utilizar maderas con vetas y colores muy diversos, y así fabricar unos llamativos estuches. No obstante, lo auténticamente original está en el sistema de apertura: un rompecabezas que es preciso resolver para poder abrirlas. Sólo existe una serie válida de movimientos; por supuesto, no puede ser evidente. El mecanismo a veces se activa con un apretón suave en el lugar exacto, aunque habitualmente se necesita ejecutar la clave completa. Algunas, las más sencillas, constan de cuatro o seis pasos; sin embargo, Hiroshi Iwahara ha conseguido fabricar una que precisa 324 movimientos.
– Asombroso.
– Se usan como elemento decorativo básicamente. Por supuesto también sirven para guardar cosas: documentos, bisutería, joyas, si la casa tiene un buen sistema de seguridad añadido, etc. Como caja fuerte no son muy prácticas porque son obras de marquetería y de un buen martillazo se rompen. A mí me hubiese gustado tener una para que mis hermanos no cotilleasen mis cosas.
– La que tenía Quintanapalla es de metal y además muy resistente.
– Y parece que tiene algo que ver con Japón. Lo digo por la bandera –añadió Alex.
– La encontraron en la habitación del cura que se acaba de morir. Llevó una vida bastante peculiar para lo que se espera en un sacerdote. Estuvo prisionero en un campo de concentración japonés, después fue profesor de algún tipo de filología en la Universidad de Manila, finalmente volvió a España, viejo y un poco ido. Esto son hechos comprobados. Lo que viene ahora sólo rumores. Según cuentan sus compañeros de Filipinas, de vez en cuando desaparecía unos cuantos días, y nunca pudieron sacarle dónde había estado, salvo una vez que no tuvo más remedio que pedir ayuda. Llamaron a su superior desde la embajada porque Quintanapalla estaba retenido en Shanghai. La cara del superior te la puedes imaginar. Finalmente, con la intervención del Superior General desde Roma, lograron que el gobierno chino le permitiese salir. Pablo dijo que no conocía China y que en sus vacaciones podía hacer lo que le diese la gana; vamos que había ido de turismo. Algo poco creíble, pero no pudieron averiguar nada más. Y no es que fuese un personaje extraño. Habitualmente, según dicen, era un buen compañero, muy normal y abierto, salvo cuando alguien intentaba aproximarse a sus secretas desapariciones. Se cerraba en banda y respondía airadamente. Y nunca permitía que nadie entrase en su habitación. Suponían que eran secuelas psicológicas de su estancia en prisión, porque hasta la guerra había sido una persona encantadora. Esto es lo que he podido averiguar preguntando a los pocos compañeros suyos de esa época que todavía continúan con vida. Ya sé que es una hipótesis peregrina, pero se me ocurre que tal vez este objeto tenga algo que ver con su extraño comportamiento. Según todos los indicios está relacionado con la guerra, pero nadie lo había visto jamás ni sabía que Quintanapalla lo tuviese en su cuarto.
– Muy interesante –ahora era Alex quien estaba impresionada-, aunque tal vez no sea nada. Puede que contuviese algo importante y ya lo sacase Quintanapalla, o puede que no. La solución está en abrirla, si encuentras la manera. Pero reconozco que me ha intrigado el asunto. Si no te importa me paso por tu casa y lo vemos con más detalle.
– Mañana, si te parece. Pepe, cóbrate esto.
– ¿Ya os vais? –Pepe llenaba dos copas para una pareja que se había sentado en la mesa Sin perdón.
– Es tarde. Así a ojo –Martín miraba las copas colgadas- quedarán unas sesenta.
– Sesenta y tres exactamente, y no parece muy animado. Hoy voy a tener que cerrar sin llegar a doscientas. Un mal día.

 

 

Cochabamba (Bolivia), 1972

Desde la oscuridad del cerro Ticti pueden verse las luces de Cochabamba, incluso en una noche como ésta, cuando parece que va a caer de una vez toda el agua que hay en el cielo. Sin embargo, hoy no se ven porque han dinamitado una de las torres de alta tensión y casi toda la ciudad ha quedado sin electricidad. En el cerro Ticti no tienen ese problema porque nunca hay luz, sólo la que escapa por las rendijas de las chabolas iluminadas con velas y lámparas de gas.
Torrentes de agua, barro y basura corren por entre las chabolas, pendiente abajo, para juntarse con el agua, la basura y el barro que corre al pie del cerro. Esta noche sólo huele a humo dentro de las chabolas, un humo viejo y sucio que impregna las ropas y la piel de las personas. Humo de plástico, de matorrales secos y de basura. Hay que quemar todo lo que se encuentra porque en el cerro Ticti ya no queda madera buena. En el cerro viven más de veinticinco familias que trabajan en las minas. Una de esas familias es la de Tomás Recuero, que ya ha perdido a un hijo por una disentería y tiene a otro de cuatro años gravemente enfermo. Dicen que es por la falta de higiene, y por la mala alimentación, y porque están débiles, y… Cómo va a haber limpieza si la única agua que llega al cerro es la que lleva un camión cisterna una vez a la semana. El agua se utiliza para beber y cocinar y apenas se malgasta en la higiene. Y tampoco hay canalización para las aguas residuales. Cada familia las tira donde le parece, esperando que aguaceros como el de esta noche se lleven toda la porquería y dejen el poblado limpio. Mientras tanto sólo hay moscas y mal olor. Y también la enfermedad invisible que se mueve por las chabolas y entra en ellas sin que nadie la vea, sin poder defenderse.
Tomás Recuero está tumbado en el camastro donde duerme toda la familia, lo que queda de ella-, fumando. Su mujer prepara algo para cenar en el fuego que arde en un bidón cortado. La hija mayor aprende a escribir sobre una caja vacía de cerveza, arrodillada en el suelo. Es la esperanza de los pobres, estudiar para salir de esa miseria, pero Tomás sabe que no siempre es así. Demasiadas veces los estudios no son suficientes. Del segundo ya no espera nada; el chaval lo único que hace es esnifar clefa, con la jeta metida en la bolsa de plástico.
En una alacena destartalada guardan platos y unas tazas desiguales con los bordes rotos, que aún sirven para beber el café, el agua, la chicha, o el singani, cuando lo hay. Pero lo normal es beber alcohol Caimán de lata, rebajado con agua, para emborracharse pronto y barato. La casa está llena de humo, las paredes están llenas de humo, la ropa huele a humo y las personas huelen a humo, un humo rancio que no se despega nunca y que delata a los que viven en chabolas.
En la chabola de al lado está Guanaco con otros dos hombres jóvenes. Ellos sí que beben singani porque no se acostumbran a ese tipo de vida. No es fácil acostumbrarse a la dinamita, no es fácil poner explosivos y volar una torre de alta tensión como la que han reventado esa noche. La pequeña chabola les sirve de refugio durante unos días. Después cada cual vuelve a lo suyo mientras llega el momento de actuar otra vez. Sólo Guanaco sabe cuándo será la próxima porque él es el jefe del pequeño grupo.
En ese momento entra Guzmán con un bidón de plástico negro de diez litros, perfectamente precintado para evitar que se moje el contenido.
– Vaya noche para ir llevando dinamita por ahí –murmura Guzmán mientras se sacude el impermeable-. ¿Dónde dejo el bidón? Traigo material para el próximo objetivo.
Guanaco le mira con una sonrisa atravesada. Vaya pregunta más absurda, piensa. Ni que hubiese mucho sitio donde elegir. Señala el suelo con la mano sin indicar ningún lugar concreto. Guzmán no le cae bien y su jefe, el Gringo, tampoco. Y todos saben que donde está Guzmán allí está el Gringo.
– El Gringo quiere verte –le dice a Guanaco-. Me ha dicho que me quede aquí hasta que vuelvas. Debe de ser que no se fía mucho de éstos.
– ¿Ahora?
– Cuándo si no. Y arrea, que no tenemos toda la noche. Está ahí abajo, en la camioneta, en la entrada de esta mierda de pueblo.
Guanaco coge un impermeable y sale de la chabola. Guzmán tiene su edad y también su misma estatura, más o menos, pero ahí se acaban todas las semejanzas. Guanaco se ha metido en este negocio por desesperación y Guzmán parece disfrutar, como el Gringo, que a pesar de ese nombre no es americano. Su apodo es por el pelo rubio y los ojos grises, aunque es español. Guzmán, su lugarteniente, es boliviano, pero también desciende de españoles.
El suelo está resbaladizo por el agua y el barro. Guanaco evita el sendero principal que discurre por una pequeña hondonada porque va lleno de agua turbia, como si fuese un arroyo. Va por la ladera pasando detrás de las chabolas agrupadas en la parte de arriba y escucha los gritos que salen de las viviendas, voces pastosas de borracho, discutiendo con las mujeres, como cada noche. También se oyen algunos gritos de mujer y después el llanto de los niños. Y siempre ese maldito olor a humo espeso.
Cuando llega al pie del cerro ve la camioneta del Gringo; está fumando dentro del vehículo con la ventanilla un poco abierta.
– ¡Entra ya, coño, que te estás empapando! –grita a Guanaco que ha resbalado una vez más-. Me vas a poner el coche perdido.
– No me toques los cojones, que no está la noche para chorradas.
– Vamos paisano, no te cabrees. ¿Sabes algo de la familia? –el Gringo sonríe, pero su cara no parece amable. Los dos son alcarreños, Guanaco de Pastrana y el Gringo de Brihuega.
– ¿No me habrás hecho bajar en una noche como ésta para preguntarme por la familia?
– ¿Quieres un cigarro? –el Gringo saca un paquete de Ducados del bolsillo de la camisa, a la vez que mira la hora en el reloj de la muñeca. Decía que todos los meses, si era posible, le mandaban varios cartones desde España.
– Gracias; dame fuego, que me lo he dejado arriba.
– ¿El pasaporte y los documentos también? –la pregunta del Gringo suena a reproche.
– Y eso, a qué viene ahora.
– Te estás volviendo muy descuidado, nunca se sabe cuándo hay que salir corriendo y no conviene dejar huellas detrás. Pero hoy es mejor así –la sonrisa del Gringo parecía menos amable, aún.
Un fogonazo iluminó la noche, arriba, en el cerro, y un segundo después llegó el trueno de la explosión. Guanaco mira hacia la montaña, asustado. El Gringo fuma y observa el camino por el que ha venido, sin inmutarse. Sigue siendo transitable, a pesar del agua y el barro.
– Tus chicos parece que son unos manazas –la voz del Gringo no manifestaba una gran preocupación-. Ya podemos irnos.
– ¿Lo has planeado tú? La dinamita que ha llevado Guzmán ya estaba dispuesta para explotar –Guanaco comprende que está pasando algo extraño y no le gusta.
– ¿Qué quieres? Ya os tenían localizados y cualquier día os iban a cazar. Tú eres demasiado valioso para que te metan en la cárcel. O directamente te maten.
– Pero también estaba Guzmán.
– Hacían falta tres cadáveres y ya hay tres cadáveres, qué más da de quién sean si no los van a poder reconocer. Se fiarán de los documentos y caso cerrado. Y para ti mejor que crean que te has muerto. Olvídate ya de estas chapuzas que has estado haciendo hasta ahora; eso déjaselo a los aficionados. A partir de ahora te vas a dedicar a cosas importantes, y para eso mejor que no se sepa nada de ti. Nos sirves más muerto que vivo. Sólo en los papeles, claro. Y alegra esa cara, coño, que no es tu funeral.
– Eres un hijo de puta.
– Puede ser, pero eso ahora no viene al caso. Y olvídate ya de ese ridículo apodo de Guanaco.

 

 

El calor de Madrid de los últimos días de junio se notaba con toda su fuerza en la pequeña cochera donde Cicerón Grillo pasaba la mayor parte del día enredando con sus cachivaches. El calendario de la pared marcaba la fecha: 16 de junio de 2008. En el centro del garaje había un automóvil cubierto con una lona, un Renault Dauphine de 1964. Al fondo del pequeño recinto Cicerón Grillo desmontaba la rueda trasera de una vieja bicicleta Fénix que probablemente pronto cumpliría los cien años, y que en sus buenos tiempos fue de color verde. Con un alicate trataba de quitar las mariposas rotas del eje. El esfuerzo tensaba los músculos y tendones de sus brazos manifestando un vigor impropio de una persona de la edad que aparentaba Cicerón Grillo. Por fin logró liberar la rueda del cuadro, y aplicando cuidadosamente los desmontadores separó la cubierta de la llanta y extrajo el viejo neumático que se desgarró al sacarlo, descompuesto por el tiempo, igual que la cinta que lo protegía para que no se pinchase con la cabeza de los radios. Cicerón pasó una mano por su frente para limpiar el sudor. El sol pegaba de plano sobre la puerta de la cochera y dentro del pequeño espacio hacía demasiado calor. Sobre su frente, tan despejada que se unía con la calva de la coronilla, quedó una marca de polvo y grasa. Sólo le quedaba un cerco de pelo alrededor de la cabeza, completamente despejada en su parte superior, un pelo recio y muy blanco; el bigote que le cubría todo el labio superior aún negreaba.
Cicerón ajustó la llave adecuada para extraer el piñón. Lo sujetó todo, llave y rueda, en el torno del banco de trabajo situado al fondo del garaje. Giró la rueda con fuerza hasta que aflojó el piñón, quitó la llave y la colocó en su lugar en el tablero de herramientas colgado sobre el banco. Cicerón era un hombre metódico y ordenado, aunque el aparente barullo del cúmulo de cosas que almacenaba y amontonaba alrededor del Dauphine pareciese indicar lo contrario. Este orden también se manifestaba en su cuidado personal. Siempre iba bien aseado y con ropa limpia, aunque fuese vieja.
Siguió con su labor. Con una brocha empapada en gasoil arrancaba la grasa vieja y reseca del eje. Después limpió el carrete, colocó grasa nueva en los extremos y con mucho cuidado fue hundiendo las pequeñas bolas metálicas que funcionaban como rodamiento. Limpió los conos y volvió a introducir el eje en el carrete; colocó los conos en los extremos, las arandelas y las tuercas. Lo apretó todo convenientemente para que el eje girase libre, pero sin holgura. Cicerón trabaja con movimientos ágiles, rápidos y precisos. Su baja estatura y delgadez contribuían a dar una imagen de debilidad, que no correspondía con la fortaleza y resistencia que todavía le quedaba después de una vida muy ajetreada.
Colocó la rueda sobre una horquilla apresada en el torno y procedió a centrarla. Con paciencia y la ayuda de una tablita fue haciendo girar lentamente la rueda observando por qué lado se desviaba de su centro. Palpaba los radios de esa zona para comprobar su tensión y apretaba o aflojaba sus cabezas según conviniese. Después de media hora larga girando la rueda, apretando y aflojando, dio por finalizado su trabajo.
– ¡Cicerón! –gritó el camarero del bar de enfrente-. ¡Te llaman por teléfono! Salió de la cochera limpiándose la grasa de las manos con un trapo ya casi negro. Cruzó la calle y entró en el bar. Habían colocado el aparato azul con detalles verde Telefónica en un extremo de la barra.
– Diga –murmuró Cicerón.
¿Guanaco?

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2 pensamientos en “Capítulo 1

  1. Estoy comenzando a leer el libro. Los primeros capítulos son muy interesantes y la historía te atrapa desde el principio. Varias tramas entrelazadas entre si, misterio, un asesinato, curas, una chica guapa e inteligente, tintes históricos… Lo tiene todo para gustarte.
    Os dejo y sigo leyendo.

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