Paulino Moreno y el gallo ©

GalloPaulino Moreno veraneaba por las provincias de Burgos y Palencia. Cualquiera hubiese pensado que estaba haciendo turismo rural, pero no llevaba botas de gore tex, pantalones de Coronel Tapioca, ni sombrero high tech con filtro anti rayos ultravioleta.

Para sus vacaciones Paulino Moreno había conseguido unas zapatillas azules de rejilla, bien fresquitas en estos calurosos días de finales de julio, pantalones claros mil rayas y una camiseta de algodón al borde de la legalidad, a causa del bisonte serigrafiado que anunciaba una marca de tabaco. Se protegía del sol con una gorra de Fertiberia.  Paulino Moreno era un pobre, nombre con el que se conocía en los pueblos de Castilla a los indigentes y excluidos de las ciudades y de los libros escritos por sesudos técnicos expertos en exclusión social.

Habitualmente vivía en Madrid, sin domicilio fijo ni reconocido; cuando no hacía mucho frío dormía en la calle, tapado con cartones, en algún portal o en los pasos subterráneos de la Plaza de España. En los días más duros de invierno se refugiaba en el albergue de San Isidro o en la casa de Campo. Pero  esta opción no le gustaba. Ya que no tenía nada, por lo menos que no le controlasen. Comía en el comedor de indigentes, mendigos de toda la vida, de Martínez Campos y se lavaba en la Casa de Baños de Tetuán, nada más salir del metro Alvarado, quince céntimos la sesión. De vez en cuando se daba un homenaje y compraba una pata de cordero que le asaban en un mesón de Chamberí que conocía su amiguete Paco; otro indigente que tenía su puesto de mendicidad en la zona, justo en la esquina de Modesto Lafuente con García de Paredes.

Este año el mes de julio estaba siendo demasiado caluroso y Paulino Moreno había decido ir al norte. En Chamartín se subió a un tren, sin billete, y en un par de días llegó hasta Venta de Baños, después de que los revisores le echaran del tren nueve veces y otras tantas volviera a subir en el siguiente, hasta que de nuevo le echaban. Paulino Moreno no siempre había viajado así. Antes, cuando tenía trabajo y familia, pagaba billete o viajaba en su coche. Ahora no tenía ni lo uno ni lo otro, y Eusebio, compañero de mesa en el comedor de beneficencia, le había enseñado a viajar sin dinero.

Desde Venta de Baños comenzó a caminar y a moverse por los pueblos pequeños de la zona. Normalmente la gente es caritativa en estos pueblos, siempre que se sea un poco educado, respetuoso y mínimamente limpio, pero no había que abusar de las buenas personas y no convenía quedarse varios días en el mismo lugar.

En los últimos días había llegado a la provincia de Burgos y en contra de la norma básica del mendigo errante había establecido su albergue en un lugar fijo, a la sombra de un grupo de grandes chopos, junto a una represa del río que abastecía de agua el cauce de un molino cercano. Le gustaba el paraje, y le agradaba dormir arrullado por el agua del río que cantaba al saltar por encima de la presa, y sestear con su cartón de vino, costumbre adquirida después de una mala experiencia que tuvo como pescador.

Había varios pueblos pequeños alrededor de su refugio. Cada mañana se dirigía a uno de ellos dando un paseo y allí pedía algo para comer, nunca dinero. Pero si le daban un euro para el café tampoco lo rechazaba, que lo cortés no quita lo prudente y cada día tenía que pagarse el vino. La gente de esos pueblos era generosa y no negaba a nadie la comida. Lo que le daban lo guardaba en su mochila, hatillo providente del que sacaba lo necesario para comer, cenar y desayunar cada día. Así vivía Paulino tan contento, recordando aquello que había oído en la catequesis sobre los pájaros que ni siembran ni tejen y cada día tiene su afán, aunque nunca falta qué comer. O algo así. Que en plena siesta, con el litro de vino más que mediado, no estaba para recordar con exactitud algo que había oído hacía mucho tiempo.

Llegó la noche y se durmió confortado por la misma gratitud que había sentido durante toda la tarde. Pero el demonio que nunca duerme y todo lo enreda, hizo que a la mañana siguiente Paulino Moreno se despertase con el canto del gallo del molino cercano, y con el cantar se le metiese en la cabeza la idea de comer pollo el próximo domingo. Esta idea se convirtió en obsesión y durante los siguientes días Paulino no hizo otra cosa que pensar en cómo conseguir un pollo. Llegó incluso a merodear en torno al molino, y el sábado por la tarde ya había trazado un plan de asalto al gallinero.

~

         Vetusto era un gato viejo, falso y lamerón. Era el gato de Tasio, el dueño del molino. Tenía, el gato, el pelo rubio y tuso, la mirada inteligente y unos largos bigotazos. Antes le dejaban andar por la casa, pero un día entró en la despensa, mordisqueó los chorizos y los quesos, y aunque no se comió nada, lo estropeó todo. Ese mismo día Tasio clavó una tabla en la gatera de la puerta y así se le vedó el paso a la casa. Únicamente podía entrar en el desván, al que accedía por un ventanuco. Ése era su territorio; cobijo en invierno -que como todo el mundo sabe los gatos no son amigos del frío-, cedido a cambio de mantener el desván limpio de ratones. Allí pasaba horas, sesteando al sol, tumbado en el arambol del ventano. Y desde allí observaba el corral donde salían las gallinas a picotear lombrices y las pencas de berza que les echaba Tasio. El gallo paseaba orgulloso entre las gallinas y miraba desafiante al gato tumbado más arriba advirtiéndole que esas gallinas estaban bajo su protección. Vetusto meneaba cansino el rabo y sonreía con sonrisa lobuna, enseñando los colmillos, aceptando el reto.

Ya lo había dicho Tasio:

– ¡Qué condición más puta tiene este gato!

~

         En el pueblo había una cuadrilla de chavales montaraces, asilvestrados y saltatapias, que también se la tenían jurada al gallo. La culpa la había tenido el manzano que crecía orondo en medio del corral del gallinero. En una de las correrías que organizaban habían asaltado el manzano y el gallo había defendido su feudo haciendo proporcionado uso de toda la fuerza de su pico.

Después de comer, mientras el resto del pueblo sesteaba o veía la novela de la tele, ellos cogían las bicicletas y se juntaban en la plaza. Y a partir de ahí no se sabía lo que podía pasar. Lo más grave fue el día que les dio por ir a fumar a escondidas a la sombra de un sauce del río, junto a un trigo sin cosechar. Las colillas mal apagadas prendieron en la hierba seca y de ahí el fuego pasó a la mies. La trastada no fue a más porque el pastor lo vio, avisó, y las campanas tocaron prestas a quema. Antes de que llegasen los bomberos de la ciudad, ya habían apagado el incendio y todo se resolvió con una mano de pescozones que los padres afectados repartieron a discreción. Pero el susto fue de órdago.

~

Llegó el sábado por la noche. Después de cenar, cuando Tasio y su mujer estaban sentados al fresco en la puerta de casa, en el lado opuesto del gallinero, Paulino, provisto de cachaba y saco, trepaba por la tapia del corral. Lo hacía con tiento. Las piedras de abajo eran grandes y firmes, pero las de arriba, pequeñas e irregulares, estaban sueltas y había que tener cuidado de que no se derrumbasen en el suelo, y con ellas Paulino. Finalmente, saltó la tapia, cayó en el corral y con cautela abrió la puerta del gallinero que sólo estaba cerrada con una cuerda. Entró silencioso, preparando el saco para echar el gallo dentro en cuanto lo pillase.

Vetusto, que estaba asomado al ventanuco, vio la puerta abierta y también quiso merodear dentro del gallinero. Cuando entró, las gallinas comenzaron a cacarear inquietas, y eso llamó la atención de la cuadrilla de chavales que pasaba por allí buscando dónde liarla. Con agilidad brincaron hasta la tapia, entraron en el gallinero y allí se armó la de Don Quijote en la batalla gatuna y cencerril del castillo de los duques. Vetusto corría, saltaba y bufaba. Ora huía por los ponederos, ora brincaba al techo. Los chicos gateaban, pataleaban y buscaban la puerta que se había cerrado en pleno guirigay. Paulino se defendía de tanto malandrín dando cachabazos a diestro y siniestro. Vetusto, que sí veía, asustado y apaleado saltó a la cara de Paulino y allí se agarró con uñas y dientes. Los muchachos ciegos por la oscuridad de la noche y el gallinero, magullados y espantados, se acurrucaban en un rincón.

Tal era el escándalo, que llegó hasta la puerta de la casa. Tasio, que no sabía si el tumulto era provocado por raposa, ladrón o perro callejero subió al piso de arriba, cogió la escopeta y pegó dos tiros al aire. La detonación acabó la batalla, y mendigo, gato y chavalería se dispersaron con el rabo entre las patas, en el caso de Vetusto, y entre las piernas en el resto, protegidos por la noche.

~

         Al día siguiente no se hablaba de otra cosa. Desde primera hora lo comentaban en la panadería; después de Misa, en el soportal de la iglesia, los feligreses porfiaban sobre el desaparecido gallo de Tasio. En el vermut, cada cual tenía su opinión. Pocos pensaban que hubiese sido la raposa. Ya no se la veía por el pueblo, y menos en verano. Casi todos inculpaban al pobre que rondaba por la presa. Como prueba, esa misma noche había abandonado el pueblo, y siempre se ha dicho que el que algo teme, algo debe.

Los padres de los chavales sospecharon de los nuevos moratones que lucían sus hijos, pero no dijeron nada. Además, esa mañana estaban muy tranquilos en casa. Ni siquiera habían ido al bar a por la bolsa de pipas Facundo.

Mientras tanto, Paulino Moreno, sucio de pecina y berrañas del río, al que había caído huyendo, con la cara dolorida y las narices hinchadas, maldecía el día en que se dejó embaucar por el canto del gallo y se empeñó en comer pollo. Ahora, hambriento y avergonzado, caminaba alejándose del pueblo donde tan a gusto había estado.

Vetusto dormitaba en una duerna, escondido en el desván detrás de los escriños y coloños. De vez en cuando meneaba el rabo y pasaba su lengua por el hocico manchado de plumas.

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