Bodega Saiz. Vinos, comidas y tertulia ácrata ©

Treses

Relato publicado como colaboración en el libro El obispo mudo

–      Ni Dios, ni patria… ¡ni rey! –dijo Ramón, zurdo en el juego y las ideas, ligeramente escorado hacia Bakunin. El golpe seco del tres de oros sobre la mesa sonó como el chasquido de la guillotina al descabezar al monarca del mismo palo que había tirado Don Joaquín.

Esta tarde tampoco estaba Damián, que tenía reunión del partido. Por eso jugaban al subastao.

–      El demonio, el mundo… ¡y la carne! –respondió el cura con evidente coña, matando el as de espadas con la sota de triunfo que había sacado Ramón de cara, buscando salvar las veinte solitarias que le quemaban en las manos.

Don Joaquín recogió las cartas y tiró una mala de bastos, que obligó a Paco a poner el tres.

–      Ésa no llega viva al Calvario –murmuró el cura.

Y efectivamente, Ramón mató con el as.

–      Te has abonado a los ases –comentó Paco, bastante mosca.

–      Y veinte en copas –cantó por fin el sindicalista-. Ni Dios, ni amo, solo birras.

–      Queréis dejaros de refranes y chorradas –dijo Tere, llenando las copas de Garvey.

–      Ha empezado este ácrata –Don Joaquín señalaba a Ramón, con mucha retranca, como si aquella discusión le importase-, que es muy aficionado a los dichos. Y a los catecismos –añadió después de una pausa que aprovechó para sacar un papelito de un bolsillo de la chamarra.

–      El catecismo pertenece a su negocio –replicó Ramón.

El cura le miró un momento, ajustando el ángulo de sus gafas bifocales, y después volvió al papel que tenía en las manos.

–      A ver qué te parece esto –y empezó a leer-. “¿Qué es lo que queremos? Simplemente la defensa de la personalidad humana, digna y libre. ¿A dónde vamos? Hacia una humanidad en la que haya sido superada la maldición de la pobreza y en la que se reduzcan lo más posible los esclavos voluntarios. ¿Con qué medios? Con los que nos permitan las circunstancias favorables o desfavorables, liberales o antiliberales, pues en cualquiera que sea la condición hay algo que no se nos puede quitar: Nuestro sentido de la dignidad y la prédica del ejemplo”.

–      Yo diría que está a medio camino entre el catecismo y la arenga militar –terció Paco.

Tere, mientras, tecleaba en el portátil que siempre tenía sobre la barra.

–      ¿Sabes de quién es el texto? –preguntó el cura con mucha sorna-. De Diego Abad de Santillán, mal que te pese, una figura prominente del movimiento anarcosindicalista.

–      Déjelo, Don Joaquín –Tere seguía mirando la pantalla del ordenador-, que si buscamos en la historia hay para todos. Qué me dice de esta joya literaria: “¿Qué sois? Español, por la misericordia de Dios. […] ¿Cuáles son sus obligaciones (de ser español)? Ser cristiano católico, obediente a su rey, y amante de su patria, dando la vida por ella si fuese necesario. […] ¿Y cuál es la felicidad de España? La seguridad de nuestra santa Religión, de nuestra Monarquía, de nuestras leyes, de nuestros bienes, y de nuestros derechos.” Del Catecismo Civil que publicó la Junta Suprema constituida en 1808, en oposición a Bonaparte. Atufa a cirio.

–      Siempre es lo mismo, Dios, la patria y el rey. Los eternos enemigos del ser humano –añadió Ramón, mientras recogía las cartas.

–      Lo de la patria y el rey lo entiendo –dijo el cura-. Es más… Paco, perdona por lo que voy a decir, que sé que tú fuiste miles gloriosus. La verdad es que se necesita ser tonto para hacer del patriotismo una forma de vivir. Y más aún de morir.

La risa franca de Tere quitó algo de tensión al momento.

–      Cura, supongo que sabe qué es el Miles Gloriosus.

–      Lo sé, hija, lo sé. Pero no soy tan retorcido. No iba por el soldado fanfarrón de la obra satírica de Plauto. Simplemente me refería a su pasado militar. Paco, no hagas caso de la chica, que le gusta enredar.

–      Si no me ofendo –dijo el aludido-. Y creo que tiene razón. Yo fui soldado profesional, es decir, por el sueldo. Nunca hice del patriotismo una forma de vivir, ni tampoco de morir. Si me hubiese tocado, lo hubiese considerado un accidente laboral. Y que mi señora cobrase la pensión correspondiente.

–      Pues eso. Lo del rey, ni comentarlo –continuó el cura-. Pero lo que no entiendo es esa fobia que le tenéis a Dios.

Don Joaquín miraba a Ramón, que colocaba las cartas y hacía sus cálculos.

–      Noventa –dijo el aludido.

–      Poco arriesgas –respondió Paco.

Terminaron la subasta y se inició el juego. Las bazas pasaban rápidas, sin necesidad de pensar demasiado. Cada jugador tenía su estrategia memorizada.

–      Sabe qué le digo –murmuró Ramón-. Que igual tiene razón. Y Dios, si existe, no nos ha hecho nada. Pero nunca he visto que un cura le niegue la comunión a un empresario cabrón que escatima el sueldo a sus trabajadores, o a un constructor que ahorra en medidas de seguridad y, si largas, te vas a la puta calle. Y después, el domingo van a misa, con su señora del brazo, y sueltan cincuenta euros en el cepillo. Para lavar su conciencia, supongo.

–      Los empresarios no van a misa –señaló Paco.

–      Ni los empresarios, ni nadie.

–      Sí que van –insistió terco Ramón-. O por lo menos presumen de eso, y de encargar misas para que les vayan bien los negocios a sus amigos, mientras defraudan los impuestos y no pagan la nómina a sus trabajadores.

–      Ya sé por dónde vas –Don Joaquín trataba de hacer memoria-. Si hombre, ése, cómo se llama…

–      Eso ahora; y en el pasado podemos hablar de los reyes absolutistas, porque “así lo quería Dios”; o aquí mismo, del “caudillo de España, por la gracia de Dios”, que ponía en las monedas.

–      Entiendo lo que dices –terció Tere-, pero también tiene razón Don Joaquín. Y no pretendo contemporizar, que ya sabéis que eso no va conmigo. Pero así como en otros temas los filósofos anarquistas elaboraron una argumentación rigurosa, en el tema de Dios, tanto Proudhon, primero, como Bakunin y todos los demás después, han manifestado un antiteísmo belicoso sin una reflexión previa que lo justifique. El lema ni Dios, ni amo lo tenéis grabado a fuego.

–      Ay, hija, qué cosas dices –interrumpió la señora Rosa, que, como todos los días, iba a por el cuartillo y medio de vino.

–      Digo yo –continuó Tere mientras llenaba la botella de una tina de Rioja-, que hubiese sido más lógica una actitud agnóstica, que ni afirma ni niega. O incluso atea. Se llega a la conclusión de que Dios no existe, y problema resuelto.

–      Hija, no te entiendo nada, pero qué bien hablas. Apunta el vino que ya te lo pagaré cuando cobre la pensión.

–      A no ser… -reflexionaba Tere- que se deba a un planteamiento puramente filosófico, que como premisa incuestionable toma la supremacía del hombre sobre todas las cosas, y por tanto, rechaza cualquier entidad superior, divina o humana.

–      Pero no parece serio despreciar así la reflexión de tantos filósofos previos –aportó Don Joaquín.

–      Como usted sabe –contestó Tere-, los puntos de partida de los filósofos dejan mucho que desear. Por ejemplo, el pienso, luego existo de Descartes, tiene lo suyo. Y ninguno fue capaz de demostrar de una manera convincente la existencia de Dios.

–      Eso es cierto. Pero, a ver Ramón, si algún día descubres que Dios está de parte del hombre, ¿dejarías ese odio?

–      Si algún día lo veo, ese día le respondo.[1]

Relato publicado como colaboración en el libro El obispo mudo


[1] Algunos de los textos e ideas expresados en esta parte del trabajo han sido tomados del libro de Carlos DIAZ, Releyendo el anarquismo, Ed. Madre Tierra, Madrid 1992.

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