Una noche fría ©

Noche fríaLa noche era fría. Paulino Moreno se había perdido y tenía miedo. Le acompañaba Carlos. Eran los más pequeños del grupo y ahora estaban solos en medio del monte; una broma que les habían hecho los chicos mayores del pueblo y, sin duda, la represalia por su empeño en acompañarles a buscar musgo para el Belén de la escuela. Además, nada más salir del pueblo les hicieron cargar con los coloños vacíos, mientras ellos encendían los cigarros que llevaban escondidos en los calcetines, después de amenazarles con sendas collejas, para que no se chivasen. Paulino estaba seguro de que él no iba a decir nada, pero no se fiaba mucho de Carlos. Instintivamente metió la cabeza dentro del cuello del abrigo para protegerse de los pescozones que, seguro, iban a caer los próximos días.

Habían pasado toda la tarde en la zona del Pilón, porque según decía Martín allí las mantas de musgo eran más grandes y había mucho, que en otros sitios no había más que pitracas. Y era verdad. Paulino y Carlos se habían entregado con agrado a la tarea. Era el primer año que iban. Al principio se les rompió alguna manta y Martín les recriminó, pero rápidamente aprendieron, y con mucho cuidado lo arrancaban de las piedras hasta que quedaba liberada toda la alfombra verde. Después la limpiaban de hojas y palos secos y con las dos manos la ponían dentro del cesto. La tarea les entusiasmaba y no les importaban los arañazos de aulagas y ramas de las carrascas. También cogieron algunas plantas de ésas que parecen palmeras.

Como estaban a mediados de diciembre la noche llegó muy pronto, y Martín y los demás, aprovechando que Carlos estaba orinando y Paulino cogiendo bellotas debajo de un roble con la última luz del día, se fueron sigilosamente y les dejaron tirados en medio de robles y carrascas, todos iguales. O eso parecía a la escasa luz de la luna. Por lo menos se llevaron los coloños llenos.

Buscaron una suerte con las iniciales del dueño por la que habían pasado al subir, pero no la encontraron. A pesar de la luna, no se veía nada. Estaban perdidos y no era cosa de ponerse a llorar, aunque los dos tuviesen ganas. Pero se conocían y sabían que la fama de llorica iba a perseguir por los siglos al primero que empezase. Con coraje se sorbieron los mocos, y comenzaron a echarse las culpas el uno al otro. Pasó el tiempo, el frío arreciaba, y aunque al abrigaño de los árboles se notaba menos el viento, tiritaban y ya no podían juntar los dedos de las manos. Había que moverse.

Decidieron seguir los postes de la luz. Sabían que unían su pueblo, que estaba al sur, con el pueblo vecino, al norte. Lo de localizar el norte y el sur, a la luz de la luna y con frío era otro cantar. Paulino había leído que los marineros se guiaban siguiendo la estrella polar, que estaba al norte, y brillaba más. Miró al cielo. Había muchas estrellas, pero no consiguió decidirse por una que destacase más que las otras. Lo echaron a cara o cruz, lanzando una perra gorda al aire. A las malas, si iban hacia el norte, llegarían al pueblo vecino, y allí ya habría alguien que les llevase hasta su casa.

Tuvieron suerte, habían elegido rumbo sur y, después de andar un buen rato, asomaron al morro de Rebollar, y desde allí ya se veían las exiguas luces del pueblo. Comenzaron a correr cuesta abajo, empujados por el frío y la alegría, adivinando piedras y saltando sobre las aulagas, Paulino obsesionado con no perder las bellotas que llevaba en los bolsillos. Cuando llegaron al lavadero cada uno se fue a su casa y no se habló más del asunto. No había que dar más oportunidades para que se riesen de ellos.

 

* * *

 

Paulino Moreno daba vueltas en la cama acordándose de aquel día, hacía tan sólo unas semanas. No podía dormir. En la habitación hacía frío y él se acurrucaba debajo de las sábanas y las pesadas mantas, sujetando con los pies la bolsa de agua caliente que templaba un poco el lecho. Abajo, en la cocina, oía a su madre que estaba recogiendo platos y cacharros. Había sido el día de los Reyes y la comida fue especial, y por la tarde habían hecho guirlache. Él le había ayudado a partir las nueces y las avellanas. Ahora oía la voz más ronca de su padre. No entendía lo que decían, pero le gustaba dormirse con el murmullo de la cocina. Esa noche, sin embargo, no lo lograba. A su corta edad, Paulino comenzaba a intuir que la de ese día no iba a ser la única desilusión de su vida. Y eso le inquietaba. Tal vez quería decir que estaba dejando de ser niño.

En el reloj de la torre dieron las once.

 

* * *

 

Unos días después de la salida al monte, cuando el musgo ya se hubo oreado un poco, comenzaron a montar el Belén. Todos se movían a las órdenes de Martín, y también de Doña Amelia, la maestra; aunque a ella le hacían menos caso. Paulino observaba fascinado cómo montaban una gran mesa juntando los pupitres de la clase; mientras, Andrés, que algo sabía de eso, unía cables y bombillas, los probaba y alguna vez saltaban los plomos:

–          Ese casquillo hace contacto. Trae la cinta aislante – decía con seguridad de experto.

Y Paulino corría a buscar la cinta aislante, o paja para el establo, o serrín para los caminos, o cantos del arroyo para lo que fuese. Él quería participar en algo tan apasionante cómo hacer el Belén de la escuela. Tal vez, dentro de unos años, él mismo ocupase el puesto de Martín.

En una mesa aparte, Cosme y Damián se ocupaban, un año más, del castillo de Herodes. Todavía no habían encontrado la manera de pegar los trozos de corcho de modo que no se rompiese. Este año iba a ser el definitivo, decían, porque tenían pegamento Imedio. Después de pelearse durante horas aquello no parecía muy estable. Y Damián sentenció:

–          Herodes ¡te jodes! Así se queda.

Y así se quedó. Después de extender el musgo, hacer senderos de serrín, colocar las casas con su correspondiente luz eléctrica y repartir las figuras por todo el Belén, al fondo, encima de una montaña, quedaba el renqueante castillo de Herodes, defendido por dos soldados con lanzas de alambre, escoltando al odiado rey judío. Martín se había empeñado en poner un río con agua corriente impulsada por la bomba de una lavadora, pero el motor hacía mucho ruido y el cauce perdía mucha agua. Al final, Doña Amelia tuvo que hacer valer su autoridad de maestra, con gran disgusto de Martín, para suprimir el caudal. Aunque dejó el cauce, forrado de papel de plata del chocolate Orbea.

Al final, Doña Amelia colocó el niño Jesús en el pesebre, junto a José y María, la mula, el buey y el ángel, colgado de un alambre que le salía de la espalda, y el letrero en las manos: Gloria in excelsis Deo. Cantaron villancicos y la maestra dijo “a recoger” y todos salieron corriendo con las carteras a la espalda, gritando porque empezaban las vacaciones de Navidad.

Cuando Doña Amelia ya estaba en la puerta, cerrando la escuela, llegó Lucía, la hermana pequeña de Paulino, que había olvidado algo –dijo- y entró rápida como un ratón, sorteando a la maestra y salió igual de veloz, deseando Felices Pascuas o algo así. Y se fue a casa corriendo, con una mano celosamente guardada en un bolsillo del abrigo. Pero de ese detalle sólo se dio cuenta Paulino, que la estaba esperando para cruzar la carretera.

 

* * *

 

En el reloj de la torre acababan de dar las doce. Paulino todavía no se había dormido. Jugueteaba con la perilla de la luz que colgaba sobre el cabecero de su cama, mientras la luz de la farola de la calle, zarandeada por el viento, proyectaba sombras móviles en el techo. Paulino recordaba la regañina de Doña Amelia el día de Navidad. Al parecer, la maestra había vuelto a la escuela con la Inspectora de Educación, que era amiga suya, para enseñarle el Belén. Fue entonces cuando se dio cuenta de que en el pesebre no estaba el niño Jesús. Por eso, el día de Navidad, cuando acabó la Misa, en presencia de Don Sebastián, el párroco, les dijo que esperasen sentados en sus bancos. Todos los niños del pueblo se sentaban en las primeras filas de la iglesia, a la derecha los chicos y a la izquierda las chicas, junto a San Roque. Paulino sentía cierta envidia por ese reparto: prefería distraerse viendo a San Roque con el niño en brazos y el perro a sus pies, con la boca abierta, esperando la galleta que decían que había que darle el día de su fiesta. Por contra, a su lado, había un tenebroso cuadro que hacía de fondo al Crucificado. Paulino se fijaba sobre todo en el romano que llevaba el lábaro con la inscripción S·P·Q·R; San Pedro quiere rosquillas, recitaba mentalmente, como había oído decir muchas veces a los mayores.

Sin embargo, y a pesar de ser el día de Navidad el ambiente no estaba para galletas ni rosquillas, a juzgar por la mala cara de Doña Amelia. A Paulino le resultaba bastante extraño, porque ése solía ser un día en el que todos estaban contentos y se deseaban Felices Pascuas, en el soportal, mientras se subían el cuello de la pelliza para salir del abrigaño de la iglesia. Pero Doña Amelia parece que no estaba para muchas pascuas, y les echó una bronca tremenda por lo del niño Jesús del Belén. Y que quién había sido. Nadie confesó: la mayoría porque no lo sabían, y él, que estaba sospechando algo, pensó que mejor callar. La cosa quedó en un: “ya hablaremos después de vacaciones, que hoy es Navidad”.

  

* * *

 

Don Sebastián era el nuevo párroco del pueblo y había comenzado su ministerio con mucho entusiasmo. Por eso, y por aprovechar el salón de Acción Católica, bien equipado, con escenario y gloria, había organizado una obra de teatro con los niños del pueblo. Al final tuvo que echar mano de algún mozo porque le faltaban personas para todos los personajes, y a Cristóbal, quinto de ese año, le toco ser el abuelo Zabulón. Don Sebastián había elegido A Belén pastores, una obra de Alejandro Casona, que parecía muy divertida. Los dos protagonistas, Polvorín y Zampabollos, eran dos niños más bien pequeños, que estaban representados por Carlos y Paulino. A ambos les resultó fácil trasladar al escenario una cierta inquina que vivían cada día, a pesar de la amistad que necesariamente había entre ellos por ser los únicos de la misma edad.

La obra se representaba el día de Nochevieja por la tarde. Don Sebastián les había convocado para el ensayo general a las doce, advirtiéndoles que para la ocasión ya tenían que ir vestidos con las ropas de su personaje. Ese mismo día, mientras ayudaba a Misa como monaguillo, Paulino estaba pensando qué ropa se iba a poner porque lo había dejado para última hora. Entre eso y la adivinanza que les había dicho el párroco en la sacristía, antes de salir (“He visto en el coche de línea a un hombre que tenía más ojos que días tiene el año”), Paulino estaba completamente distraído y Don Sebastián le tuvo que dar con el pie para que tocase la esquila en la Elevación.

Al salir de Misa fue corriendo a su casa y preguntó a su madre qué ropa se podía poner. Pero su madre estaba muy ocupada y le mandó al desván a buscar algún pispajo en el baúl grande. Paulino subió a toda prisa, tropezándose con Simón que acababa de salir por el gatera relamiéndose el hocico. Paulino ignoró el bufido del gato y se dirigió directamente al baúl. Comenzó a sacar trapos que iba poniendo sobre un montón de cosas tapadas con una manta. Por debajo de la manta asomaba un paquete envuelto en un llamativo papel de vistosos colores, amarillo, azul y blanco. El paquete llamó su atención, pero iba con prisa y lo dejó de lado.

–          Bah, serán cazuelas –pensó.

Por fin encontró una chamarra con borra por dentro que serviría para vestir a su personaje en el teatro. Cogió la ropa y bajó a la cocina, tropezando otra vez con Simón, que volvía a entrar en el desván.

 

* * *

 

El reloj de la torre dio una campanada. Un minuto después sonó la repetición. La una. Y todavía no había logrado dormirse. Paulino volvía a recordar todo el día de Reyes. La víspera se acostó temprano para que los Magos no le pillasen despierto y pasasen de largo sin dejarle su regalo. Había dormido bien, pero se despertó pronto, nervioso, temeroso de abrir los ojos y encontrarse a los Reyes dejando los paquetes. Pronto se dio cuenta de que ya estaba amaneciendo. Los camellos y sus dueños ya estarían lejos, camino de Oriente. Salió de la cama y fue hacía el balcón. Allí estaba, como cada año, su regalo. Encendió la luz y vio un gran paquete envuelto en un llamativo papel de vistosos colores, amarillo, azul y blanco.

El resto del día había trascurrido como se esperaba en un día tan excepcional. Había desayunado chocolate, después de Misa habían ido todos los chavales a por los aguinaldos a los bares de la carretera, a la tienda y a la panadería.

Paulino dio otra vuelta en la cama. A pesar de todo, del regalo, de los aguinaldos, del guirlache de por la tarde, el sentimiento de desilusión no le dejaba dormir. Sentía que después de ese año la Navidad ya no iba volver a ser igual. Finalmente se durmió. El reloj de la torre dio otra campanada.

A la mañana siguiente su madre tuvo que zarandearle varias veces para que despertase. Había que ir a la escuela y se estaba haciendo tarde. Se levantó arrastrando los pies, y después de quitarse las legañas y atusarse un poco el pelo con la mano mojada, desayunó la leche con galletas María y fue a la escuela. Su hermana Lucía iba de su mano, bien agarrada para no resbalarse en las aceras heladas.

Paulino ya había olvidado el incidente del niño Jesús del Belén, pero Doña Amelia se lo recordó a todos los alumnos nada más entrar en la escuela. El primer día no tenían clase. Dedicaban toda la mañana a recoger el Belén, poniendo los pupitres en su sitio y envolviendo cuidadosamente las figuras para el próximo año. Por la tarde, después de comer, aunque iban otra vez a la escuela, ocupaban el tiempo en hablar de cualquier cosa alrededor de la estufa, mientras asaban castañas y tostaban pan sobre la tapa de hierro.

Eso era lo normal; pero este día, nada más entrar, Doña Amelia les puso firmes, en dos filas, para asustarles más y soltó de sopetón:

–          ¿Quién ha cogido el niño Jesús?

No tuvo que repetirlo dos veces. Lucía se adelantó con el niño en su mano extendida.

–          Aquí está. Lo he tenido en mi cama para que no pasase frío porque está desnudo. Y no me importa que me castigue – dijo Lucía,  levantando desafiante su naricilla hacia la maestra.

Paulino se sintió inmensamente orgulloso de su hermana. Y, por fin, sonrió un poco.

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2 pensamientos en “Una noche fría ©

  1. Te dije que yo ya no me acordaba mucho de lo que se sentía de pequeño en Navidad, pero tu cuento me ha hecho recordar algunos detalles preciosos que había olvidado por completo.¡Mil Gracias!

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